jueves, 22 de marzo de 2018

Atacar al arte


Atacar al arte
Sobre las políticas de lo sensible en tiempos de guerra




Publicada en Lobo Suelto! el 22 de marzo de 2018

Abro un libro de Rancière después de mucho tiempo. El libro se llama “Disagreement” y habla sobre la relación entre política y filosofía.

En la página aleatoria y desde los apuntes al margen llego a un fragmento que habla de que no hay tanta diferencia entre el lenguaje poético y el lenguaje argumentativo. Este tipo de pensamiento es el que ha hecho a Rancière un pensador fundamental para el arte, reformulando de nuevo una pregunta vieja: ¿arte para qué?

Desde su definición de política como distribución de lo sensible, y desde su capacidad de creación - no sólo de conceptos - a través de la filosofía, Jacques le ha dado oxígeno a un campo que sufre el peligro de morir de sumisión, irrelevancia ornamental o endogamia. Ranciére logró abordar la función social-política del arte desde la especificidad de la cosa misma y desterritorializar el centro de la política de “la política” para apuntar a los procesos sensibles, perceptivos, cotidianos y colectivos que le dan forma. Rancière logró disputar el significado hegemónico de “política” y abrir de esa forma un portal ancho para que en ella reingresara el arte, ya no en forma de propaganda o de espectacularidad distractiva y embrutecedora - que también es una forma de ejercicio del poder y la política - sino desde la premisa de que política es estética.

Su obra fue algo así como un terremoto que hizo a muchxs reenamorarnos de la idea de política; que reactivó las fuerzas de una pasión traumatizada por la imposibilidad de transformación que constatábamos dentro de los marcos que las instituciones de la política con mayúscula ofrecía; un amor desilusionado que nos acercó a estrategias escapistas.

En el campo artístico refloreció la idea de un arte que era político por tratar con y desde el plano de lo sensible, por producir experiencias que intervenían en las formas de ver, sentir, actuar colectivas. Obras que quizás no tenían contenidos políticos explícitos o a primera vista políticos, pero que no por ello se concebían en la línea defensora de la autonomía del arte (o de su independencia de la política) sino todo lo contrario.

Todo esto nos permitió a lxs artistas afirmarnos en nuestras prácticas artísticas y en la convicción de que interviniendo sobre lo sensible estamos cambiando el mundo. Sin embargo el mundo da pocas señales de estar cambiando en los sentidos que nos imaginábamos y me pregunto por qué la interrupción que su pensamiento provocó en la relación entre estética y política, se tradujo de formas tan aguachentas en el campo artístico. ¿Por qué y cómo el campo artístico cambió tan poco en sus formas y tácticas de intervención aún dialogando con estas ideas? ¿Cómo fue que el arte (sobre todo el contemporáneo) aplaudió las consignas Rancierianas que le permitían reafirmar su propia relevancia pero sin profundizar en los desafíos que le proponían sus ideas? En otras palabras me pregunto si hemos expuesto al arte a la inestabilidad que venía adjunta a su reconceptualización de la política de la estética o si lo hemos en definitiva protegido de ella, seleccionando - un tanto oportunistamente - algunas ideas que suenan bien pero sin ir más allá con ellas.

Quizás con Ranciere hay que enojarse un poco porque te enamora tanto con su pensamiento que te quedas queriendo solo leerlo. Entras en su mundo por la puerta lingüística y son tan potentes sus palabras que parece que alcanzaran.
Con el arte hay que enojarse un poco porque te enamora tanto que te quedas queriendo solo hacerlo. Entras en su mundo fenomenológicamente y las experiencias que vivís con él son tan transformadoras que parece que alcanzaran, al menos (y he aquí un punto incómodo que me gustaría pensar) para quien lo practica.

Es decir, si preservamos la delimitación de lo artístico como el campo estético por excelencia con su especificidad y sus profesionales, entonces no es lo mismo ser un artista que no serlo para poner en prácticas la idea de que la política es la estética. Curiosamente quienes consciente o inconscientemente resisten más la idea de esta deslimitación de lo artístico son precisamente los artistas, que desde una lógica del interés (lógica por cierto a desarmar o cuestionar urgentemente) son quizás los que más perderían. ¿O ganarían?

*

Hoy el arte y la cultura viven ataques múltiples: desde el intento de su desarme por parte del neoliberalismo y su reemplazo por industrias culturales o del espectáculo, hasta las tentativas de su cooptación por la izquierda o el progresismo, el arte y los artistas se encuentran en el presente permanentemente en jaque.

Es difícil exigirle o inclusive atacar al arte cuando necesita de tanta defensa contra -. Pero quizás atacarlo es la mejor forma de activarlo en tanto máquina de guerra, en tanto máquina deseante.
Quizás hoy atacar al arte como campo es la mejor forma de hacer vivir la potencia política de la estética; de llevar sus herramientas y sus obreros especializados a trabajar fuera de la línea de ensamblaje donde su experticia solo logra producir en serie.

Tal vez hay que elaborar una crítica al arte “de izquierda” desde la izquierda porque necesitamos abordar de forma crítica y práctica como es eso de que el arte cambia el mundo. Quizás no es tan mala la idea parar de defender al arte para atacar al arte - y atacarnos en tanto clase artística - porque la defensa de nuestras intenciones y de su mera existencia puede llevarnos sin darnos cuenta a posturas conservadoras.

Sé que suena extraña la propuesta de atacar al arte en tiempos de ataques permanentes que este sufre; en medio de las guerras mediáticas, religiosas, capitalistas que lo acechan. Pero defender al arte quizás nos paraliza y congela la propia potencia que lo artístico tiene en tanto política/estética.

Propongo entonces pasar de defender a atacar el arte, como quien inyecta un veneno que puede ser también la cura (pharmakon le llamaban los griegos o autoinmunización en jergas filosóficas más contemporáneas). La propuesta no garantiza resultados y puede tener contraindicaciones pero percibo que atrincherados en la defensa de nuestras micropolíticas de lo sensible no seremos capaces de dar la batalla contra las fuerzas que gobiernan cada vez más nuestras políticas de lo sensible en el campo expandido de lo social, más allá del círculo delimitado como “comunidad artística”.

Atacar al arte pero en nuestros propios términos, para que en lugar de desplegar un proteccionismo principista de su existencia, exploremos en él la potencia viva de su experiencia (e invención de experiencias). Atacar al arte como forma de romper el círculo autoinmunizador – dispuesto a defender su supervivencia a cualquier costo - que asegura sobre todas las cosas la im-potencia del arte. Exponer al arte al mundo, porque la política de lo sensible se juega ahí afuera, afuera del campo reconocido como “arte”. Igual que señaló Ranciére que le pasa a la “política”.

Para que el arte no reduzca su potencia desestabilizadora de lo sensible a la producción microcomunitaria de experiencias de vida alternativas, necesitamos arte que se cague en la línea que diferencia lo que es y lo que no es arte. La idea no es nueva y hasta la hemos levantado como bandera pero qué difícil es ponerla en práctica.

Entonces ¿arte para qué?.
Para que la política de lo sensible se transforme en prácticas sensibles militantes; para que lxs artistas pongan todas sus técnicas a implicarse con luchas sociales de sujetos reales; para que lxs artistas - esos definidos como los que “su principal ingreso viene del arte” - no sean los detentores exclusivos de experiencias que cambian la forma de vivir y lo sabemos; arte para que el arte no sea sólo para quien tiene el capital cultural para disfrutar del arte; arte para que la miseria del mundo no quede pidiendo limosna en la puerta del teatro o en las tramas moralistas de una comedia costumbrista; arte para que la revolución de lo sensible no sea privatizada y vendida en forma de proyectos para fondos concursables con logos de empresas o del estado; para que la hegemonía mediática se sienta amenazada y quiera censurar a la forma en que los cuerpos hablan un lenguaje imposible de ser silenciado o traducido; arte para que el diálogo no sea solo entre convencidos; para que se difunda y socialice el pensamiento que producen en la acción las luchas sociales y las subjetividades que emergen en ellas; para que la poética no sea otra cosa que pensamiento que participa de luchas políticas en colectivo; para que la transformación no sea sólo para quien lo practica; para que superemos las versiones contemporáneas del romanticismo y el posmodernismo que operan capturando al arte en paradigmas tautológicos y autoexplicativos.

*

El pasado (y sobre todo las miradas derrotistas de la izquierda sobre su propio pasado) nos dejó terrible miedo de la pregunta sobre el rol social del arte. Nos traumó tanto la subordinación de la estética a la política que las décadas siguientes consistieron en reafirmarnos en la singularidad de lo artístico y perdimos contacto con el mundo donde esa singularidad está cambiando.

Mi propuesta entonces no sería tanto politizar el arte o reinventar el arte sino intentar lo que no sabemos: la invención de una política, la activación de las herramientas creativas para la invención de otro mundo, que es en definitiva la búsqueda inagotable de la política.

No se trataría entonces de politizar la danza sino de dancificar la política; no se trataría de abordar problemáticas sociales en nuestros guiones y textos sino de crear una dramaturgia para nuevas formas de lucha política en colectivo; no tanto cantarle a la revolución sino que la sublevación sea a través del canto, del coro, porqué no de la misa; no tanto una fiesta para apoyar la marcha sino marchas que sean una fiesta; no tanto la obra que habla de comunidad, de multitud sino hacernos parte de ellas; no tanto leer la masa sino encarnarla. Hay artistas que ya empiezan a hacerlo; a renunciar a los circuitos especializados de circulación y legitimidad y salir con sus prácticas artísticas a la calle, con los movimientos, con los gremios, salir de fiesta, trabajar en comunidad y des-autorizarse en procesos que dispersan la individualidad, que valoran las revoluciones sensibles de artistas que no se identifican como tales. Como coreógrafa me impacta el modo en que la danza está presente en las manifestaciones y he visto a marchas coreografiar a bailarines y enseñarles de política en el proceso. He visto a bailes enseñar a bailarines a compartir la intensidad de una danza sin espectadores (cosa que nos vamos olvidando porque hemos estado siempre en la escena), he visto cantantes sumarse y componer para movimientos sociales y estos actos me conmueven. Me parece que por ahí va la cosa. Pero claro nadie nos va a dar un fondo o un premio por hacer eso; nadie nos va a invitar a un festival donde salvo que seas famosx no entran obras de más de 2 o 3 intérpretes; nadie va a interesarse desde el campo artístico por una “obra” sin autor ni forma de venderse; nadie va a poder poner sus herramientas de trabajo a trabajar desinteresadamente. ¿O sí?

Quizás hay un Rancière careta y otro popular.
Quizás hay un arte que se dice político pero es careta.
Quizás hay que desenojarse un poco con Rancière. Vuelvo al par de párrafos que me hicieron abrir el libro (o viceversa qué importa). Dice ahí que

La invención política opera en actos que son a la vez argumentativos y poéticos, muestras de fuerza que abren una y otra vez, tantas veces como sea necesario, mundos en los que dichos actos de comunidad son actos de comunidad. Esta es la razón por la que “poético” no se opone aquí a la discusión. Es también la razón por la que la creación de mundos litigiosos, estéticos, no consiste en la mera invención de lenguajes apropiados para reformular problemas que no pueden ser abordados con lenguajes existentes” (59)1

Hacer lo que no sabemos no es lo mismo que no hacer porque no sabemos.

¿Encaramos de una vez esa revolución de lo sensible pero ya no desde la comodidad de las disciplinas y sus lenguajes “alternativos” (pero específicos y conocidos) sino en el mundo expandido e indisciplinable de la comunidad?

...la política es estética en principio. Pero la autonomización de la estética como un nuevo nexo entre el orden del logos y la distribución de lo perceptible es parte de la configuración moderna de la política”2 (58)

Para que defender al arte no sea igual que defender su autonomización; para defender al arte de los ataques hegemónicos, creo que hay que empezar a atacarlo en nuestros propios términos y desde el campo de luchas que nos conciernen por fuera de nuestra especialidad artística. Hay algo de verdad en el viejo postulado de que un intelectual de izquierda debe estar dispuesto a atacar su propia posición de clase. ¿Atacamos entonces al arte para darle vida en los procesos de lucha y transformación que nos convocan en lo sensible de forma urgente?

Si la precariedad es ya una condición impuesta, juguemos con ella y desde ella, hagamos del casi-todo-está-perdido la vía para reencontrar las armas sensibles donde está única fuerza con la que contamos en esta guerra.

Esta guerra, que no es (solo) contra el arte sino contra la vida.

por Lucía Naser



1“Political invention operates in acts that are at once argumentative and poetic, shows of strength that open again and again, as often as necessary, worlds in which such acts of community are acts of community. This is why the “poetic” is not opposed here to argument. It is also why the creation of litigious, aesthetic worlds is not the mere invention of languages appropriate to reformulating problems that cannot be dealt with in existing languages” (59)
2“...politics is aesthetic in principle. But the autonomization of aesthetics as a new nexus between the order of the logos an the partition of the perceptible is part of the modern configuration of politics” (58)

domingo, 11 de marzo de 2018

Empezar acabando: la marcha dice / Sobre el 8M de 2018

Empezar acabando: la marcha dice.  

Sobre el 8M de 2018 desde Montevideo / publicado en Lobo Suelto!





El proceso hacia este 8 de marzo estuvo marcado por la organización de por un lado la movilización o marcha que hace algunos años se realiza; por otro la organización del Paro Internacional de Mujeres, una propuesta que desde la articulación internacional trabajó para aterrizar en varios países y contextos de formas muy diferentes.

El aterrizaje o traducción entre diversas orientaciones de los feminismos y el campo político local y global donde ellos se mueven, signó este día-acontecimiento que al crecer, hace leudar su potencialidad política y por ende multiplica con o sin quererlo las tensiones y debates que toda interna y externa de y entre organizaciones (que piensan diferente pero quieren hacer juntas) genera.

Como en todo proceso político - y artístico y afectivo - a veces el tiempo de llegar a es mucho más fundamental y potente que el instante en sí en que se llega. En este sentido y aunque fue políticamente tensa y disputada, la previa del 8M puso a discutirse temas fundamentales para el feminismo, sus aliadxs y sus contrarios. Temas que si por momentos fueron confundidos con banalidades organizativas, tocaban en la profundidad de la marea y su contra ola. De “no seas tan sensible” está hecho el ocultamiento de que en las microdecisiones también se juegan cosas grandes y fuertes para la vida de las mujeres. Y de todxs.  

Si era una marcha de mujeres o de cualquiera que se llamara feminista; si era una marcha feminista o una de mujeres; si una marcha expresa la adhesión a una causa o la visibilidad del sujeto afectado por la causa que se defiende; si una marcha es la expresión de una demanda o un acontecimiento que en sí mismo ya está haciendo. Que si el paro es de todas o se suman hombres a las mujeres; que si organizaciones mixtas se suman o adhieren por fuera sus mujeres; que si la marcha debe ser convocada por organizaciones feministas o si convocan y organizan organizaciones de mujeres atravesadas por el tema; que si estrados con proclama o abrazos con lecturas colectivas; que si pedir al estado o fortalecer las redes autónomas de y entre mujeres.

Estas “minucias”, no lo son. En las discusiones sobre como movilizarnos en el 8M se abrieron y condensaron problemas fundamentales para el movimiento. Problemas de esos a habitar y no tanto a resolver apresuradamente. Mejores o peores tramitados, con o sin violencias, la organización de este 8M propuso y logró problematizar el modo de adherir de los hombres pidiéndoles no solo su apoyo sino que se pusieran a pensar su lugar en este proceso de transformación y movimiento. Logró problematizar que la dimensión económica del feminismo no es nada secundaria y que la opresión a las mujeres no sólo es afectiva y corporal sino que ella habilita y sostiene estructuras capitalistas que nos enseñaron a pensar “por fuera”. Logró despertarnos la mañana del 8M para mirar las relaciones que nos hacen bien o nos hacen mierda, para abrazar a las amigas, para abrazar desconocidas, para abrazar y también saber soltar (y que nos suelten) a los hombres que amamos.

El paro y la propuesta de que fuera solo de mujeres puso de manifiesto que cuando las mujeres nos retiramos para parar activamente, hay todo un sistema de división del trabajo que tambalea y afecta a mucho más que la rama productiva en la que nos desempeñemos; puso de manifiesto que no todas las mujeres en lucha son asalariadas o tienen vagina; puso de manifiesto todas las tareas que hace la mujer y que sostienen. Lo evidenciaron cuestiones tan simples como que si solo paraban mujeres surgían una infinidad de problemas y labores que quedaban desatendidas (y que a menudo no son remuneradas ni reconocidas). Que si paraban hombres y mujeres las mujeres quedaban igual a cargo de los hijos. Que si parábamos solas las mujeres que podíamos parar 24hs sin darse posibilidades de otras formas de ser parte, estaban quedando afuera un grupo gigante de mujeres. Que las clases sociales que habitamos no son un aspecto menor de cómo sufrimos el machismo y como participamos del movimiento. Parar activamente y como se pudiera fue la consigna y muchas muchisimas hicimos el máximo esfuerzo por visibilizar nuestra presencia ausentándonos (por las ausentes y por las que no podían hacerlo).

Se puso al ego de los varones a ocuparse de las tareas que hacemos nosotras todo el tiempo y no les gustó. Se les pidió silencio - y esta vez no no su voz fuerte diciendo que nos apoyan -, y no les gustó. Y a algunas mujeres tampoco les/nos gustó (si es que vale reconocer que existimos en subjetividad escindida en relación a algunos temas). Pero el hecho es que hacerlo abrió preguntas y pensamientos que justifican el desconfort. Nosotras nos bancamos tanta mierda y no hay espacios de discusión donde se nos pregunte si estamos de acuerdo. Generar espacios de preguntarnos qué queremos entre nosotras. Entre nosotras y antes - o aparte - de que vengan a ofrecernos soluciones que ya vimos que no, o la alternativa de una tibia inclusión en la agenda de derechos.   

Es así que a medida que el movimiento crece se pone también en cuestión la relación entre mujeres de diferentes clases sociales, diferentes modos de entender y vivir ser mujeres, diferentes opresiones y privilegios que pueden ser reciclados para alimentar la lucha de las más débiles. La vanguardia del movimiento la tiene clara y propone consignas pensadas y fuertes pero tiene simultáneamente a su alcance hacer entrar a la ronda a muchas otras mujeres. ¿Cómo? Es quizás la pregunta del momento. Una pregunta a responder en la acción.

En la marcha los contingentes de las agrupaciones - esas que a veces parecen delimitadas  y separadas por cercos infranqueables - se disuelven un poco en la acción y con ellas las distancias ideológicas. Los varones se corren y en su lugar entran muchas mujeres, adolescentes, pibas que llegan con toda la fuerza, mujeres viejas viejas o quizás nuevas en el movimiento. “Quien no se mueve no siente las cadenas” dicen algunas. Enormes círculos se arman y detienen la procesión lineal frontal de la marcha. Círculos de mujeres se abren; nos miramos y es importante que bastemos nosotras para sentirnos fuertes. La casi ausencia de varones nos invita a mirarnos y reconocernos, a practicar una libertad que sabemos que cambia cuando hay hombres en la vuelta, cuando los cuerpos están si o si un poco más a la defensiva, quizás tirarte en la calle o abrazarse masivamente es algo que nuestros cuerpos asustados por los machos aprendieron a evitar como forma de autodefensa. Acá podemos hacerlo.

Diferentes colectivos participan desde diferentes ánimos y propuestas. Una batucada furiosa que encabeza; la danza poniendo cuerpo e invitando a la improvisación y la escucha como armas; cientos de mujeres siguiendo a los tambores tocados por ellas; ir al suelo para pulsar juntas; saber que no da para agredir a gente que viene a provocar, a traernos su violencia “pro-vida” que nos da más asco y pena que rabia con su intervención en nuestra marcha. Caminar, cantar y atacar a una iglesia, rabiosa pero coloridamente – disculpen pero a nuestro estilo les decimos que se pueden ir con sus cruces a la mierda. La apostasía es nuestra vocación porque queremos abortar una y mil veces a su moral represora de nuestros cuerpos. Aunque seamos nosotras a las que siempre nos toca sangrar. Más atrás organizaciones mixtas. Las mujeres somos protagonistas por una vez y se siente bien. La policía brilla por su ausencia. La organización Iglesia Misión Vida brilla por su presencia como brillan los soretes al sol. La organización le ha pagado a unxs pibxs re jóvenes y pobres para sostener sus carteles recién ploteados que dicen “femenina si, feminista no” con colores rosado y celeste de bebé. Están ahí estáticxs, plantados en una de las aceras del 18 de Julio invadiendo desde la lateral nuestro avance y movimiento, protestando porque hacemos con nuestros cuerpos lo que queremos. Están ahí y con los carteles se tapan la cara porque saben que aunque dicen que están para defender la vida, la vida está de nuestro lado. Les cantamos “mujer escucha únete a la lucha” y hacemos una hogera de cuerpos para quemar al patriarcado, nos abrimos y cerraos en un abrazo de conjura y complicidad, de barrer el odio y plantarnos desde el canto y desde el grito ante esta violencia. La resistencia del presente es también ancestral y cuando cantamos abrazadas y por nosotras, son nuestras abuelas las que también se liberan. Aceptamos ese legado y lo transformamos: nos reconocemos mujeres pero para eso parimos con dolor y con alegría otra forma de ser mujeres. Eso o encontrarle otra palabra. Eso e inventarnos otros cuerpos.

El feminismo nos excede a todas - personas, organizaciones, instituciones, leyes - pero también es cierto que no existe sin cada una y su fuerza. Para que cuando toquen a una nos toquen a todas es necesario sentir ese todas en nuestro cuerpo. Y ese todas vibra en mi cuando estoy junto a otras muchas. Ese todas enciende fuegos. Ese todas está en la calle este 8M.









En llamas

Se va a acabar esa costumbre de matar. Se va a caer el patriarcado. Y este paro empieza acabando.  El 8M arranca con un orgasmo: como subrayando la idea que también aplicamos al sexo de que no todo es por y termina en el orgasmo o acabada final, tan autocelebrada por el macho. A una orgasmatón de las 0hs convocaban las compañeras argentinas de Ni Una Menos. Empezar acabando y convertir el 8 de marzo en un acontecimiento que sucede por fuera de las casas y los regalos de felicitación. Este día que ha pasado cada vez más de ser un “dia de” a ser un día de lucha, en que los cuerpos de mujeres aparecen y se movilizan juntas en el espacio público. El orgasmo como comienzo. El orgasmo como momento climático pero sin embargo no el único; como momento íntimo pero no secreto ni tabú. El orgasmo - sexual o político - pensado sí como momento climático pero también pensado desde la sexualidad femenina en la que puede funcionar más como una activación del inicio del deseo que como instante final. Repensamos el orgasmo y la lucha desde nuestros cuerpos: de orgasmos múltiples, de sexo expandido desde el clítoris a toda nuestra piel y desde los bordes del cuerpo a un abrazo colectivo que abraza también a los dolores que se nos han metido en el cuerpo.
No solo nos enseñaron muy poco a tocarnos sino que nos enseñaron a tocarnos poco. En la activación de nuestro contacto y nuestro abrazo se deshacen cadenas de dependencia patriarcal. Se deshacen cadenas. Lloro al abrazar y tristeza y felicidad se vuelven indiscernibles.

El paro lo hace cada una como puede, desde las casas o desde la calle, vistiendo un lazo violeta o pidiendo a la pareja que hoy encare él las tareas, se hace discutiendo en grupos de whatsapp, infiltrando la pregunta allí donde nunca se toca el tema; esos espacios que les encantaría poder afirmar que feminismo es para las mujeres locas o en todo caso para esos lugares pretendidamente lejanos donde habitan monstruos violadores de esos que salen en canal 4.

A la marcha se viene a caminar pero también a cantar, a gritar, a llorar, a inventarnos la potencia, a ver como otras gritan basta y muestran las tetas, a sumarse a algo que no sabías, a proponer un canto, a seguir y ser seguida hasta no saber quién guía. Esta marcha se hace experimentando y sin miedo a salir de las fórmulas militantes exitosas o inteligibles. Se hace desde un deseo de probar qué sucede si......

Política experimento. Política inventandonos en el proceso. Movilización no como demostración sino como acto creativo. Manifestación como acto performativo. No estamos ahí para ser, sino que estamos ahí siendo, resistiendo. “Cambiamos el mundo sin pedir permiso” dice una pancarta.

La política es experimentación e importa mucho más lo que sucede y se experimenta ahí siendo que las lecturas de la marcha como discurso, como plataforma de reivindicaciones, como número final de asistentes dicho por el noticiero. Esta marcha tiene un cimiento ideológico pero es en sí misma acontecimiento. La marcha habla y dice que estamos juntas y somos fuertes y podemos estarlo aún más. La marcha dice que la mayor potencia política es la que se mueve hacia cosas que queremos y que nos liberan. Dice que aunque el feminismo crece (o no) en los espacios de nuestras decisiones más individuales, íntimas y cotidianas, es sumandonos, socializando nuestra fuerza y también nuestras miserias, que podemos convertir la rabia en grito y el dolor en movimiento.

Este 8M no lo marché con mis cómplices ideológicas más cercanas sino con mis compañeras de trabajo, de arte y de otras luchas que aunque no se llaman “feministas” tienen todo que ver con eso. La danza siempre es la conexión con una dimensión existencial atravesada de goce pero también de dolores, de violencia, de todo eso que vive en la palabra “cuerpo”.  El feminismo y la danza tienen en común que afectan profundamente nuestra percepción de una misma y del mundo. El cuerpo se vuelve un entramado de sensaciones y de afectos. Marcho ahí, entre cuerpos que veo moverse habitualmente, pero que hoy lo hacen por nosotras y por las que no están. Marchamos por Olga de 44 años que tan solo unas horas antes murió asesinada por su pareja de quien intentaba protegerse (con ayuda de un policía que murió también de bolea). Nos duele este “otra vez”, esta nueva muerte. Marchamos porque horas después de terminar la marcha nos enteramos de otro feminicidio: Mirtha Lorena de Rocha, embarazada de 5 meses, asesinada por su ex pareja sobre el que regía una orden de restricción de acercamiento por 120 días. Marchamos y duele constatar lo difícil que es detener esto y lo importante que es seguir y profundizar esta lucha. Para exorcizar la tristeza y sentir que sí podemos marchamos y bailamos con más fuerza que nunca. Bailamos como bailaría Olga o Mirtha si ahora pudieran vernos o sumarse. Marchamos y en nuestros cuerpos viven las mujeres que perdimos y que conocíamos o no. Tantas otras encarnan en nosotras.

Somos desconocidas pero enseguida nos reconocemos, nos encontrarnos con la mirada desde un canto que va tomando su ritmo y nos coreografía a todas. Decir que sí a una ronda que nace acá o allá, ser parte desde la acción y no solo desde el discurso. Dejarse afectar. Recibir el cansancio y aportar la fuerza que se tenga. Dejar llegar un cansancio físico que se va disipando a puro contagio de la fuerza de otras, que están ahí para sostener, para sostenernos.

Terminamos la marcha y mi cuerpo está (aunque sea por un rato) con más energía para correr y bailar que al principio. Y es que no estamos aquí solo para demostrar nuestras fuerzas e ideas o para hacer nuestros pedidos, o para llegar al final de la marcha y disiparnos tranquilamente. Estamos aquí para transformarnos en el encuentro, para ver qué nos pasa y qué nace de esta acción, que dice y hace mucho más que cualquier manifiesto.

Estamos empezando a acabar con el patriarcado y los machismos, pero sabemos que la transformación ya empezó, que no puede esperar a que termine de caer, que no puede esperar.

¿Qué subjetividad puede llevar adelante una revolución que sabe que implicará deshacer (para rehacer) parte de sí misma en el proceso?, o algo parecido me preguntaba hace un año en un artículo previo a ese 8M. Esa subjetividad la vi en la calle el jueves y no tiene cara individual ni nombre de agrupación, sino la forma de un abrazo que grita y que salta entrelazando; la temporalidad de un encuentro que dura unas cuadras pero te cambia para siempre; la expansión de una lucha que espera viva a ser activada en cada una de nuestras cuerpas. Y esa activación es únicamente colectiva. Esa activación empezó hace mucho y al mismo tiempo recién comienza.
Que alegría la de acabar empezando.



jueves, 22 de febrero de 2018

¡Construirnos la potencia!


Feminismos hacia la movilización y contra la parálisis; el proceso hacia el Paro Internacional de Mujeres 2018. 

Sobre el disenso como catalizador o paralizador de los feminismos en movimiento



Febrero. Las asambleas se suceden, las gremiales se organizan, las calles se alborotan, los medios desorientan, la contrarrevolución antifeminista desea paralizar, las colectivas investigan formas de hacer y pensar, el sujeto del feminismo está en debate, hay murgas de mujeres, se crean falsas oposiciones entre feminismo y libertad (la libertad de quién, es la pregunta), las transformaciones subjetivas no escuchan moción de orden, las pasiones militantes buscan ser alegres, el cruce de luchas arma diálogos entre lenguajes que no siempre se entienden, el empoderamiento avanza, el 8M se acerca, se hacen leyes que quedan en nada, se elaboran políticas que cambian vidas, se rechaza a “la política” para inventar otra o se le reclama que sea otra (urgentemente!), por momentos la escucha logra apagar el caos de ansiedad y se abren agujeros para situarnos en el presente.

La acumulación y crecimiento del movimiento feminista lo enfrenta al problema de la representación, lo enfrenta al problema del disenso, lo enfrenta al desafío del pluralismo y los diferentes estilos de hacer, de distinguir lo que son diferencias ideológicas innegociables de aquellos espacios en los que con un poco de flexibilidad el espacio se ensancha y el feminismo enamora y cuida la vida de más mujeres.

La creciente visibilidad también hace que los significantes que los diferentes feminismos producen vayan ganando peso y se disputen la atención de los medios y del poder. Esto involucra inclusive a los movimientos y grupos que se posicionan explícitamente en contra de orientar su acción hacia la aparición o negociación en ese espacio conocido como “sistema político”.
¿Como abordar de formas no capitalistas la acumulación del potencial del movimiento feminista y de las herramientas del 8M y del Paro Internacional de Mujeres?

Los feminismos tienen el desafío de ser una articulación entre dos planos que construyeron su historia como si fueran autónomos: la micro y la macro política y todas las confusiones derivadas de esa dicotomía útil y a la vez perversa, real y a la vez falsa.

Los feminismos son tejido conjuntivo entre la política de la vida cotidiana y la política como forma de movilización y acción colectiva en el espacio público.

Una vez que reconocemos que estos planos de acontecimiento de la política no se anulan entre sí, es de esperar que tampoco lo hagan los movimientos que priorizan en su ideología y accionar la adscripción a uno de ellos. Están entonces las colectivas que se niegan a identificarse, institucionalizarse y consolidarse, pues entonces dejarían de ser política de la vida cotidiana, política de los afectos, redes que no necesitan formalizarse para existir . Y están las colectivas que se institucionalizan e identifican para ganar peso en espacios donde sólo así son visibles; es decir en el espacio de la política extracotidiana, ese donde se pone en escena el poder y se definen actos decisivos para la tragedia contemporánea que viven tantas mujeres.

La analogía con el teatro es en algún punto injusta pero - además de considerar que la palabra espectáculo define a nuestra cultura/política desde hace más de 60 años - al mismo tiempo apunta al carácter de representación y al juego de apariciones que constituye el juego político gubernamental, legislativo, judicial. Analizar la performance de sus actoras con ojos de quien observa a redes autónomas o a agentes actuando espontáneamente en la vida cotidiana es errarle a la perspectiva crítica (aunque sin duda hay muchas cosas criticables en estos movimientos, sobre todo lo difícil que resulta involucrarse en dichos ambientes sin mimetizarse un poco con ellos).

Del otro lado, observar a los movimientos feministas autónomos que apuestan a politizar las formas de vida, a la invención de otras formas de política, a la experimentación colectiva y sensible por sobre la búsqueda de estrategias efectivas como si se estuviera mirando a jugadoras de War o inversoras financieras / actores de teatro como si fueran de cine a las que se critica porque no están “bien organizadas” para la conquista, es también aplicar un marco ideológico a un movimiento que tiene otro sustancialmente diferente. Esto que vive el feminismo es también una dificultad de la izquierda, pero quizás se hace más visible en el feminismo porque está en construcción y cada bloque y cada viga llevan mucho debate, fuerza, desentendimiento.

Somos obreras de un proyecto cuya forma final no sabemos y esta ingeniería de alianzas y afectos requiere mucho de improvisación, mucho de sensibilidad, de escucha. Requiere de saber qué lugar tiene más sentido para una. En lo personal no quiero ir a debatir leyes ni reglamentos (que bien nos haría que de veras funcionaran) sino estar en la calle, discutiendo y construyendo creativamente lejos del tóxico mundo de la alta política, pero le agradezco a las compañeras que se metan en ese baile porque las mujeres que encuentro en la calle necesitan protección legal, necesitan ayuda económica, necesitan asistencia y empatía médica, necesitan empoderarse y ser protegidas en los espacios nada feministas de los que no se elige de un día para el otro estar afuera (por ejemplo: la pobreza). A su vez el feminismo no existe si no es en el día a día, en el tejido denso de la vida cotidiana y las relaciones de todos los días.

Las disputas a nivel micro generan movimientos a nivel macro; las batallas a nivel macro generan tensiones en las micropolíticas que hacen a nuestras vidas. Sino pensemos en las polémicas sobre las políticas culturales de género y en los cambios que se dan en las casas, en los trabajos, en los movimientos. Nada puede evitar ese desborde.





Somos las nietas

Por otra parte, aunque desde una perspectiva de corto plazo el feminismo es un movimiento en emergencia, si miramos no sólo hacia atrás sino hacia adelante podemos ver que viene de lejos y llegará a lugares que no sabemos. Es de esperar que en 10 años el feminismo haya cambiado tanto la política y la cultura que pensar demasiado apegadas a sus dificultades y dudas en el presente - como si la unidad del movimiento fuera ahora o nunca - es desaprovechar la historicidad del movimiento. Y además lleva demasiado rápido a la frustración de que las cosas no son exactamente como queremos.

Los feminismos se mueven en Uruguay sobre el mapa de una torta política toda trozada y delimitada, y tienen el desafío extra de no ser chupado por ese bizcochuelo movedizo, pero al mismo tiempo la necesidad de formar parte del “sistema” o campo político, de cruzarse con otras luchas como la anticapitalista, la antirepresiva, la antimanicomial. ¿Cómo hacerlo pero insistiendo en formas singulares de hacer política? ¿Cómo construir subjetividades militantes que sin desconocer las posiciones y disensos existentes puedan practicar más allá de las chicanas y mezquindades una política en femenino?

Estas palabras que suenan quizás razonables - al menos para quien escribe - se vuelven demasiado tibias si una piensa en que la urgencia del feminismo no viene tanto (o no sólo) de consolidarse como movimiento político sino de las vidas vividas en el esquema de dominación patriarcal y las violencias que pasan por el género y por nuestros cuerpos.

Mis proposiciones también resultan ingenuas si vemos que además de su articulación interna, los feminismos de diferentes vertientes sufren ataques y amenazas y rechazos permanentemente. ¿Como organizar una subjetividad colectiva no crispada ante esta situación?

Pero la percepción de una situación también se compone colectivamente. Y el desafío es construir una situación en la que nos percibamos fuertes, con pocos pero profundos objetivos comunes y diferenciando lo urgente de lo que no. Para esto se necesita un descentramiento kinético colectivo, generosidad y escucha. Se necesita mirar hacia afuera del movimiento para no perdernos en las lógicas internas que tanto criticamos a la “rosca política machirula”. Se necesita quizás pensar en feminismos en movimiento más que movimiento feminista.

Quizás ahí está la pista para que bajando las expectativas de consenso armónico a la interna podamos ver todo el terreno que tenemos para movernos juntas.

Los desafíos y desacuerdos no son sólo tácticos. En sus diferentes debates y acciones los feminismos ya están debatiendo la esencia del feminismo y disputando su ontología: ¿es un movimiento de mujeres, o de todxs quienes se piensen feministas? ¿incluye a las trans y nombra la singularidad de las lesbianas o alude a todas como “mujeres”? ¿es un movimiento de izquierda o no necesariamente? ¿es inherentemente anticapitalista o podría existir un feminismo basado en una alianza interclasista entre mujeres similar a la que ya existe entre hombres? ¿Incluye a los hombres o no y cómo?. Estas preguntas están en movimiento y encontrándose todo el tiempo. Sin embargo poner como precondición para la articulación entre los feminismos llegar a un acuerdo sobre su ontología, puede paralizar al movimiento.

Como en una danza o una marcha, no es necesario que todas compartamos los mismismos sentidos, las causas y las consecuencias de estar ahí haciéndola. Sin embargo algo sí es suficiente para que estemos ahí haciéndola. No se puede policiar la experiencia del activismo colectivo; son demasiadas vidas diferentes, demasiadas distancias de clase y de raza y de ideología y si le pedimos todo eso corremos el riesgo de obstruir al movimiento (desde adentro)

Una vez en una entrevista, me dijeron que todo colectivo es el fracaso de un movimiento y pienso que hay una gran verdad en ello (Erroristas, Argentina junto a la Liga Tensa). Y es cierto que necesitamos colectivas pero la idea de una ola feminista abre un horizonte ancho y brillante que además permite desatrincherarnos de nuestras posiciones sin dejar de tomar posición, sino situándonos en un mapa más complejo y abierto.

Para avanzar hacia el paro y detener las posibles parálisis los feminismos necesitan combustible, cuerpas, apoyo gritado y otras veces silencioso o escuchante, necesitan hablar de sus contradicciones y como todo actor necesitan recuperar energía.

Las fuentes de energía militante pueden venir de dos lados; de reciclarse permanentemente buscando en las creencias y el colectivo el sentido de seguir haciendo, aún siendo difícil; o del odio que mueve la rosca de las enemistades y de los procesos de identificación por antagonismo.

La primera no es fácil de encontrar pero los feminismos saben que el amor es la única energía renovable y que la rosca a largo plazo solo lleva a secarse políticamente.

¿Cuándo la fragilidad se vuelve fuerza? Cuando descubrimos en las diferencias complementariedad, cuando pensamos en los feminismos como un proceso múltiple de transformación, cuando nos reconocemos desde las diferencias y aún así confiamos en que la lucha nos une sin hacernos uniformes.

Humedad y amistad hacen subir la marea.





* texto publicado en latfem.orgLobo Suelto! y La Tinta

* fotos tomadas de Rebelarte

* publicado en Revista Bravas
versión en portugués: >> aquí << 






viernes, 9 de febrero de 2018

Carnaval de las promesas no cumplidas. Sobre la fiesta de Momo 2018.

Carnaval de las promesas no cumplidas
Reflexiones en torno a la fiesta de Momo


Repensar el Carnaval, comprender los cambios sufridos por su espectacularización, visibilizar a sus hacedores y recorrer algo de su historia es la apuesta de este texto. También, un disparador para discutir qué tipo de política queremos para “la fiesta más popular”, y cuáles son las imágenes –a menudo frustrantes– que del presente y de nosotros mismos nos devuelve.






                                   Llamada espontánea en el conventillo Medio Mundo, el 3 de diciembre de 1978 Foto: Héctor Devia - Casa de la Cultura Afrouruguaya









Empezó el carnaval, y la fiesta y las tradicionales polémicas que aportan sus propuestas son acompañadas, sino desplazadas, por acaloradísimas discusiones en torno al concurso, las políticas públicas los derechos y ganancias económicas, la “corrección” política, la relación entre gobierno y los empresarios, y entre estado y mercado, y hasta la propiedad del escenario máximo del carnaval.

La dinámica del escándalo en las redes, que hoy pauta el ritmo de los debates culturales, les quita escucha y razonabilidad a las discusiones, profundizando el otro factor que arma el entrevero: la crisis de la crítica cultural. “Cultura de izquierda”, “hegemonía cultural”, “contracultura”, son términos que, quebrados en mil pedazos, no están ayudando demasiado a pensar el carnaval. Y tampoco a experimentarlo. La polémica suele presentar como voceros a un bajo porcentaje de sus hacedores, y siempre a los mismos. Se pierde historicidad y todo el mundo grita ¡tradición! Pero nadie sabe bien qué significa.
El carnaval de 2018 se inaugura con el presidente Tabaré Vázquez pidiendo por tevé al intendente Daniel Martínez (de su mismo partido) que regale el Teatro de Verano a Daecpu. También con el anuncio del reemplazo del Concurso de Reinas por el de Figuras del Carnaval; los caballeros contra la corrección más comprometidos que nunca con las murgas y su libertad de expresión (eso sí, que no se pongan muy panfletarias); enojos por la prohibición del uso de serpentinas y spray; profesionalización y mediatización de una expresión “popular” que busca exhibirnos civilizados, actualizados, y divertidos. La crítica encuentra su válvula de escape una vez por año y el amor al color de los uruguayos también.

El carnaval es alegría y también ha sido un espacio de resistencia y crítica irrespetuosa de las clases populares a los poderosos. ¿Cómo evitar que se transforme en lo opuesto? ¿Cómo organizar un pensamiento colectivo sobre los sentidos del carnaval? ¿Cómo hacerlo ante la necesidad de desprivatizar la fiesta a través de políticas públicas, pero también de prevenir la cooptación de lo popular a través del estado y los empresarios?
Históricamente el carnaval ha sido polémico por criticar la realidad, por oponerse con los cuerpos a la sumisión, por cantar, pensar, bailar sin pedir permiso. Sin embargo, la mediatización del carnaval –que empujó con fuerza la crecida de la competencia y la privatización– indica que hoy lo que más está en disputa es quién tiene la palabra, las tablas y los premios, quién puede hablar, quien escucha. “Esto es carnaval, si puedo hacerlo yo lo puede hacer cualquiera”, canta la Mojigata en su despedida, como para que se encienda en la cabeza algo que ya sabemos.

Mientras los espectáculos de todos los rubros alcanzan niveles de producción y profesionalismo cada vez más altos, sin los que no podrían llegar al Teatro de Verano, cierto entramado más espontáneo y amateur de hacedores va quedando en segundo plano. 

Tener que elegir (o ya haberlo hecho) entre una estética y técnica refinada o la anchura de la base social que hace el carnaval (y no sólo consume), parece una disyuntiva trágica. La admisión está en las pruebas. Y la competencia no sólo se da en el escenario.
Si el carnaval ha sido resistencia y crítica a la ideología: ¿cómo se planta ante la ideología subyacente, que implícitamente acaba por organizar su concurso, recursos y formas de acontecer? El carnaval ha sido siempre política y cultura; ética y estética: ¿qué lugar tiene en los debates sobre arte y sobre las políticas públicas que se orientan a él?
Si junto a las políticas de género -que exigen autocrítica del carnaval a su ideología e idiosincrasia- el problema de la libertad de expresión volvió a las murgas, lo hace ahora sobre el escenario de un carnaval selectivo, excluyente, y amplificado infinitamente a través de hordas virtuales.

La reiteración de la idea de que el carnaval es la expresión popular nacional por excelencia es incluso nociva si oculta que su mediatización está privatizada (y eso afecta su creación), que la identidad nacional, y en particular la de la izquierda, está en crisis, y que quienes le ponen el cuerpo al carnaval ceden una plusvalía cuyos dividendos no ven ni en figurita. Uruguay for export.

La idea de fiesta del pueblo también oculta que la mediatización del carnaval y su profesionalización ya no permiten tratarlo como un fenómeno espontáneo donde el pueblo se expresa libremente. La dimensión participativa y corporal de la fiesta se retrae y se acomoda frente al televisor, los conjuntos que no logran sponsors o el malabarismo económico autogestivo, o que apuntan a procesos creativos menos disciplinados, no llegan al “nivel” ni al despliegue de recursos necesarios para competir con los grandes. Entonces, expresión del pueblo sí, pero con prueba de admisión y derechos de imagen que no cobran los trabajadores. Fiesta del pueblo sí, pero también espectáculo con el poder semiótico y económico que entra en juego. Fiesta de todos los barrios sí, pero al espectáculo completo se lo ve en el Teatro de Verano o en VTV con producción de Tenfield, como quien ve competir en MasterChef o en el Bailando de Tinelli. Todo el mundo opina y se indigna, contentándose con la versión grabada de un acontecimiento que trasciende, y mucho, a un concurso y dos desfiles por año.

La crítica y la comicidad que siempre estuvieron juntos en Carnaval son cada vez más reemplazados por originalidad, espectacularidad y buenas voces. El candombe es coreografiado en danzas complejas y exigentes que, en busca de cuerpos perfectos, va diluyendo la experiencia de libertad que pulsan chico, piano y repique. (Recuerdo mientras escribo los años que salí bailando en las llamadas, en las horas y horas de ensayos y en cuánto me frustraba no poder colgarme a bailar sola o con gente porque “me salía del la coreografía”. Tanto que dejé de salir).

Expresiones como la murga y el candombe no son en sí edificantes por sus cualidades estéticas (si bien las tienen) sino por nacer de actos de resistencia: a la censura de la dictadura, a la esclavitud de los negros. Su prioridad no es lograr la excelencia formal-estética; en tanto expresiones subalternas se mueven por el deseo de rebelión y la insolencia contra el poder. Lo complicado es que el poder está más que nunca en todos lados e inclusive logró docilizar a los cuerpos irreverentes de los carnavales de otrora.


MÁS MUERTAS QUE UN FARAÓN. La complejidad del carnaval aumenta al pensarlo como una tradición. Su narración y su administración se disputan entre quienes se consideran sus legítimos representantes y hacedores. Por una parte, el estado que elabora políticas públicas y medidas orientadas a su puesta en valor y conservación patrimonial. Por otra, la rivalidad entre sus “dueños” y protagonistas (cada vez menos organizados en familias y más en empresas o personajes de la farándula uruguaya), que además del negocio, o en nombre de él, se disputan los relatos sobre sus orígenes y sentidos. Así, nuevos formatos y recursos se mezclan con viejas lealtades e historias. El carnaval es un diálogo permanente con la realidad, y sus interlocutores no han parado de cambiar.
Sin embargo, todos sabemos lo que le pasa a una tradición cuando no logra dialogar con los cambios. Es conocida también la operación por la cual “la tradición” es apropiada por el status quo público o privado, y que en esos raptos las versiones de su “identidad” se van lavando y estabilizando. De poco sirve una vidriera identitaria si exhibe contradicciones, inestabilidad, evanescencia, y en ese sentido el carnaval no rinde: salvo que se pueda emprolijar.

Mientras esa tentativa avanza y algunos se resisten a los cambios (renunciando a participar o dando la pelea desde adentro), viene bien recordar que el carnaval uruguayo es más que nada eclecticismo y reinvención; una mezcla entre lo europeo y lo afro, entre lo tradicional y lo nuevo. Una celebración de nuestras contradicciones, risa y melancolía, calenda, naciones, lubolos, Cádiz, Mazumba de la Selva, Brasil, sus orixás y sus mulatas de fuego, símbolos musulmanes en África, Reyes Congo, bantú, chico y bambula, el periódico Raíces, "Milonga Nacional”, candombes del olvido, Línea Maginot, el exceso y la droga en la calle, pueblo ingenio y risa, la liberación de lo sexual, el judas prendido fuego, lo catártico y lo sanador, cultura afrouruguaya, lo público y lo íntimo, lo que construye destruyendo, lo grotesco y lo burlesco, lo negro y lo blanco, la puesta en escena de invisibilidades sociales, la evocación de Montevideo en la historia y la tradición, o como dice Daniel Vidart; la fiesta de una diosa travestida (Momo), un diablo (Arlequín) y un muerto (Pierrot). El carnaval es desborde, exceso; el gramillero alucina con las yerbas que contiene su valija, el escobero es quien espiritualmente abre con su danza los caminos, las banderas son trofeos de Naciones.


QUE EL LETRISTA NO SE OLVIDE. Testigos vivos de la mutación cuentan que antes a las comparsas se les decía llamadas; que el desfile no era de 15 sino de 25 cuadras y sólo 8 comparsas, que demoraban de 6 a 8 horas, con parada para templar en el medio. Los tablados eran de bloques y se respiraba olor a choripán; había personajes que no cabían en ninguna categoría. La censura venía de los malos (sin matices). Las vedettes eran también activistas y escritoras, referentes de la comunidad. El gramillero representaba al esclavo a quién dejaban salir los 6 de enero y desfilaba con la ropa prestada del amo. Los tambores no usaban tensores y arruinaban por su peso no sólo las manos de sus tocadores sino también sus riñones. Los seguidores de conjuntos iban por los barrios con sus preferidos, y de boca en boca se comentaba el espectáculo que “este año no te podes perder”. Los relatores no existían y esa menor información hacía de la fiesta algo más anónimo, menos especializado. Hubo llamadas en años de dictadura en que algunas comparsas se negaron a tocar frente al palco oficial, y algún año en que la primera cuadra empezó a ser regulada sin más y hasta el día de hoy por familias negras. No existía la “visión global” y lo esencial estaba en dos o tres elementos. Había menos famosos de afuera y más personajes del adentro. Se conocían menos los historiadores y más los que hacían historia. La amargura sostenida del uruguayo era liberada para hablar de los temas más profundos entre máscaras, cabezudos y cornetas.

Es decir, desde que empezó a existir, el carnaval empezó a cambiar. Y en todo caso, si nos vamos a poner nostálgicos hay otras cosas a añorar que reírse de “las minas y los putos”.
El carnaval de cada época respondió a las sensibilidades y a las luchas de la sociedades de su momento, y el amor a las supervivencias no borran el amargo adjunto al dulce cantar carnavalero. Como con toda tradición que se transforma con el tiempo, el trabajo a hacer es revolver en las ruinas para ver qué de lo que había necesitamos hoy.
Nos queremos seguir riendo y excediendo en carnaval. Pero la contraposición entre la política (o la izquierda) y la risa es un (falso) dilema que ausente de su historia, caracteriza a esta etapa del carnaval o de nuestra sociedad; un antagonismo formulado ideológicamente que pide libertad para discriminar pero se preocupa poco por asegurarla para la expresión y el disfrute del carnaval por parte “del pueblo”. La disidencia sexual siempre fue parte del carnaval pero ahora parecemos estar ante el caso del “puto que asusta”, en términos de Capusotto. Y asusta porque ya no se banca cualquier cosa con tal de ser parte; ya no es el puto de antes.

Diferentes propuestas que me ahogaron de la risa muestran que el problema es más bien de quien no encuentra la gracia sin el “puto”, de quien dice que sin la discriminación como gracia no se puede. Ante los señores indignados por la reducción de sus privilegios (o su cuestionamiento), lo que parece es que a los representantes oficiales del carnaval del presente se les oxidó la capacidad de reírse de sí mismos, de dialogar con las transformaciones sin caer en el resentimiento por lo que ya no. El asunto preocupa porque si las posturas conservadoras -del carnaval de antes y los machos de siempre- triunfan, habrá que decretar que el carnaval por primera vez en su historia está viejo.

Lo popular y lo crítico aún viven en el carnaval, pero bastante baqueteados.

La tradición ha ido cambiando y lo seguirá haciendo: ¿quien dirige y hacia donde se orientan sus transformaciones? Si miramos a sus formas de producción y sus objetivos, lo que le era ajeno –la búsqueda de excelencia técnica, el profesionalismo, la distancia entre especialistas y consumidores– ya no lo es. ¿Cómo analizarlo entonces? ¿Desde los estudios culturales, la cultura popular, la historia uruguaya, la política de los cuerpos?
Mirar al carnaval como acto performativo donde se expresa en cada puesta lo que “somos como país” es matar a fuerza de solemnidad y realismo la naturaleza lúdica, paródica y sarcástica del tipo de “representación” que es. En el otro extremo, mirarlo como un espacio de libre expresión no mediada, donde la política “no debería meterse”, es negar oportunistamente un aspecto reconocido por todos: el carnaval es aparición en el espacio público, definición básica de la política. El carnaval es también un obrero fundamental de nuestras sensibilidades colectivas. ¡No lo explotemos!


LO POPULAR EN DISPUTA. Se discute mucho sobre los cambios que podría traer la intervención de políticas culturales de género al carnaval, pero demasiado poco sobre las transformaciones que implicó su creciente profesionalización, competitivización, mercantilización de su carácter “popular”. Las letras de los espectáculos dan cuenta de la desorientación del carnavalero que ahora le canta por tv a un público más cheto-progre que no quiere oir hablar de pobres, ni a su cultura groncha.

Si bien en el presente hay cuerpos que resisten la neoliberalización del carnaval, insisten en su carácter de fiesta y experiencia, y aún hay tablado de barrio y Ronda Momo, su mediatización ha centralizado su acontecer en el programa de la tele. La función crítica o liberadora que son la esencia del carnaval es un hilo narrativo que rinde en las páginas del Ministerio de Turismo o de la Unesco, pero no está en la esencia del carnaval sino en las prácticas de su gente y necesita espacios para mantenerse viva. La excesiva organización de los cuerpos y los discursos por el progresismo (ese curioso proceso por el cual la izquierda partidaria se convirtió en administrador del régimen neoliberal y agente disciplinador) es un peligro para el carnaval. La patrimonialización de expresiones populares como el tango o La Cumparsita, afecta también al carnaval y, aunque se presenta con la intención de preservarlas, puede tener un impacto represivo sobre manifestaciones que no siempre hacen coincidir la función crítica con la edificante. Pero el estado no está solo. Apoyan este espacio los socios capitalistas.

Si por un lado los carnavaleros se quejan de los cambios aportados por el gobierno municipal en su administración de la fiesta, también el reinado de Daecpu ha sido nefasto no sólo en términos de contenido, también en la aceleración del proceso de conversión del carnaval en un negocio, cuya comercialización, adaptación al concurso, y creciente competitividad es igualmente sufrida por ellos.

Las transformaciones que trajeron Tenfield y Daecpu empujaron al carnaval desde precipicio de lo popular al vacío de la cultura de masas. La empresa que tuvo desde sus inicios la meta de constituirse como representante oficial del nacionalismo, visualizando rápida y lucidamente el vacío de políticas e ideas sobre la cultura nacional, ha sido experta en apropiarse los beneficios que el abordaje marketinero del nuevo uruguayo ha chorreado generosamente en los últimos años.

El Gran Evento televisado “para todo el mundo” –las llamadas, el teatro de verano– parece llevar a más gente la vivencia, pero termina por secuestrar el sentido del carnaval, produciendo unidades mediáticas e infinitamente reproducibles en la televisión e internet, que generan derechos de autor que no ven sus protagonistas pues Tenfield y Daecpu son detentores de los mismos. Los paralelismos con el fútbol son evidentes,y sería deseable que ante este panorama naciera un “Más unidos que nunca” carnavalero.


EL TREN DE LOS SUEÑOS. Que el carnaval sea un núcleo de condensación y visibilización de procesos colectivos e identitarios que se sostienen todo el año no puede hacernos olvidar que no hay zoom in de las cámaras que nos ayude a entender todo lo que sucede ahí.

Es importante discutir sus aspectos simbólicos y políticos, intelectualizarlos como tradición y como espacio discursivo de la cultura, pero si se pierde la dimensión experiencial –es decir como viven los cuerpos el carnaval– quedémonos solo con el Museo.
Cuestionar de qué y de quiénes nos reímos y quien es dueño del carnaval, es también ser fieles a un espíritu crítico y de crítica ideológica a los poderosos. Censurarlo en nombre de “la tradición” implica intentar que una expresión cultural que está viva no tenga contacto con transformaciones profundas que se están dando (como el avance del feminismo). Censurarlo por hacer manifiesto lo latente – a menudo aberrante – en nuestra sociedad es también mutilar una de sus principales funciones.

Quizás en vez de seguir inflando la competencia, la “forexportización” y patrimonialización del carnaval, podríamos discutir qué tipo de política para el carnaval queremos y también cuáles son las imágenes – a menudo frustrantes – que del presente y de nosotros mismos nos devuelve el carnaval.

¿Cómo se hace para que sus hacedores puedan ver beneficios en caso de que aceptemos su comercialización? ¿Cómo se hace para desacelerar la competencia que cada año es mayor? ¿Cómo se lidia con los niveles profesionales de exigencia en formas de producción con economías amateurs? ¿Cómo afecta la vida al carnaval y viceversa? ¿Como hacemos para que el carnaval sobreviva pero no como espectáculo, sino como experiencia? Que la pasión de carnaval haga a los cuerpos querer salir a la calle a moverse y a encontrarse. Quizás por ahí y con un poco más de escucha y autocrítica, logremos darle en la clave.


Lucía Naser 

Publicado en Brecha 9/2/2018