martes, 7 de marzo de 2017

El movimiento de un paro. Sobre el 8M y el Paro Internacional de Mujeres

El movimiento de un paro
Previa del 8M


El despertar de la conciencia feminista no es solo el tomar conciencia de la pertenencia a una clase histórica y sistemáticamente oprimida sino entender el entramado de relaciones que organizan ese poder.

Implica además pensar en cuanto y como se ha vivido bajo esta fórmula opresiva. Hay algo de empoderador – a lo “proletarios uníos” pero traducido a sororidad - pero con certeza también hay algo de doloroso; propio y ajeno. El despertar feminista tiene que ver con adentrarse en los laberintos de la subjetividad y encontrarse llena de estructuras y trampas. Con estar dispuestxs a hacerlo. Es por lo tanto una revolución política que empieza en la subjetividad y termina en ella, pasando por todos lados, devela el modo en que la sociedad nos hace interiorizar sus formas de vida a la carta y se adentra a territorios tan íntimos como los de la sexualidad y el deseo a pautar sus formas y sus contenidos. Y es así que mientras nos hacemos feministas en tanto miembras de un movimiento social, hacerse feminista es deshacerse por dentro, rehacerse, entender la automatización de líneas discursivas que es difícil desenmadejar. Esto implica una enorme complejidad para cualquier sujeto político e inclusive nos exige repensar la idea misma de sujeto. ¿Qué subjetividad puede llevar adelante una revolución que sabe que implicará deshacer parte de sí misma? El desafío - individual y colectivo - es atravesar por ello sin llevarse sobre los hombros una mochila gigante de resentimiento. En otras palabras: ¿cómo seguir diciendo “amor”?


Generalmente pensamos en los procesos revolucionarios como la materialización violenta y colectiva de una convicción muy fuerte. En el feminismo hay convicciones y hay colectivo pero el enemigo es justamente la violencia. ¿Cómo se libra una guerra en este campo de batalla? La pregunta pone de manifiesto que guerra no es la palabra. Quizás lucha se ajuste mejor al enemigo al que el feminismo se enfrenta.


Sería ingenuo y hasta obsceno exigirle al feminismo que se organice como una sororidad alegre que festeja la mujeridad e invita a los hombres a sumarse. El feminismo ha tenido logros pero hay aún demasiados debes, mientras tanto encuentra en su avance más y más cuerpos muertas y masacradas por hombres con quienes mantenían relaciones “amorosas”. La muerte por violencia machista nos duele porque va al núcleo del problema: la vida. Pero también porque toca la colonización de nuestras formas de amor por parte del machismo.
Si la lucha feminista se radicaliza es porque existen razones para ello; sintéticamente, una historia de fracasos y de falsos triunfos, de “inclusión”, de igualdad demagógica pero no efectiva. La vía progresiva de la lucha feminista se ha mostrado incapaz de generar transformaciones de base y la historia ha dicho demasiadas veces “espera”. La radicalización de la lucha feminista se traduce - y lo celebro - en políticas que no buscan alegrar o convencer a los reaccionarios ni a los misóginos, sino modificar las relaciones sociales que ellos reproducen. Hay otras políticas que no pueden ser ejecutadas desde el estado u Ong alguna y que también implican radicalización. Ellas tienen que ver con políticas de la vida y de formas de vida, con subjetividades en movimiento, con encontrarse en la diferencia. El gran desafío es creo, encontrar la rabia necesaria para la radicalización sin confundirla con el odio o la persecución pues sus formas inhiben la emergencia de nuestros anhelados contenidos.


La revolución feminista enfrenta un desafío parecido al de otras revoluciones; su radicalización y conducción es llevado a cabo por un núcleo cuya toma de conciencia, refinamiento crítico, y conocimiento de medios y tácticas ha ido madurando, encontrando consensos, creando líneas teóricas y espacios de práctica; formando un movimiento. Para suceder, la revolución cuenta (y necesita) con una base social de hombres y mujeres que adhieren de formas desparejas y a veces contradictorias al apoyo de esta causa.


En relación a esto pienso en dos problemas actuales para el feminismo. Uno tiene que ver con que no funciona como otras luchas: sabemos que el problema del machismo tiene que ser atacado en toda su complejidad y por eso es difícil aislar un par de puntos de consenso. Este hecho no puede derivar en la expulsión del movimiento de sujetos que desean apoyar la lucha pero no en los términos que la vanguardia del movimiento ha definido como los más efectivos. La revolución feminista tiene que poder lidiar con este carácter incontrolable, y pensar en él como una potencia y no como una desventaja o problema a resolver. No le hagamos violencia doméstica al feminismo; llamémoslo a crecer en sus formas diversas, imperfectas, procesuales, incontrolables, sexuales, transgenerativas, dispersadoras de poder. La revolución tiene que suceder en cada casa y en cada cuerpo y no vamos a estar ahí para supervisarla. Y todo lo que se va de control tiende a la imperfección pero tiene como contrapartida una enorme potencia. En este sentido celebro las formas de adherir al paro de colegas del interior del país, de las amigas que nunca se manifestaron antes, de los (a menudo torpes) hombres que sienten propia la causa, de las pintadas y flyers de los barrios cuyas gráficas y consignas pueden shockear a mi sensibilidad posmoderna de académica universitaria y artista contemporánea. Aunque no siempre leo los mensajes de constelaciones y gestalt que se cuelan entre las cadenas de whatsapp, celebro el crecimiento de la idea de hermandad femenina entre mis amigas con hijos, que van rumiando al feminismo pero que no están dispuestas a dejar de amar a sus parejas. Lo celebro entre mis amigas “despolitizadas”. Me parece crucial que ellas entiendan que no se trata de odiar a los hombres sino de amarnos más y mejor. Celebro (y lo celebro como un triunfo de esta lucha) la adhesión del PIT-CNT, una organización con mucho de machista y violenta a la que el feminismo ha logrado interpelar radicalmente. Celebro la articulación de organizaciones y sujetos tan distintos que está logrando el feminismo. Celebro que un paro no sea definido por grandes centrales sindicales sino por mujeres en movimiento.


Puede decirse que en estos reductos de diferencia se encuentra la garantía de cooptación del movimiento, que hay que diluir todo feminismo diluyente, que la intransigencia y la violencia es lo único que los hará retroceder. Yo sigo dudando de si son estos los medios. La tragedia llama a la tragedia y la sedimentación de estereotipos no tiene otro destino que la confirmación de que los hombres son unos hijos de puta y las mujeres las cabezas de la sensibilidad que da lugar a las familias (biológicas o elegidas). El biologicismo nos ha impuesto el sometimiento machista, no recurramos a él desesperadamente. Esto no implica una traición al núcleo de la lucha sino una disputa por el significado de las existencias que emergen bajo la palabra “mujer”.


El 8 de marzo movilizará a través de cuerpos de-generados a la cuestión de la mujer en todo el país y en muchísimos lugares del mundo. Nuevas organizaciones emergen y aquellas que habían representado a los clásicos sujetos de lucha se reorganizan; no es fácil cómo se pasa del “el trabajador” a la mujer y como se hace un paro donde “el patrón” no puede ser llamado a un consejo de salario ni a una mesa de acuerdo. Lo personal es político. Pintadas y carteles se preparan hace semanas; asambleas y adhesiones; bonos colaboración, spots, comunicados y entrevistas. La mujer es el sujeto de lucha y por quién es esta lucha, simultáneamente. Nace así por estos años la historia de una transformación que ojalá podamos contar cuando seamos viejas y hayamos no tenido o quizás tenido nietos. La contaremos entre amigas y en medio de otras nuevas viejas luchas que por entonces serán las urgentes. La contaremos por las que murieron jóvenes en manos de sus parejas. La contaremos tocando y tocándonos, desde un encuentro extraordinario de ideología y afecto, ese punto orgásmico de la política.  


Para ello necesitamos un feminismo que no sea la otra cara del machismo sino mucho mejor que él; que no sea el opuesto antagónico de la genitalia fálica que nos ha estructurado desde los salarios hasta el deseo; que entienda que la soberanía de los cuerpos es viable colectiva y no individualmente; que se constituya un movimiento de solidaridad y política en el sentido más desestabilizador de lo sensible, un movimiento que entiende que la lucha consiste en esto; caminar juntas y juntos, tomar el poder sin pedirlo, dar pasos convencidos sin nunca olvidar lo importante que resulta ir transformándonos en el camino. Si “el macho” opera con sus verdades por medio de una aplanadora inquebrantable, nos damos el lujo de construir nuestra fuerza desde el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad que es al mismo tiempo la promesa y potencia de nuestro empoderamiento. El feminismo es una lucha por objetivos concretos pero también fuertemente basada en la experiencia. Hacia esa experiencia vamos este 8 de marzo y el paro es para los adversarios pero sobre todo para despertar nuestra consciencia, alzarnos diciendo basta, reconocer la diferencia entre los discursos de amor y los actos de guerra, reconocer la diferencia entre lo elegido y lo impuesto, reconocernos en la diferencia sin indiferencia.


Para quien duda de si el feminismo está creciendo piense cómo pasó usted - si es que pensó en absoluto en la mujer  - los pasados 8M.  



* Publicado originalmente en: <https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/3/el-movimiento-de-un-paro/>

jueves, 16 de febrero de 2017

Movimiento y Movilización. Sobre el Encuentro Internacional de Jóvenes Creadores




Link: https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/2/desde-el-viernes-se-realizara-el-encuentro-internacional-de-jovenes-creadores-2017/

viernes, 10 de febrero de 2017

Hijos de la comedia. Aproximación a las revistas de carnaval.




Link:
<https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/2/una-mirada-al-menospreciado-mundo-de-la-categoria-revistas-del-carnaval/>

viernes, 3 de febrero de 2017

jueves, 2 de febrero de 2017

Noche de teatro. Previa del Teatro de Verano con C1080




Link: https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/2/cronica-de-una-previa-de-la-presentacion-en-la-primera-ronda-con-la-comparsa-c1080/

miércoles, 25 de enero de 2017

La (contra)revolución será televisionada. Trump y Women´s March en la diaria







Pre-edición
La (contra)revolución será televisionada
Crónica de cuando vi a Trump asumir la presidencia de USA y el día después.

Es enero de un año que impresiona nombrar y lo que todos creíamos un mal sueño que acabaría con una interrupción aún no visible, se hace realidad. Donald Trump asume la presidencia de USA. Nada pudo detenerlo, pero horas después tienen lugar manifestaciones que señalan que el fin del adormecimiento puede estar llegando.  

A diferencia de otros líderes de extrema derecha, la retórica oratoria de Trump es la de un ejecutivo que acaba de pasar unas horas en el spa tras un agitado día de negocios. Lo más detestable de verlo es como a su fascismo ahora lleno de poder político, le corresponde un tonus muscular bajo, una desidia oratoria, una sensualidad de macho dominante que sabe de su privilegio y no gasta un gramo de energía en demostrar su fuerza. Es la impavidez del empresario que sabe que incluso en caso de fracaso económico los costos los pagarán otrxs; son las manos de quien actúa como si no tuviera nada que esconder.

Ahí está el presidente. Su forma de decir que transferirá el poder al pueblo no es - a diferencia del estilo de líderes populistas - enérgica e instigadora, sino llena de odio, resentimiento y calma. La reiteración de la palabra “our” y “us” me hacen repasar mentalmente las lecturas sobre política impersonal cuya relación con el presente quizás hasta hace unos meses no había logrado entender.  La tensión de Trump es la de un empresario que hará política mientras se hace una paja, recibe una fellatio o se toma una raya de merca en su escritorio. No cuesta imaginarse que haga todo a la vez y que incluso se le pare llamando a Putin. Sin embargo algo suena conocido. Nuestros ojos no estarían preparados para asistir a su asunción y discurso inaugural si no hubieran sido educados por los reality shows, House of Cards, Black Mirror, The Apprentice, la caída de las torres gemelas y la historia de un poder que se abre paso a fuerza de penes y dinero.

Esto no es excepción americana. Nuestra defensa contra la atrocidad del mundo ha sido montar un consumo entre impávido e irónico que nos permite ver ya cualquier cosa tranquilamente desde el living de casa. Conmoverse no es productivo. El espectáculo de esa tarde no consiste en un presidente interpretado por un actor sino lo contrario. La vieja búsqueda por la fusión entre arte y vida es sustituida por la fusión total entre espectáculo y política. Por favor enciendan sus celulares.  

La distancia entre las palabras y las cosas no es tan grande como parece en el mundo del simulacro; hay cierta relación de isomorfismo y dislocación a la vez. Para entender a Trump y a la política de hoy (también a nuestras posibilidades de acción política) necesitamos usar marcos de análisis teatrales, técnicas actorales, volver a Debord, a Baudrillard, a Kantor y a Grotowski. Y si la política va a ser espectacular y el poder mediático, quizás tengamos que cambiar nuestros queridos marcos teóricos sobre la performatividad de la política por la organización de performances, por hacer teatros pobres, teatros del oprimido, por cambiar el reparto de actoras, por espectarnos emancipadas.

Esto no es una exención americana. Si analizamos la dramaturgia política contemporánea debemos reconocer que estamos unos píxeles más allá de la estrategia realista. Sin embargo, este hiperrealismo o ficción es nuestra realidad. Y “realismo” aquí es análogo a la perspectiva del depresivo que cree que cualquier optimismo, es una ilusión peligrosa. Así lo dijo Mark Fisher, que se suicidó hace algunos días. El capitalismo es una potencialidad oscura que ha engualichado a todos los previos sistemas sociales.

Dice Fisher que la distancia irónica propia del capitalismo postmoderno busca inmunizarnos contra la seducción del fanatismo: bajar nuestras expectativas es un bajo precio a pagar a cambio de ser protegidos del terror y del totalitarismo (*). Pero el precio es demasiado alto y los terroristas no solo están en casa, son el en casa. Y tienen a cargo el homeland security.

Así como durante sus discursos las manos de Hitler buscaban precisión, las manos del Donald buscan confundirnos. Como buen conductor televisivo, especulador y negociante Trump sabe generar expectativas y su as en la manga es nuestro miedo a su imprevisibilidad. Bajo su transparencia ficticia encarna un capitalismo racista y fascista que sin embargo habla de nacionalismo, pueblo y libertad. Trump no solo quiere make america great sino make it again. Pero ¿A qué pasado de grandeza se refiere y quien lo protagonizó? La historia (o su borramiento) cumple un rol clave en identificar a quien le habla el presidente cuando dice “people”.  

La fertilidad de la resistencia

Desde países latinoamericanos como Uruguay, hemos organizado nuestras resistencias al neoliberalismo (y al colonialismo) desde proyectos nacionales de izquierda, y en el preciso momento en que éstos están cayendo en la región, el imperio retoma sus banderas nacionalistas. Desde nuestras organizaciones políticas hemos creado nuestras resistencias bajo la forma de democracias liberales con base en igualitarismos; en este momento en que se muestran un fracaso, el conservadurismo liberal intenta impedir que luchemos desde nuestras diferencias, desde nuestra condición de oprimidas. Por eso quizás en el “the people” de Trump no hay lugar para sujetos como los migrantes, las mujeres, los negros. Una lucha que exija borrar los modos en que se reproduce el poder y las diferencias entre quienes lo poseen, lo toleran y quienes lo sufren no es nuestra lucha.

La resistencia también es fértil: esto decía un cartel de la marcha de mujeres que se realizó horas después de la asunción de Trump. Se lee por ahí que fue la protesta más grande de la historia de USA, que 1 de cada 100 americanxs estuvo en alguna de las que sucedieron en 300 ciudades, que participaron alrededor de 3 millones. Desde la Primavera árabe a Brasil 2013 y con las posibilidades de comunicación y contagio que da internet, las manifestaciones de cuerpos que toman el espacio público protagonizan las luchas de nuestra contemporaneidad.

No es casualidad que las marchas que movieron a USA fueran organizadas por el feminismo. Si por un lado Trump es el peor monstruo con el que este movimiento podría encontrarse, por otro las guerras contra la mujer y contra las organizaciones que buscan defender sus derechos vienen sucediendo sistemáticamente en USA. Así lo demuestran el protagonismo de evangélicos en el partido republicano, la emergencia de fundaciones y campañas pro-vida, las restricciones a clínicas que hacen abortos o a la píldora del día después, la disputa en torno a la cobertura de los anticonceptivos en planes de salud, luchas en torno al financiamiento público de ongs dedicadas a la salud sexual como Planned Parenthood y comentarios machistas continuos de políticos republicanos. Pero el acoso no es sólo retórico o administrativo: de acuerdo a la Federación Nacional de Aborto, desde 1977 en USA se registraron cientos de incidentes en centros de salud sexual y reproductiva, incluyendo intentos de asesinato (muchos exitosos), amenazas de muerte, asaltos, heridos, copamientos, bombardeos y secuestros.

Esta guerra fue librada por una coalición entre neoliberales, halcones belicistas y evangélicos, que cuenta ahora con la nuevos socios en el Tea Party (libertarian) y la Alt-right (ultraderecha). Pero simultáneamente el movimiento feminista ha crecido - dentro y fuera de fronteras - y tiene fuertes centros de irradiación en las universidades y parte del mundo cultural y artístico. De hecho parece claro que si la izquierda renace en USA, será de la mano del feminismo.

From sexual harassment to gender arousal.

La historia del feminismo norteamericano es larga (y dolorosa) pero ahora cuenta con alianzas y contaminaciones desde el sur, donde movimientos feministas y LGBT, Alertas Feministas, Ni una menos, han llevado a la calle lo que no puede ser representado por ningún profesional de la política.  

Hoy el feminismo es una vía para sacar a la política de las garras del espectáculo; hacer política desde la experiencia y hacer de la política una experiencia. Una que zafe de las subjetividades que produce todo el tiempo la máquina neoliberal; una que no intente borrar las diferencias bajo un falso manto de igualitarismo.

Las luchas contra el feminismo se intensifican argumentando que “todos somos iguales”, o que al movimiento le falta crítica y sutileza, o que el flagelo de la corrección política va a acabar con nuestras libertades. Cada vez que acusen a una feminista de censora y antiliberal habría que poner una foto de Trump y un cartel con la pregunta ¿libertad para qué y quién? La libertad ha sido apropiada por el liberalismo para intentar convencernos de que la autorregulación social garante ecuanimidad. Para ellos somos portadoras de una mala noticia: no la garantiza.

Es por esto que cada vez que el feminismo es acusado de infantilidad subjetiva, hay que pensar en cuanto la clase dominante se beneficia de borrar al sujeto para abrir espacios al mercado de libre transacción de subjetividades, de tratar al cuerpo como mercancía costumizable.

La diferencia que denuncia el feminismo no puede diluirse en una gama interminable de subgrupos en pugna bajo el nicho de las políticas de la identidad. Interseccionalidad es la lógica que articula la lucha de los millones de personas - mujeres, trans, hombres - que comprenden que feminismo es también hoy lucha de clases. No se puede ser feminista sin ser antiracista, sin ser anti xenofobia, sin ser antifascista. Es por esto que la diferencia tiene que ser pensada como compatible con la organización social, la acción política y la articulación colectiva. De hecho la diferencia no es un proceso de especulación semiótica sino el núcleo práxico de todo lo que cambia.

El “capitalismo inmaterial” es otro nombre para el hecho de que el principal negocio de hoy son nuestras vidas. Y ahí está el mercado de la “salud” en estados unidos, y ahí está el conservadurismo con sus misiles apuntando a nuestros úteros y vaginas. En nombre de la grandeza americana Trump va directo a la meta de destruir derechos, que no ve más que como obstáculos para el crecimiento económico y la “unidad nacional”. Como si nuestros cuerpos fueran esas pussys que cree poder agarrar cuando y donde quiera.

Mientras tanto, nos dicen que el machismo se reproduce culturalmente y que no todos los hombres son así, y es cierto. Pero sin venir de nacimiento, el machismo tiene como socio al biopoder y ambos saben que en el cuerpo de las mujeres está el poder de la vida y lo quieren para ellos. Nada le da más miedo al hombre blanco y poderoso que recordar que su propia reproducción depende de las mujeres y es por esto que la privatización de la vida tiene un blanco claro en nuestros cuerpos. No hacen falta ginecólogos ni partidos políticos para entenderlo.

La Women’s March on Washington tiene miles de líderes anónimas conduciendola. También están ahí íconos importantes de la cultura; no es casualidad que jugándose tanto de Trump en el terreno del espectáculo las voceras de la resistencia sean superestrellas.

La industria del espectáculo formó nuestra sensibilidad, nos educó los ojos para ver cualquier cosa y para creernos el verso de la cultura global. Es la misma que licua noticias sobre una infidelidad o una cirugía plástica con un “grab them by the pussy”. La máquina de producir escándalos manipula el límite de lo personal y lo político como si fueran independientes, canaliza lo inaceptable y por ende lo normaliza, y se asegura de demarcar estándares diferentes para sus consecuencias según se trate de hombres o de mujeres.

La industria cultural norteamericana es también la que mejor ejemplifica cómo una cultura capaz de producir rebeldía y estéticas revolucionarias es simultáneamente la mayor abastecedora del combustible necesario para la cooptación cultural de nuestras vidas. La imaginación y la creación han sido armas de lucha por la libertad pero también para sus contras, que se las apropiaron logrando algunas derrotas. Pero no todo fue vencido y como vimos el domingo pasado, hay muchos cuerpos en lucha y resistencia.

Porque aunque quieran hacernos quedar en casa riéndonos de quienes salen a la calle por ilusas o ingenuos, o brindando mientras podamos por nuestra derrota definitiva bajo el sponsor ideológico del sálvese quien pueda, hay capítulos por venir que no pasarán en Netflix y que van a necesitar de nosotrxs un poco más de energía.

(*) Fisher, Mark. Capitalist Realism. Tomado de:


Disponible en la diaria. Link:
https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/1/la-contrarevolucion-sera-televisada/