miércoles, 14 de junio de 2017

Trepando en la oscuridad. Entrevista a Bruno Bosteels por Entre (GD y LN)



Disponible en: <https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/6/la-izquierda-actual-vista-por-bruno-bosteels-pensador-belga-radicado-en-estados-unidos/>. 

jueves, 8 de junio de 2017

3 de junio: Marcha Ni Una Menos / Cuando la fragilidad se vuelve fuerza



Disponible en:
<https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/6/cuando-la-fragilidad-se-vuelve-fuerza/>


Cuando la fragilidad se vuelve fuerza
Marcha del 3 de Junio / Coordinadora de Feminismos y Ni Una Menos

La marcha del 3 de junio fue originalmente convocada desde el 2015 en Argentina y replicada en 2016 bajo la consigna de #vivasnosqueremos. Este junio la convocatoria fue con un “basta de violencia machista y complicidad estatal” y buscó un alcance internacional pensado en torno a la consolidación de una red de feminismos en América Latina. Desde 2015 hasta ahora es indudable que el movimiento feminista creció y ganó visibilidad; en parte esto se debe a manifestaciones como la del 19 de octubre de 2016, la gigante marcha de mujeres en USA el enero pasado*, el paro internacional de mujeres, las movilizaciones mundiales del 8 de marzo**, o los impulsos feministas a la interna del sistema político. Pero también viene siendo acompañado de un extraño y triste crecimiento en los femicidios en diferentes países.

Ni Una Menos es la organización tras esta marcha y también el hashtag que convoca actualmente a organizaciones feministas de países como Argentina, Chile, Uruguay, Perú y México. Con diferentes características en cada uno, el movimiento tiene en común las Alertas Feministas (manifestaciones cada vez que asesinan a una mujer por violencia machista) y el trabajo en torno a la violencia y su expresión extrema: el feminicidio. Ni Una Menos emerge de asambleas feministas y mediactivismo, nace en un poema de Susana Chávez - ella misma víctima de femicidio unos años después - donde exige que “ni una muerte más” al abordar la realidad de mujeres asesinadas en Juárez - México, nace de activistas asesinadas por sus parejas como Micaela, nace de anónimas olvidadas, nace de “Higui”s (presa hasta el día de hoy por agredir a quien intentaba abusar sexualmente de ella), nace de la indiferencia hacia la causa o la apropiación oportunista y cínica de parte de políticos dispuestos a rápidamente cagarse de nuevo en ella, nace de un “entre mujeres” que explora en las herramientas que pueden emerger de una comunidad combativa en femenino.

En Uruguay se marchó en 8 departamentos a partir del llamado de la Coordinadora de Feminismos, un colectivo que por su desidentificación y radicalismo ha despertado fuertes adhesiones y fuertes rechazos, incluso en ambientes feministas. Las movilizaciones del sábado quizás no fueron de cientos de miles de personas pero dan cuenta de que en muchos departamentos y rincones del Uruguay el movimiento feminista se está despertando más allá de grupos y partidos, y tiene ciertamente sus formas singulares de moverse.

Pasos del movimiento

“Que el dolor se vuelva rabia, la rabia se vuelva lucha y nuestra voz grito”. La consigna de este año le parece más que pertinente a mi garganta que se ahoga cada vez que quiere responder “tocan a todas”. Me percibo frágil y chiquita al lado de mis compañeras de marcha que llevan el “tocan a una”, con el grito firme, de caras pintadas, prendiendo fogatas, girando en círculo, mirando a los ojos, relatando los 18 casos de feminicidio ocurridos este año.

“El femicidio es una categoría política” dice la proclama cuya primera palabra es “porfiadas”. Porfiadas y todo, un par de días antes, en la conferencia de prensa la Coordinadora propuso debatir la figura penal de femicidio. Y es que impulsar una figura legal punitivista entra en contradicción con el rechazo a la violencia y también con el “es el estado” que denuncia la proclama. Y es que es contradictorio reconocer en el estado el motor de la máquina de poder patriarcal y al mismo tiempo llamarlo a intervenir. Estas contradicciones no les son ajenas al feminismo y necesitan ser leídas en el contexto de una lucha en proceso. Soy la retaguardia de este movimiento pero estoy, pienso y miro de atrás a las decenas de carteles, con estas ganas de llorar que me ahogan y me hacen entender que no son suficientes ni teorías ni títulos para lo que esta lucha necesita. Démosle. Qué suerte que somos muchas y muchos.

Cuando se les llama “marcha” a las manifestaciones de Ni Una Menos habría que por lo menos aclarar que éstas no siguen la fórmula clásica. En ellas un tipo de performatividad ritual y espiritual se observa y percibe más allá de lo visible. La típica modalidad de juntarse, marchar hacia el frente y dispersarse en el punto de llegada es reemplazada por otras prácticas, unas que dejan ver que esta lucha no es solo contra sino entre. Si pensamos en el feminismo como una nueva configuración de viejas luchas de clase, no es para reemplazar en la misma estructura de la anterior a los nuevos actores en pugna sino para comprender que el “opresores” y “oprimidos” requiere de nuevas sensibilidades y estrategias. Es decir, si la lucha anticapitalista es una lucha contra los efectos subjetivos (y objetivos) de desigualdades materiales, el feminismo es una lucha que pone énfasis en su contracara: desigualdades materiales causadas por efectos subjetivos. Empezando por la vida. Esto implica que el feminismo se da cuenta  - e invita a que lo hagamos -, que las luchas por un mundo más justo no consisten únicamente en la expropiación y redistribución de bienes materiales (aunque claramente la cuestión feminista se superpone inevitablemente con la cuestión de clase en el sentido más econométrico del término), sino que se hace sobre los cuerpos, sobre los afectos. Y esto tiene consecuencias sobre la relación entre medios y fines o en otras palabras sobre formas y contenidos de la lucha, sus tácticas, sus subjetividades, sus formas de acción.  

Ésta vez comienza en la plaza Libertad, con una concentración llena de carteles y mensajes, hiperpoblada de frases y de nombres de mujeres asesinadas. La tarde fría va cayendo y el colectivo que liderará cual maestras de ceremonia chamánica las diferentes etapas de la marcha convocan a un círculo. Son mujeres de diferentes edades y apariencias, no llevan carteles de organizaciones ni son famosas: y nos guían. Entramos en la ronda, espacialidad de la comunidad de iguales, en el centro se enciende una hoguera y se inicia una performance donde el sonido viene de todas partes menos del foco de atención central: “la mató con el arma de reglamento”, “se lo buscó.. “, “andaba sola y volvió del baile sin nadie”, “la mató con dos tiros en la cabeza y le dijo a sus hijos mamá se portó mal”. Las voces de mujeres y de otras mujeres que ya no escuchamos circulan entre nosotros y sobre esta vereda, para la que seguramente estas palabras no son novedad. En el centro, de a poco ocupado por las performers, una cadena de cuerpos empieza a formarse y la representación sugiere esta posibilidad alquímica de unión femenina y feminista: transformar las cadenas de opresión en cadenas de solidaridad. El fuego empieza a dispersarse y el orden de la marcha a establecerse: pancartas y carteles adelante, todxs lxs demás atrás. La caminata comienza a un paso agilizado por los aplausos, el bombo y los cantos que se suceden unos a otros durante el trayecto: “tocan a una, tocan a todas”; “mujer escucha únete a la lucha”, “ni una mujer menos, ni una muerta más”, “la lucha feminista por américa latina”, “este sistema es opresor y patriarcal”, “muerte al falocentrismo sindical”, “somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”. Aullidos. Se canta hacia afuera pero también se canta juntas y esto no es nada secundario. Tampoco lo es lo que se siente al gritar “tocan a una” y escuchar los cientos de “tocan a todas”. Una hermandad bastante poderosa radica en esto que parece una consigna más. El dolor hace temblar el estómago y las rodillas pero cantamos, o aplaudimos, o estamos ahí, como podemos, mujeres, hombres, niños. De a poco guantes violetas empiezan a esparcirse por lxs manifestantes y sus puños en alto. La marcha llega al destino anunciado pero sigue un poco más; ojalá esto nos pase como movimiento pienso. Y ojalá que no dejemos que nos transformen el amor en odio.  

Al llegar se arma un nuevo círculo y se da la palabra a una militante que habla de feminismo y de salud mental, tiene unos 50 años y la marca de muchas tristezas en la cara. Luego una activista de 16, nos pregunta cómo reaccionar a la cercanía de la tragedia anunciada, otro asesinato, esta vez vecino. Se invita entonces a leer la proclama que fue repartida insistentemente a lo largo de la marcha y ahora vemos para qué: leemos en colectivo, organizando las voces, haciendo el esfuerzo de coordinarlas en la polifonía de nuestros cuerpos y nuestras vidas. Hablando mientras escuchamos esa voz nuestra y otra juntas, le ponemos cuerpo a un texto que escribimos o que quizás leemos por primera vez, coincidiendo plena o parcialmente. Quizás no coincidiendo. Como fin una especie de caracol de manos y cuerpos en una danza ritual.

La mujer suele aparecer en el espacio  y en el imaginario público como víctima o como bruja (desde antes de la que mordió la manzana). Estas dos figuras presionan en la experiencia que esta marcha produce, sea desde la calle o desde los medios. Somos sin embargo personas en lucha y movidas por la pregunta: ¿cómo unirnos en colectivo sintiéndonos luchadoras? ¿Cómo unirnos sin organizar nuestra identidad en torno a la categoría de víctimas? O de madres? O de suaves doncellas traicionadas? ¿Como pasar de víctimas a afectadas? ¿Cómo no ahogar a los procesos de transformación subjetiva durante la lucha contra un sistema que exige para “ganar” el uso de la violencia, el ejercicio del poder?

En estas preguntas vive un desafío enorme para un movimiento como el Ni Una Menos y si hay que recurrir a hechizos quizás lo hagamos. En estas preguntas también radica quizás el miedo que suscita el feminismo: el miedo a que queramos limitar las libertades, miedo a que seamos brujas de verdad y convirtamos en sapos a todos, miedo a la pérdida de privilegios, miedo a que esta guerra termine simplemente en un cambio de bandos que reproduzca las mismas fórmulas opresivas pero al revés, que abra una zanja irreparable en un suelo ya demasiado quebrado.    

“No queremos gestionar el infierno” decía hace poco Raquel Gutiérrez en una entrevista sobre feminismo y pienso que no adhiero a un feminismo que desea un machismo pero al contrario, y que también todo sujeto en lucha está permeado por el sistema o enemigo al que combate y que con grados diferentes siempre habrá colonizado alguna parte de su ser. Por eso cuando gritamos “mujer escucha” nos gritamos hacia afuera y hacia adentro, les gritamos a las mujeres que viven en los hombres, a las indiferentes y las que se creen salvadas, gritamos como un deseo de otros futuros que sin embargo no pueden sino imaginarse informados por el pasado y el presente. Y en este presente somos afectadas pero construir nuestra identidad como víctimas no puede llevarnos lejos. Es por eso que si nos matan en las casas vamos a las calles, si nos matan en privado nos manifestamos en público, si lo político es personal lo personal es político, y si lo público está colonizado por el patriarcado intentaremos interrumpir en su orden, para primero desordenar y luego dispersar el poder. Y es tiempo de empezar a imaginar qué podemos por aquello de que “sin idea sustancial de lo que sería una victoria, sólo podemos ser vencidos” (C.I)

Leer juntas, caminar juntxs, entender que esta lucha es de todxs y nos necesita unidas, alzar los puños y darnos la mano, convertir el dolor en rabia y la rabia en lucha, convertir el amor (el que quede) en más amor, construir a partir de la fuerza que da aceptar la propia vulnerabilidad, apoyarnos mutuamente. La lucha feminista es desde los cuerpos y los afectos y es la marea que moja ahora a América latina. Y es quizás su humedad la que puede dar vida al suelo de tantas otras luchas.


CI = comité invisible




martes, 23 de mayo de 2017

viernes, 12 de mayo de 2017

Mezcladora de cuerpos sobre FIDCU 2017






Disponible en:
 <https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/5/culmino-el-sexto-festival-internacional-de-danza-contemporanea-del-uruguay/>.

TEXCO COMPLETO PRE EDICIÓN

Mezcladora de cuerpos

En un festival pasan cosas pero también él hace que le pasen cosas a la ciudad, al público, al teatro. Por la personalidad social y de cuerpo suelto de su público y sus artistas, un festival de danza contemporánea llena las plateas de conversaciones y risas, llena la ropería del teatro de bultos que no caben en el locker; mochilas, bolsas, bolsitas; llena los pasillos de olor a óleo 31 (la droga de los bailarines); hace que la gente viaje y vuelva a casa tarde aunque madrugue porque es martes; que artistas se encuentren; que salas e institutos sean habitados por gente que estira en los rincones y camina portando alta consciencia postural.

La sexta edición del FIDCU - dirigido por Paula Giuria y presentado en (link a nota previa) “es enorme” como me dijo un amigo al agarrar el catálogo y como se evidencia al repasar la cantidad de imágenes, emociones, pensamientos y sensaciones que se movieron en esta semana de festival. Además de una oferta de actividades que pone nerviosa a cualquier agenda más o menos apretada, El FIDCU es la pesadilla del espectador antisocial y el paraíso de quien piensa y disfruta del ir al teatro como una experiencia de encuentro y ritual compartido.

A diferencia de otros años donde la línea curatorial era más homogénea, la programación de este FIDCU no sólo varió en cuanto a las trayectorias - vimos en él desde estrellas consagradas como Vera Mantero hasta primeras obras de coreógrafas como la de Julieta Malaneschii, adolescentes de Rocha y Maldonado, artistas internacionales emergentes, performers, músicos e inventores en escena -, sino también en cuanto a estéticas y lenguajes. Se encontraron en sus salas y obras, estéticas experimentales, archivos de la historia de la danza, propuestas altamente teatrales, expresionistas, minimalistas, ficcionales, improvisadas, plásticamente cuidadas, en proceso y consagradas, obras nuevas o modificadas, trabajos frutos de encuentros y colaboraciones remotas, preguntas en formas de obra y obras envueltas en palabras y textos.

Ante esta variedad y reuniendo a muchos espectadores que circulan y comentan obras que van viendo entre sí, un festival implica inevitablemente la formación de consensos y tendencias, de conversaciones y rumores que van instalando la percepción de que “esta obra si” y “esa otra ni ahí”, de que “me rompió la cabeza” o que “le falta”. Este rol o hábito aparece en toda comunidad de espectadores y aunque que se adecúa a lógicas curatoriales y de identificación de tendencias, también permea la experiencia de los espectadores que vivencian las obras más o menos afectados por el modo en que éstas afectan a quienes los rodean. El dispositivo teatral se muestra así como una especie de maqueta de lo social y su modo de producir comunidad, comunidades, consumos, círculos de distinción.

Este FIDCU sin embargo puso en su menú a obras difíciles de clasificar o a las que responder, obras donde el “me gusta” no se aplica o no es suficiente, donde es difícil construir consensos o donde los consensos existentes se tambalean. Obras que abrieron el disenso y la perplejidad; lindos estados para habitar ante un fenómeno artístico. Las obras que logran esto satisfacen menos al espectador de hinchada pero tienen la potencia de confrontar a los espectadores con su propia experiencia - en individual y en colectivo -, que si se escucha sin tanto temor a no encajar en la opinión de moda o sin tanta urgencia de “entender”, habla, baila y nos hace bailar. Un festival es también un formador de sensibilidades compartidas y por eso las relaciones y colectivos que se activan en él son tan importantes y pueden engendrar desde hospitalidad y crítica constructiva, hasta antagonismo y competencia entre obras y artistas. Esto hace del encuentro un acontecimiento que también es político.

La apuesta política de este año involucró al igual que el año pasado (cuando se realizó una jornada en el Museo Blanes) el descentramiento de la ciudad, esta vez con rumbo oeste, proponiendo un domingo de convivencia en el Cerro, donde además de las obras presentadas en el Teatro Florencio Sánchez, se compartió almuerzo, caminata, visita al memorial y cruce de charlas y experiencias sobre la política, la danza y las dictaduras de los diferentes países de donde venían los asistentes. Aparecieron así tantos desaparecidos, nombres y temas.   

Cocktail coreográfico
Como después de un estado de ebriedad la resaca es una bruma desde la que se recuerdan únicamente los momentos más impactantes de lo vivido, el FIDCU cual sobredosis de danza, deja al terminarse un archivo inevitablemente selectivo y subjetivo de lo que pasó, el registro de los subidones de una programación extensa.

En ese sentido mi recorrido empieza por la penúltima obra del festival, “Olympia” en la que Vera Mantero realiza con pocos recursos usados con extrema delicadeza, una obra bellísima y llena de humor, un estudio gestual y pictórico que dialogando con Manet y la “Asfixiante cultura” de Jean Dubuffet, propone un solo femenino que desde lo concreto levanta infinitas imágenes y momentos. Una mujer tendida sobre una cama, leyendo, sobre fondo negro, recortada. Mantero existe en un círculo de luz que hace desaparecer todo su entorno y que pone arriba de la cama una coreografía hecha por un cuerpo que domina con precisión sus tensiones e intenciones sin grandes despliegues espaciales, una coreografía intensiva más que extensiva, una coreografía de tonus muscular bajo que sin embargo nos lleva a lo alto de la belleza estética, esa que Barthes asociaba al punctum, una coreografía basada en un cuerpo que posa y sus micro momentos, en todo lo que no cabe en la imágen, en todo lo que sucede entre el cuerpo y sus posibilidades de retrato con el foco puesto en el durante.

Otra de las obras potentes fue la presentada por la compañía Chroma Teatro (España) que con sus mujeres fuertes y encendidas, prendidas a la barra de no ballet ofrecieron en “Sapucay” una inmersión física y ambiental en un mundo simbólico y material abyecto, en una sexualidad hirviente y directa que desdibujando los límites entre lo masculinizado y lo femenino no estereotípicamente femenino, nos confrontó con cuerpos que gritaban estados y desbordaban erotismo y violencia. “¡¡Está caliente la indiada!!” Escenario chico e infierno grande, danza costumbrista, Sapucay es una comedia negra y expresionista sobre un espacio no identificado pero con infinitas marcas identificables.

Por su parte, “Gag” del colectivo brasilero-español Qualquer y la creación e interpretación de Luciana Chieregati presentó una mujer en escena, o un cuerpo intentando decir, o un cuerpo que se mueve para no decir, o una bailarina en problemas, o la afasia de la palabra sorda, o la multiplicidad de un único cuerpo, o la maleabilidad del gesto, o la intersección entre palabra y danza, o la presencia de un cuerpo- amplificador en el centro del escenario, o la violencia siendo vecina del humor, o el humor que se basa en la opresión del cuerpo, o la música brasilera, o el romance ridiculizado, o lo ridículo del ridículo, o lo serio del ridículo, o tomarnos el primer avión con destino a la felicidad. La consideración de demasiadas posibilidades y un solo cuerpo en un trance intraducible y grotescamente conmovedor.

En los bordes de la danza, la obra del portugués Joao Dos Santos Martins compartió con otras como “Barco Dance Collection” (Machado), “Videoclip” (Conde y Leite)  u “Overstatement” (Ketilsdóttir) una reflexión sobre el propio medio dancístico, la figura del bailarín, sus historias y sus posibilidades. Esta obsesión de pensarse a sí misma que la danza contemporánea comparte con otros lenguajes y perspectivas homónimas, da a veces lugar a propuestas un tanto herméticas o al menos endogámicas respecto a las lógicas del campo artístico, y en otras ocasiones interesantes miradas donde el medio es explorado performativamente creando configuraciones escénicas que alcanzan también a los no entendidos. Fue ese el caso de “Proyecto Continuado” que de larga duración, hizo un recorrido por la historia de la danza espectáculo occidental empezando por Isadora Duncan, su técnica del plexo solar y su abordaje espiritualista, llegando a la danza conceptual, el contact, Jane fonda y el entusiasmo, la búsqueda de autonomía, los clichés de la danza, la sensualidad no siempre asumida de su práctica (y no sólo de su presentación), la belleza de la técnica, el “fin de..”,  la deconstrucción de la forma y de la danza por parte de la propia danza. El elenco de esta obra nos paseó por diferentes paradigmas dancísticos y momentos de la historia del arte y sus filosofías, buscando reconectar con un pasado para continuarlo, para ser continuados por él, para pensar en el rol de los cuerpos en el devenir de la historia. “Si indagamos en el verdadero origen de la danza, si vamos a la naturaleza, encontraremos que la danza del futuro es la danza del pasado, la danza de la eternidad, y ha sido y siempre será la misma.” escribía Isadora Duncan* - y citaba Martins.

Otro de los recuerdos del festival que sigue latiendo es el de “Hormigonera” - Del Pino, Rodríguez Tricot, Rossi Giordano, Ruétalo Luccini y Skrycky - , investigación que inauguró el FIDCU y que presentada como proceso resultó una obra hipnótica en la que sus creadores están presentes con la función de mover objetos, activar dispositivos y dejarlos hablar. La poética de la prueba, la concepción del coreógrafo como “inventor” que mezcla creatividad, ingeniería y espíritu gambiarra para mover el mundo, el estudio físico y material del universo objetual subjetivo que nos rodea, la creación de submundos dentro de él, el tratar al objeto como a un camarada, compartir la belleza de las cosas simples, compartir recetas de cosas complejas. De esto iba “Hormigonera” que sigue en proceso durante los próximos meses y estrena en el Cerro. Además de un experimento simple bicromo, esta fue la primer obra en que escuché a los artistas hablar durante la charla posterior de ideología de la pieza, y no era creada por bailarines. Estos artistas con conocimiento técnico y experiencia profesional en ese rol, cuentan con sus herramientas y además con una formación basada en la observación de decenas de procesos, de cientos de modos de trabajar de los artistas para los que operaron, con la familiaridad de decenas de elementos y materiales que piden y dan cosas diferentes. Por otra parte, con su estética austera en simbolismo y representación, con su investigación de la calidad de movimientos y de pesos, “Hormigonera” quizás no esté tan lejos de entusiastas de la historia de la danza como Loie Fuller y sus intentos de dar luz e imagen a enormes grandes telas-vestuario en movimiento, o los descubrimientos que en términos de volumen y masa debe haber hecho Doris Humphrey con su propio cuerpo a través de la técnica que denominó “fall and recovery” (caída y recuperación).

Mucha más danza sucedió este FIDCU; mucha obra con parlantes en escena, mucho ruido de animal, mucho hombre y mujer tornándose o siendo, una compañía formada por muchos coreógrafos y un solo bailarín, danzas que jamás podrían ser descritas salvo recurriendo a acontecimientos anatómicos, mucha obras que te hacían respirar con ellas, el pensamiento del cuerpo, el cuerpo como pista o como huella, el cuerpo como marca, cuerpos tirando del centro del cuerpo al centro del cuerpo, enigmas y ofrendas, declaraciones y extinciones, telepatía y superhéroes, investigaciones del ritual y sus formas, abstracciones, miel con cúrcuma, extranjeros encantados con cuanto porro hay en la vuelta, pogos de cuerpos sin cara, la lenta llegada del frío montevideano en otoño, muestra de procesos y procesos de muestra, lobby, desencuentros, reencuentros no esperados y esperados, planes a futuro, deseos descubiertos, pensamiento del cuerpo, de las articulaciones, de los músculos, de la piel, de los tendones, de la borrachera del baile final y sus consecuencias cognitivas y afectivas.  

Artistas, personas, preguntas, relaciones, etc
De los encuentros y obras sucedidos se deduce que hay muchos artistas haciéndose preguntas potentes no sólo sobre sus propias prácticas, sus políticas, sus modos de sustentabilidad, etc, sino también en torno al mundo, al futuro, al fracaso, a lo imposible, a cómo bailar lo impensable pero también cómo pensar en qué coreografías queremos o no (re)producir en nuestro arte y vida.

Tal como llovió en una de las “tormentas temáticas” - charlas organizadas en torno a temas específicos - la danza tiene un aspecto ritual y comunitario que si resulta claro y potente para quienes la experimentan, no siempre es fácil de comunicar o compartir con quienes son llamados a desempeñar el rol de “espectadores”: ¿cuán posible de dislocar es eso?. Seguir experimentando con la creación escénica o por el contrario socializar y democratizar esas herramientas se plantean como alternativas que quizás no son excluyentes, al igual que no lo son forma y experiencia en el ritual, o lo explicable y lo inexplicable de la experiencia estética, o el trabajo colaborativo y el trabajo de calidad en un festival como este.  

El FIDCU provee el contexto para que encuentros y redes se tejan entre artistas de Uruguay y de diferentes países. Y el arte, a diferencia de otros espacios ya totalmente neoliberalizados donde resulta impensable cualquier percurso que no sea individual y competitivo, sigue insistiendo con el trabajo en red, en colectivo, en la pregunta por la comunidad, en dinamitar en una semana el dinero que casi ningún artista podrá llegar a tener para desarrollar el proyecto de sus sueños. Y quizás eso está bien. Y quizás no exista (aún) tal proyecto de los sueños.

La danza puede ser de cuerpos disciplinados y coordinados, de cuerpos coordinados en gozo, de cuerpos que son movidos, de cuerpos sin órganos o buceando otros tiempos. El cuerpo de la danza contemporánea se aleja de la formalización y de la identificación, y su caos, cuando es recibido con paciencia, tiene cosas que decir, que ofrecer y que compartir.
Como se dijo en “Proyecto continuado” mientras un grupo de bailarines se movían anárquicamente en el espacio conviviendo entre sí heterogéneamente: quizás la democracia se parezca más a esto que a una señora vestida de azul, rojo y blanco con flores en la cabeza.

Sin duda la danza contemporánea ha avanzado, mejorado, se perfeccionó, ganó públicos, se insertó en un mapa de políticas culturales, se entendió mejor a sí misma, ingresó en instituciones educativas formales, se multiplicó en procesos socioeducativos informales y parece acercarse al punto de regresar al ¿para qué? Y el para qué punza como pregunta. Y en tiempos de post-relatos y escepticismos no parece probable un revival del intento de reconexión con lo sagrado, la búsqueda de una verdad estética. ¿Con qué busca conectar entonces la danza contemporánea? ¿y con quién?. Quizás su aspecto micro-comunitario tenga no solo puntos en contra - sino veamos lo que las culturas “masivas” tienen para ofrecer - y señala más bien que hay un aspecto afectivo, emocional, espiritual involucrado entre quienes se enganchan a ella como a la pasta base. Traducir al momento contemporáneo preguntas planteadas por danzas del pasado puede ayudar a engordar de historia a un futuro que luce magro en términos de utopías, sueños, experiencias transformadoras y cambios radicales. “Pero la danza del futuro tendrá que volver a ser un arte altamente religioso, como era entre los griegos. Porque el arte que no es religioso no es arte, es pura mercadería.”, decía Isadora*, y quizás estaba equivocada cuando en 1903 avizoraba este futuro sacro para la danza. Hoy la posmodernidad como lógica cultural del capitalismo tardío o del neoliberalismo logró desmitificar al cuerpo pero en ese mismo movimiento quizás acabó por fetichizarlo, por aislarlo, por volverlo cosa mientras intentaba liberarlo de las estructuras del sujeto. ¿Cómo sería recuperar la creencia y la experiencia del cuerpo pero ya no buscando a dios o al reino de lo anatómico-biológico como respuesta sino devolviendo el cuerpo al terreno embarrado de lo que podemos hacer juntos? Quizás este sea un desafío crucial en el que puede colaborar hoy el arte de hacer danzas.

*La danza del futuro. Isadora Duncan (1903) tomado de El arte de la danza y otros escritos, de Isadora Duncan.Editorial Akal.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Nunca antes, nunca más





 Disponible en: <https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/5/sexta-edicion-del-festival-internacional-de-danza-contemporanea/>. 

Texto completo:

Nunca antes, nunca más: festival contemporáneo de danza
Sobre la Sexta edición del FIDCU. 3 a 10 de mayo en varias salas.  

Hoy a las 17hs en el Auditorio Adela Reta el Festival Internacional de Danza Contemporánea lanza con brindis y dj su sexta edición que va hasta el miércoles 10 en diferentes espacios de Montevideo. Bajo la dirección de Paula Giuria, la curaduría de Giuria junto a Vera Garat, la producción general de ellas y Catalina Lans, y la dirección técnica de Leticia Skrycky, Erica del Pino y Santiago Rodríguez Tricot, el festival muestra signos de maduración sin conservadurismo. El FIDCU es un lindo ejemplo de cómo algo puede institucionalizarse sin cerrarse y entablando siempre nuevas y diferentes claves de cooperación, colaboración y sustentabilidad.

No es frecuente pensar en un festival como una obra en sí misma, sin embargo, proyectos independientes y creativos como este hacen plausible la comparación. FIDCU es producido desde el aprovechamiento de recursos disponibles, la potenciación de fuerzas colectivas en colaboración, la estética hermanada con la gestión, una curiosidad en movimiento sobre los discursos y relatos curatoriales que se tejen al juntar ciertas obras en un lugar, un estudio sobre mediación y públicos, y una preocupación política y estética por acercar las formas exhibidas a sus procesos de producción. El festival es un “estado de encuentro”, una oferta inusualmente rica, diversa y concentrada de danza contemporánea, la posibilidad de formarse en sus talleres gratuitos o obras para artistas locales, la posibilidad para artistas internacionales de actuar y crear en Montevideo, y el fruto de una constante negociación entre redes autónomas, tendencias estéticas, exigencias del mercado y políticas culturales. Todo esto y un gran equipo (no en tamaño pero sí en calidad) da forma y sostiene al FIDCU.

A la hora de invitar a ver danza, la contemporánea no es de las más fáciles pero no por eso diga no. A veces valen la pena las curvas lentas de aprendizaje. En la última década, la DC se ha desmarcado de las formas identificadas como “danza” mientras intenta problematizar - en algunos casos para desecharla y en otros casos para redefinirla - el concepto de coreografía. Como han observado diversos artistas e investigadores los coreógrafos están experimentando con nuevos modelos de producción, formatos alternativos, han extendido la comprensión de coreografía social considerablemente y están movilizando fronteras innovadoras respecto a auto-organización, empoderamiento y autonomía. La coreografía se redefine a sí misma para incluir artistas y otros que usan estrategias coreográficas sin necesariamente relacionarlas a la danza y al mismo tiempo busca continuar incluyendo a coreógrafos involucrados en prácticas como situaciones de ingeniería, organización, coreografía social y movimiento así como expandirse hacia estrategias cinematográficas y de documentación, repensando la publicación, exhibición, muestra, mediatization, producción y post-producción (Hildebrandt 2013).Como señala Hildebrant, la coreografía está experimentando una verdadera revolución. Este diagnóstico ha sido asociado al “fin de la coreografía” pero quizás este aparente fin sea en cambio su futuro. En esta línea, en su sexta edición el FIDCU apela a formatos bastante clásicos de obras escénicas pero también a experimentos que juegan en el borde del campo y del palco; obras menos preocupadas por la inscripción disciplinar o rigor formal que por producir nuevos pensamientos, relaciones y experiencias. No es casual que la primer actividad del cronograma de FIDCU ponga en la Hugo Balzo a “Hormigonera”, creación colectiva de Del Pino, Rodríguez Tricot, Rossi Giordano, Ruétalo Luccini y Skrycky que se propone trabajar en los lenguajes de espacio, materia, luz y sonido y “dejar hablar a las cosas para ponernos en relación con el lugar que se dispone”. A través de prácticas intermediales y la relación con colaboradores e interlocutores, el proyecto es escénico pero también tiene forma de archivo que funciona como mapa de y para su hacer (hormigonera.uy)

Si hubiera que hacer un mapa de las líneas curatoriales de este FIDCU 2017 tal vez sobresaldrían: el énfasis en obras que exploran la historia de danzas y cuerpos; obras interesadas por modos de discursividad y enunciación y por la relación entre danza y lenguajes; exploraciones sobre prácticas rituales y colectivas; e investigaciones sobre y desde la materialidad del cuerpo y sus formas de presencia.

El futuro es la historia

La historia o “giro historiográfico” viene siendo un eje clave de la creación en DC que no sólo pasa por un período de obsesión con su propio pasado en tanto campo artístico, sino que se dio cuenta de su capacidad para crear herramientas potentes para revertir el lugar de subalternidad de los cuerpos y sensibilidades en los relatos hegemónicos sobre procesos históricos.
“Proyecto continuado” del portugués João dos Santos Martins citará desde la sala principal del Solis una pieza icónica del surgimiento de la DC para continuarla recurriendo a una “idea” de coreografía que la piensa como tecnología que verifica, activa y transforma las relaciones entre individuos. La creación se propone pensar y operar sobre la forma en cómo la coreografía y la danza establecen patrones ideológicos que reafirman o discuten los regímenes éticos y estéticos dominantes.
En diálogo con las ciencias biológicos “Extinto” es una co creación de las uruguayas Luciana Bindritsch y Carolina Silveira y se consume en un solo que danza sobre el “concepto de extinción como un proceso necesario para la evolución”, aceptando que el fin y el inicio pueden encontrarse en un mismo punto.
Desde Suecia y Portugal, Dinis Machado presenta “Paradigma”, un intento de escapar del antropocentrismo y las esencias culturales, explorando en un “folklore de bricolaje para cuerpos con identidades borrosas” y en los modos de construcción y funcionamiento del cuerpo trabajador que “produce símbolos abstractos con materiales concretos y una compleja ingeniería casera”.
Por su parte, los jóvenes creadores chilenos Paula Baeza Pailamilla y Kevin Magne proponen en “Primitiva” una reflexión coreográfica sobre “el pensamiento de los cuerpos originarios en nuestro territorio local y continental”, indagando en los procesos de memoria e identidad de los cuerpos mestizos sujetos a violencias históricas desde la colonización hasta el presente.  
En la línea histórica “Sapucay” de Chroma Teatro y dirigida por Juan Pablo Miranda (España), propone conectarnos con “los restos de lo que fuimos un día” a través de un grito de guerra que nace de la conexión entre carne y memoria y entre tres mujeres que sobreviven en paisajes ásperos, míticos, distópicos.

Discursos y formas de enunciación
Al igual que es raro pero necesario presentar obras escénicas y coreográficas a través de palabras (como ahora), algunas obras reflexionan por la vía performativa sobre la tensión que parece irresoluble entre formas de bailar, de decir, de significar, de pensar, de enunciar. Este complejo universo de modos de enunciación es tratado en obras como “Overstatement/ Oversteinunn: Expresiones de expectativas” en la que la islandesa Steinunn Ketilsdóttir investiga en el género de las declaraciones y manifiestos, cuestionando las expectativas levantadas por performance, performer y público. “Si pudiera hablar de esto no haría esto” de la española Janet Novás explora por su parte las relaciones entre lo existente, lo visible, lo que es sin ser nombrable y lo innombrable, lo verdadero, lo (im)perceptible, lo que nace y muere en un instante. “GAG” del colectivo Brasilero-español Qualquer es una pieza en la que Luciana Chieregati se pregunta qué se produce en la sobredosis de significados que interrumpen una lógica de relaciones de superposición entre el cuerpo y las palabras. Por su parte en “Olympia” y “Lo que podemos decir de Pierre” la consagrada portuguesa Vera Mantero investiga intersticios, superposiciones y contrastes entre su cuerpo en escena y los textos escritos y orales de Jean Dubuffet y Gilles Deleuze respectivamente, así como la pintura “Olympia” de Manet. En este bloque también podríamos situar la obra de Dinis Machado (Portugal-Suecia) que titulada “Barco Dance Collection” convierte al rol de director en el de curador y al de coreógrafo en bailarín que pide ser coreografiado componiendo un collage escénico en su propio cuerpo y a partir del deseo de ser atravesado y movido por obras no propias  

El ritual de lo imposible y la materialidad del cuerpo

La búsqueda de la comunidad y las tensiones entre la materialidad del cuerpo y sus relaciones con lo imposible o utópico también aparecen en varias de las obras programadas. Ejemplos de ello son el estreno de “Bordeando lo imposible”, creada por Florencia Martinelli junto a un colectivo de artistas en un proceso que comenzó durante sus estudios en España; “Caravana Sísmica” dirigida por Carolina Guerra y creada desde un colectivo ritual deseoso de resistencia, de estar juntos, de cruzar arte y vida y lo formal y lo visceral; “Episodio III: una obra adolescente para todo público” (proyecto que coordiné) que pone en escena el trabajo de adolescentes de Rocha y Maldonado sobre la improvisación de consignas imposibles, la telepatía, el error y las decisiones colectivas; y de “Enigmas como ofrendas para el pozo” dirigida por la joven Julieta Malaneschii junto a un grupo que se adentra en la incertidumbre haciendo de su nosotros una ofrenda.
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“Tangible” de Adriana Belbussi Figueroa, “Permitirse estar” de Natalia Faria y la dirección de Lucía Bidegain, indagan en la materialidad del cuerpo, en su carácter tangible, finito y frágil, en referencias pasadas y actuales que afectan al cuerpo y en la singularidad de vidas y muertes”. También de Uruguay se presenta la creación “Un ataque de caspa” de las artistas de la performance María Noel Langone y Mariana Picart que se anuncia como “pura realización del movimiento que transforma alquímicamente el dolor en juego de sentidos” y la obra “Videoclip” de la pareja de uruguayos transeúntes Magdalena Leite y Aníbal Conde que expondrán en forma escénica la investigación que vienen desarrollando hace algunos años sobre el videoclip como medio para la diseminación de prácticas coreográficas relacionadas a la formación de gustos estéticos generacionales que forman lo que podríamos llamar “cultura pop contemporánea”.
Si les da el aliento para todo esto, el FIDCU desafía qué puede un espectador e invita además a participar de las “Tormentas temáticas” - charlas que se realizarán en Entre e INAE - con el objetivo de generar un marco de discusión e intercambio en torno a temas centrales que se desprenden de obras e intereses de artistas participantes de ésta edición; un diálogo entre diseñadores y técnicos de artes escénicas; el ya clásico “Encuentro de Artistas ETC” que reunirá en GEN a profesionales que combinan la práctica artística con la docencia, la investigación, la producción, la gestión y la curaduría, y pasa por una y otra sin encontrar incompatibilidades ni buscar la especialización; las aperturas de las residencias co-gestionadas por el Programa Artistas en Residencia (PAR) y Plataforma VA: “Tierras” de Rebeca Medina, Carly Czach, Cecilia Lussheimer; “90 supercluster de Virgo” del Colectivo Micro de Argentina y  “Pepo, la mirada es de Otros” del uruguayo Marcelo Marascio.
La invitación está hecha para la danza, este lenguaje hermano del acontecimiento, de eso que no es hasta que sucede, y que una vez realizado no se repite (al menos no sin diferencia) nunca más. En tan solo un rato comienza la función y dura siete días.