viernes, 8 de mayo de 2015

La pose como estética. Sobre Strike de Juan Miguel Ibarlucea



En Strike 7 performers - Andrea Arobba, Cecilia Ivanier, Darío Lima, Pablo Muñoz, Laura Rodríguez, Eugenia Silveira y Juan Miguel Ibarlucea - investigan bajo la dirección de este último el universo coreográfico y musical del Vogue, de la moda, del glamour al ritmo de una música hecha para bailar, de la búsqueda de comunidades marginales por brillo, fama y glamour.
La creación se inspira e indaga en ciertas prácticas dancísticas relacionadas al Vogue, a su vez retratadas en las dos fuentes que orientaron el proceso: el cortometraje Voguing the message (Bronstein, Low, Walworth, 1989) y el largometraje Paris is Burning (Jennie Livingston, 1990). Ambos films documentan los orígenes y fundamentos de esta danza que consiste en una competencia entre bailarines que caminan y posan como si estuvieran siendo fotografiados para la famosa revista Vogue. El Vogue surge en Nueva York en los años 80s como una manifestación de las comunidades afroamericanas, latina, gay y transexual y está atravesada por cuestiones de raza, clase, género y sexualidad en la América de esos años. Danza social que también funciona como danza de competencia, el Vogue coreografía la búsqueda de identidad y de reconocimiento, de destaque y seducción, de emulación de aquello que se quiere ser o parecer. Si la elegancia, la sensualidad y la belleza son coordenadas relevantes para este tipo de danza, también lo es el concepto de “realness” - que en la jerga de la cultura gay y transexual significa parecerse lo máximo posible al modelo hetero de referencia - que nos informa de una de las claves del estilo.
Strike de Juan Miguel Ibarlucea no se relaciona con las dinámicas de emulación - transgenéricas e interclasistas, o en los factores de clase y las tensiones de género subyacentes al ambiente y a las referencias en las que se inspira, sino que se concentra en la dimensión coreográfica y espectacular del vogue y de prácticas relacionadas como el “headbanging” o “bate cabelo”.
De la apariencia deseable al aparecer del deseo: Strike juega con el pasaje del estatismo exhibicionista de la pose a la fluidez de una coreografía irreverente (no obstante bastante controlada en la obra), que conserva cierta cualidad de seducción sensual-sexual para luego extrapolarse y transformarse en otras cualidades. La tensión entre la fidelidad a la técnica citada y su combinación y contaminación con otros elementos, es el juego que propone Strike, que comienza con un desfile o exposición de los cuerpos para mostrarnos con el transcurrir del tiempo el modo en que la pose construye imágenes que van siendo modificadas y modificando a los cuerpos que las ocupan.
Los cuerpos de Strike performan el narcisismo como modo de relación, o mejor dicho como impedimento de la relación. Entre los 7 intérpretes ésta se presenta en forma de unísono, agregación o competencia y es protagonizada por cuerpos demasiado enfrascados en sí mismos, o en la imagen que producen ante el espectador. Retirado de su contexto socio-político, el Vogue se vuelve mera pose y estudio coreográfico-rítmico y en esa operación la obra pierde fuerza, neutraliza la tensión política para quedarse únicamente con la forma. La pose puede ser empoderamiento o puede tornarse prisión y en la medida en la que no hay comunidad que la contenga, la pose habla de una radical soledad y de la imposibilidad de estar junto al otro, de exponerse (que no es igual a exhibirse).
Si como anuncia su texto de presentación, hay lucha en Strike, ésta consiste sobre todo en un embate con el sí mismo y con la exigencia de estar acompasado con un ritmo exterior - el de la música y el de las expectativas y deseos del observador - que cobra cuerpos.
Strike es también un guiño a la canción de Madonna - llamada precisamente “Vogue” - que inicia con la frase “strike a pose”. Se alude de esa forma a un sujeto de culto de la comunidad practicante del Vogue (y la comunidad gay en general). En consonancia con el ánimo de esta referencia musical, Strike es también un llamado a empoderarse del cuerpo, a no tener vergüenza, a moverse con el ritmo de la música o del deseo, a dejarse mover sin limitaciones sociales o morales auto o alter impuestas.
Si narcisismo y hedonismo son dos ingredientes en la receta que compone a Strike, es muy sutil o casi imperceptible el borde que separa en esta creación a lo placentero de lo doloroso en la búsqueda de la imagen deseada. En este casi, se abre la posibilidad de una crítica pero también la de una reproducción sin distancia de esta manifestación nacida hace 30 años en EEUU.
Entre la pose como actitud de empoderamiento y la pose como actitud que acaba por someter al cuerpo al servicio de la imagen buscada, Strike nos expone al contagio empático de 7 cuerpos dejándose llevar por beat pegadizo de esta música a cargo de DJ Tinitus. La metakinesis es una invitación casi irrechazable para las rodillas que empiezan a marcar ritmo entre las butacas, o para la respiración que se sorprende al percibirse coordinada con la de los bailarines. Esta empatía de los cuerpos coordinados no es exclusiva del Vogue, sino un recurso recurrente en danzas con fuerte base rítmica, apelo comunitario, buen marketing o promotoras de la adhesión una causa común (como lo demuestran desde los coros en movimiento hasta la publicidad o los flashmobs organizados durante la campaña política electoral).
Strike es un estudio formal del Vogue desde estos cuerpos contemporáneos – y también blancos y de clase media -, cuerpos entrenados y virtuosos tanto en la ejecución del movimiento controlado como en la expertise del descontrol. La opción es por la investigación coreográfica más que por los aspectos socio-económicos, culturales o raciales que integran la violencia presente tras la pose. Hacia el final la respiración - dato vital hasta entonces escondido tras el protagonismo de una música de alto volumen e impacto- se deja escuchar y percibimos de esa forma un cansancio opaco hasta el momento, un ritmo acelerado ya no desde las bandejas del dj sino desde cuerpos con límites y que nos ofrecen por un momento fugaz y concluyente la vulnerabilidad de exponerlos.

* Se presentó en la sala Zavala Muniz, Teatro Solis el 2 y 3 de mayo 2015. 


Publicada en la diaria el 8 de mayo de 2015





martes, 5 de mayo de 2015

El Monstruo fuera de campo. Sobre Retrato de un monstruo de Hernández Holz - Marchand / Lupita Pulpo




Retrato de un Monstruo es la última creación de Lupita Pulpo - compañía dirigida por la uruguaya Ayara Hernández Holz y el alemán Felix Marchand - en colaboración con los artistas Miguel Jaime, Paula Giuria, Leticia Skrycky, Erika Del Pino, Manuel Rilla,  Fabrizio Rossi, Lucía Yañez y los fotógrafos invitados Martín Batallés/Gabriela Costoya y Karin Porley von Berger.


La investigación tiene la particularidad de seguir en proceso aún durante el estreno de su edición 0, que inaugura la sexta edición del Ciclo Montevideo Danza cuya curaduría es de Tamara Cubas. Otra de sus singularidades es desarrollarse tanto en el lenguaje escénico como en el audiovisual, produciendo y traduciendo la exploración sobre la monstruosidad y sus posibles retratos a ambos planos compositivos. Referencias del proyecto son compartidas a través de un blog homónimo, en el que a lo largo de un año fueron posteados videos, imágenes y textos relacionados.  


La imagen es metodológica y dramaturgicamente central en esta obra que toma cierta lógica de sesión fotográfica; una en la que los encuadres conviven por una relación de secuencialidad y serie más que de narratividad o concepto. Muchos retratos de un monstruo o el retrato de muchos monstruos, compuestos en un nivel más plano - probable contaminación de las experiencias de investigación fotográfica - que tridimensional, organizando desde allí el tiempo-espacio real de la escena.


El proyecto da lugar a una serie de imágenes y cuerpos - a veces abstractos y a veces caricaturescos - que conviven sin relación evidente entre sí. Retrato… aborda de modo fractal los diferentes encuadres para un objeto en sí escurridizo ante el lenguaje y la fijación: la monstruosidad.


La monstruosidad siempre implica una cierta incompletitud, un cierto espacio opaco que no termina de revelarse porque en esa exposición se disiparía el carácter de desconocimiento que subyace al temor y negatividad asociadas a su aparición. Lo monstruoso es un adjetivo pero es también un efecto en quien lo percibe: lo monstruoso no es claro y distinto sino ambiguo y ominoso, ininteligible, desviado, anómico y por ende impredecible. La obra busca en el borde del concepto, testeando posibles configuraciones visuales y kinéticas sin retirar en ningún momento la presencia del encuadre - coherente con la visión de retrato aunque cabe preguntarnos ¿cuánto dejarnos afectar por el título? - y por ende distanciandose de una llevada-a-las-últimas-consecuencias de lo que la monstruosidad podría producir en los cuerpos.


Como todo retrato, el del monstruo se construye desde la mirada de quien percibe al retratado, lo que en esta obra cobra mayor complejidad por confluir en los mismos cuerpos sujeto, objeto y signo; autores, monstruo, retrato.  


No es posible pensar la monstruosidad sin un consenso (aunque sea precario) o proyección (aunque sea implícita) sobre lo que significa la normalidad y cómo ésta se comporta. Por esto una obra sobre lo monstruoso es una obra sobre la relación con un otro que nosotros no somos, con la radicalización de la otredad hasta un punto en que la identificación deja de ser un parámetro posible de relación y cognición. El monstruo tantea el límite de la representación porque es aquello que no se puede terminar de presentar; cuya motivación o próximo accionar siempre en parte desconocemos, que es inaccesible en términos de empatía.


En este sentido la obra no logra deshacerse de la humanidad cuya mano dibuja el retrato: lo monstruoso es representado o caricaturizado pero no toma cuerpo, no toma estado o no deja al estado del monstruo aparecer. Se traduce en imágenes que están cortadas con la tijera angulosa del raciocinio y de una semiosis construida a partir ingredientes de inteligibilidad que presuponen el efecto de las imágenes creadas en el espectador. Esta manipulación plástica produce una poética sutil y por momentos muy potente; una poética sobre lo monstruoso sin ser una poética monstruosa.  


En una de las referencias del blog se reflexiona política y filosóficamente sobre la relación con aquello que no entendemos, sobre lo opaco como condición de posibilidad y no como elemento excluyente de posibles encuentros. Retrato… tensa los límites entre realidad y ficción como nichos estancos de aparecimiento de lo monstruoso. Construyendo y destruyendo sus posibles diferencias e indiferenciaciones y proponiendo una ficción organizada sobre elementos poco sofisticados en términos de artificio: casi todo está “a la vista” y en esa simplicidad se abre un universo de complejidad sobre lo que nuestra mirada puede producir y traducir.


Por tratarse de ese otro, la relación con el monstruo es política y la obra levanta imaginarios sobre las formas que activan su identificación y las que tienden a su exclusión, sobre aquellas que niegan la posibilidad de relación con ese otro radicalmente diferente. En este sentido es una reflexión visual sobre la monstruosidad como siempre organizada desde un punto de vista - el de los directores y los espectadores-, construido personal, cultural, histórica e intersubjetivamente.


El monstruo y su cuerpo imaginario, imaginando, imaginado


Retrato de un monstruo es el título para una imagen que no termina de fijarse, para un complejo universo escenográfico que afecta muy poco a los cuerpos y viceversa. Hay en cuerpos y ambiente una relación de contigüidad - parecida a la del rostro y la máscara - que acaba por recortar la acción del espacio de su acontecimiento proponiéndonos fugaces superposiciones que la encuadran sin terminar de afectarse mutuamente. El mundo sonoro de la obra está más coordinado con la monstruosidad que aparece representada y en mutación en los cuerpos de Hernández, Marchand y Jaime.


Las poéticas de la obra confluyen hacia esta búsqueda de opacidad, pareidolia, ambigüedad, ficción, autoficción, con-vivencia (que no es lo mismo que convergencia). De esta forma la obra preserva un espacio irreductible de diferencia que señala la imposibilidad fáctica y la negativa filosófica de intentar reducir la heterogeneidad existente entre lenguajes, lógicas, cuerpos.


3 seres y la hipótesis de un cuarto - sugerida por unos pies que sobresalen de dentro de uno de los volúmenes del espacio. La convivencia sin relación directa y la temporalidad espaciosa de la obra deja mucho espacio para que el espectador construya sus propias conexiones. Los 3 cuerpos son deformes o desviados en sus singularidades, son exiliados del universo de la comunicación y de la previsibilidad.


La palabra monstruo tiene una relación etimológica con “demostrar” y cada uno a su modo, los 3 monstruos entablan y exhiben una relación diferente con el espacio y con el público.
La rostridad es un plano de composición para el retrato: sea por su borramiento, por su sustitución artificial (la máscara) o por su alternancia, que nos confronta con la desestabilización del reconocimiento. La relación sin rostro es el afuera de la relación humana, un afuera constitutivo y constituido transitoriamente, elaborado y reproducido intersubjetivamente. La obra busca este afuera y por momentos logra escapaditas a la identificación como único camino para la relación con el otro.


Retrato de un monstruo no exhibe descontrol pero si extrañamiento, una estética de dobles o nulas rostridades, modos de recorrer el espacio que dislocan el bipedismo y des-jerarquizan la mirada, lo que nos pone en contacto con el hábito de buscarla, de anhelar el atajo de la identificación.


Desplazamientos rasantes o hiper articulados, cuerpos luchando contra la frontalidad aplanadora de la identidad o aprovechándose de ella. El cuerpo al servicio de una ficción nos invita a hipotetizar sobre posibles pasados, relaciones o futuras mutaciones, exigiendonos desapego respecto a las imágenes que aparecen y evanescen sobre cada nuevo “tema”.


En la interfaz que media entre imagen y experiencia los cuerpos-monstruos de la obra organizan su tensión dramatúrgica en torno a tres verbos: ser, tener, inventar un cuerpo.
En un momento de la coreografía mayoritariamente desarticulada y divergente, los 3 cuerpos se encuentran en la gramática común del deseo - representado a través de una gestualidad explícita y literalmente sexual -: primero estimulada por la sensualidad de los objetos y luego por la objetualización sexual de los cuerpos en una lógica de sustitución del objeto de goce o de su búsqueda indiferenciada. El erotismo coreografiado en esta escena, permuta cuerpos por objetos por cuerpos, deambulando en una cualidad urgente y precisa, humorística por momentos al parodiar las formas del goce humano en cuerpos polisémicos y poliamorosos.


Si en el inicio el monstruo es retratado en un juego de demostración y ocultamiento, de opacidad y espectralidad, en un segundo momento las características privilegiadas son las que nos cuentan sobre su relación obscena con la mesura del deseo, sobre un goce sin psicología, sobre el accionar sin intención. Sexo sin orgasmo, búsqueda sin satisfacción: la precisa coreografía del sexo indiferenciado culmina en un anticlimax que revelará ser tan sólo su postergación. Le sigue un silencio parecido al inaugural, que reinstala el inicio de un nuevo increscendo, esta vez hacia la secreción artificial de un humor que se vuelve cuerpo transformando la piel de uno de los monstruos en una superficie otra. Cintas de cassette que salen desde dentro del cuerpo hasta volverse piel de un cuerpo expandido, un cuerpo que pierde la forma humana mientras es opacado sonoramente por un sonido creciente. Mientras y fuera de nuestro campo visual la transmutación de los otros dos cuerpos tiene lugar.


Quizás un nuevo retrato comienza en este momento. La acción se disloca espacial y visualmente: se sitúa detrás de la máscara escenográfica y vemos acontecer un ritual humanizado en el que la energía contenida y expectante de la obra cobra una cualidad exaltada y vigorosa. La música y la acción construyen un ambiente cercano a lo social-humano que queda definitivamente desconectado de este mundo de formas angulosas y abstractas sobriamente habitado hasta el momento. Permanece la presencia inerte de su paisaje como antesala de un acontecimiento al que accedemos parcialmente: el de una especie de descontrol compartido y construido por los 3 cuerpos: una fiesta en su punto máximo, remixando pasos entre eufóricos y rabiosos, reconocibles de forma imprecisa en sus cualidades.


Un final abrupto emula la discontinuidad de un retrato o su corte seco en la línea de tiempo continuo. La percepción es invitada a digerir sin sobremesa: un montón de órganos sin cuerpo único al que responder. Organismo desarticulado, depravado, vagabundo - diría Deleuze sobre el cuerpo sin órganos - que extingue su presencia sin explicación ni (re)solución.


Con suerte futuras ediciones de esta creación que continuará podrán ser vistas en Montevideo, lo que puede interesar a quienes presenciaron su versión 0 y a quienes sin haber concurrido se interesen por esta indagación sobre cuerpo, imagen, ficción y la fricción entre uno y los monstruos.


La próxima obra del Ciclo será “Paraíso Páramo” de Mariana Marchesano y Patricia Mallarini el 26, 27 y 28 de mayo en la misma sala.


* Publicada en la diaria el 5 de mayo de 2015.



domingo, 21 de diciembre de 2014

Una danza es una danza sobre Dance Dance Dance de Anibal Conde y Magdalena Leite

Dance Dance Dance en el Ciclo de Danza Tractatus
20 de diciembre 2014







Es común y estamos acostumbrados a ver danza en el cine; más que un recurso intersemiótico, ésta ya forma parte de las posibilidades expresivas de los cuerpos-imágenes-tiempos de ese lenguaje desde sus inicios. Desde musicales, hasta clásicos y heterodoxos contemporáneos, diversas películas y directores han incluído escenas dancísticas en las que median decisiones propias del lenguaje audiovisual: cómo encuadrar estas escenas (el intraducible verbo frame); qué elementos expresivos y detalles son elegidos para traducir a los tiempos cinematográficos un acontecimiento vivo como el del cuerpo que baila; qué elementos de la danza mejor contribuyen a insertar dicha danza en el tejido narrativo y caracterizante de los personajes cinematográficos en cuestión, etc.

En Dance Dance Dance, Magdalena Leite y Anibal Conde - dos uruguayos radicados en México hace algunos años - indagan en una serie de encuentros entre ambos lenguajes artísticos, explorando no sólo en la(s) danza(s) en el cine, sino también en un enfoque menos común: el del cine en la danza.

No es casual éste propósito si tenemos en cuenta el encuentro de formaciones y saberes profesionales de ambos creadores (también pareja en la vida real) y adicionalmente el marco en el cual esta investigación fue producida, que según la página del proyecto se enfocó “solamente en el cuerpo en relación con el tiempo y el espacio, sin hacer uso de ningún otro medio como sonidos, objetos, textos y video”. ¿Cómo se archiva la danza? fue la pregunta que el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México lanzó al Colectivo AM del que los coreógrafos forman parte, y Dance Dance Dance una de las respuestas que ocuparon sus galerías durante algunos días del año 2013*. Danza, espectáculo y producción de conocimiento reunidas sin solución de discontinuidad.

Si la efimeridad de la danza y su captura por parte de la cámara son principios en tensión pero simultánea colaboración en el cine, nos encontramos que en el presente escénico y despojado de Dance Dance Dance - donde además de la totalidad de sus ropas los artistas prescinden inclusive de la música por momentos - esa relación es materia de disección, desencuadre y reformulación. ¿Qué queda de una escena cuando se abstraen los cuerpos en movimiento de los contextos diegéticos, poéticos, semánticos, semióticos en los que ellos se presentan? Y a la vez, ¿qué ha sido abducido de una coreografía una vez que ésta ha sido encuadrada, editada, inserta en el lenguaje cinematográfico donde la presencia de los cuerpos se traduce a pura imagen?

Si la coreografía es un arte experto en el manejo del tiempo y del espacio, el cine es aquel especializado en la perspectiva, plano de composición menos manipulable para la danza escénica, donde el ojo del espectador convive en el tiempo y espacio real con el del cuerpo que baila. Por ser simultáneamente un estudio sobre la danza en el cine y sobre en el cine en la danza, en esta obra es fundamental la cuestión del encuadre, diferente para la cámara que para el ojo co-presente con el cuerpo de quien danza.

La obra parece comenzar explicitando esta serie de operaciones: Leite en el micrófono y Conde en el espacio, ella describe una a una las perspectivas, poses y cuadros que el cuerpo adopta. La segmentación del movimiento y del cuerpo que provienen del tempo descriptivo y analítico de las palabras de Leite - “plano frontal, plano abierto, detalle de mano, detalle de pierna”, etc., - contrasta con la continua presencia del cuerpo de Conde que sin cortes de edición fílmica ni ocultamiento alguno, nos invita a hacer con la imaginación una serie de encuadres y concatenaciones que no están allí. Creo (y anoto mentalmente) que ésta es la primer pista de un código que nos ayudará a navegar a lo largo de toda la obra y que también forma parte del contrato espectatorial en el cine: completar lo que no está ahí. Secreto del encuadre: no considerar sólo lo que deja dentro, sino explorar modos de sugerir la existencia de lo que no lo está.

Y pensando en lo que no está, en Dance Dance Dance no hay vestuario - salvo la piel, unos lentes de sol, una media rosada - ni tampoco aparecen citadas las escenas de las que estas danzas se extraen. Desconocemos lo que antecede y sucede al núcleo coreográfico exhibido. No hay escenografía ni “corten!”. No hay artificio musical ni metáfora. No se trata de la abstracción del movimiento puro - recurso modernista explorado por aquellos motivados en la pregunta por el medio específico y singular de la danza en tanto lenguaje autónomo -, ni de la referencia directa a las escenas de origen, sino a una compleja maraña de signos que crean nuevas relaciones entre cuerpo, imagen, tiempo, espacio, lenguaje y no lenguaje.

Los cuerpos desnudos de ropa y de carne - ambos bailarines son extremadamente delgados lo que genera un efecto estético particular -, nos presentan, menú en mano, una carta de escenas coreográficas más o menos famosas según los gustos cinematográficos del espectador. El reconocimiento (o no) de estas escenas y la carga semiótica y emocional (o no) que ellas portan serán únicas para cada espectador, y es en ese plano compositivo que Dance Dance Dance opera. La memoria - la de los bailarines en el remake de estas danzas pero también la del público respecto a las obras citadas - es un medio de relación con la propuesta pero también la pregunta que le dio lugar a su creación.

¿Qué memoria de los cuerpos sobrevive en una imagen? ¿Qué imágenes sobreviven en la memoria de los cuerpos? El estudio gestual y cinético que Conde y Leite realizan, nos propone un juego de presencias y ausencias, y creo que más que un juego de traducción, Dance Dance Dance es la pregunta sobre cómo cine y danza - cada uno por su lado pero también comparativamente - experimentan y resisten a esa no dicotómica condición de posibilidad de sus enunciaciones y experiencias.

La materia prima coreográfica es extraída de películas de Gaspar Noé, Stanley Kubrick, David Lynch, Sam Mendes, François Ozon, Jean-Luc Godard (x 2), Quentin Tarantino, John Badha, James W. Horne, Adrian Lyne, Jared Hess, Ming-liang Tsai, Jergen Leth. La muestra de films que la obra comprende no es aleatoria pero tampoco científica: es una selección afectiva donde el interés coreográfico se tira unos pasos con el amor cinéfilo, y ambos se dan el permiso de marearse un poco.



Al final de la obra y ya vestidos, los artistas agradecen nuestra presencia (sin cortes) y nos comentan que las coreografías se pueden estudiar en tutoriales que están en el sitio web del proyecto. La memoria de la obra se expande entonces hacia una plataforma virtual donde podemos reaccesarla pero ya no a través de lo visto en escena, sino de las fuentes desde las que la obra fue creada y desde sus técnicas de composición que son compartidas bajo el lema implícito de “hazlo tu mismo”. Esta posibilidad de acceso a posteriori, expande la temporalidad de Dance Dance Dance y su momento de acontecimiento más allá de los 45 minutos de pieza escénica, invitándonos no sólo a revisitar las escenas fílmicas sino también a aprender a bailarlas. Éstos incluyen instrucciones sobre la emulación de las formas dancísticas, pero también sobre modos de apropiación de esas danzas (por ejemplo: “baila con la música muchas veces hasta que sientas que tu cuerpo se apropió de la escena y que la interpretas con tu propia manera de bailar”). Si por un lado esto democratiza la técnica y los “secretos” detrás de las danzas estudiadas, por otro arroja algunas pistas hacia la pregunta sobre la danza y su archivo. Memoria, experiencia, actualización y apropiación performativa, quizás sean los instrumentos del cuerpo y de la danza para el Ctrl+G de acontecimientos impasibles de ser retenidos de modo definitivo.


** Sobre Dance Dance Dance - Web del proyecto:







en la diaria con foto de Nicolás Der Agopian: 









lunes, 8 de diciembre de 2014

Nacimiento de Otra Iglesia: sobre OTRO TEATRO de luciana achugar

Sobre OTRO TEATRO de luciana achugar
Ciclo Montevideo Danza. Diciembre / 4, 5, 6, 7. Sala Zavala Muniz - Teatro Solís










VERSIÓN COMPLETA DEL TEXTO A CONTINUACIÓN: 

OTRO TEATRO es de esas obras que encantan o espantan al espectador siendo infrecuentes las reacciones intermedias. Su temporalidad dilatada, más cercana de un ritual o una conjura que de un espectáculo, así como el espacio ambiguo donde la coreografía se desarrolla, hacen de ésta una obra poco convencional, que si ya desafía a los espectadores más habituados a la danza contemporánea, puede llegar a encantar o a expulsar a espectadores menos habituados a una propuesta de estas características, ¿inclasificable?

Al comienzo poco y mucho sucede en la escena: debajo de los pies del cuerpo cubierto, jadeante y cantante, un círculo de luz aparece lentamente, Un canto se repite incansablemente: “un día voy”. Un canto monocorde que va mutando con el cansancio y que se cierra en cada ciclo de repetición con un grito estático y en falsete: “un día voy a ser otra distinta”. Quienes conocen la canción de Juana Molina (“Un dia”) reconocen la metonímica apropiación que es cantada y queda resonando y rebotando significados durante toda la obra. En el escenario una oscuridad casi íntima es habitada por el mismo cuerpo que nos besó a la entrada, que ahora gira bajo el techo altísimo, desnudo e hiper-circuitado de la Zavala Muniz. Un cono de luz se abre hacia ese cielo-techo y la mirada se tienta y pasea, también recorre los asientos cercanos y los lejanos, desde donde empiezan a aparecer pistas de que el espacio escénico no termina en el proscenio.

Al inicio de la obra, mientras la coreografía aún es claramente un solo, quienes estamos en la platea performamos una práctica relacionada al placer y a la voz. Esta práctica genera movimientos y sonidos no permitidos habitualmente en los códigos de comportamiento del espectador de teatro. A medida que en el palco el ente gira circular y concéntricamente, cayendo y recomenzando, perdiendo la forma humana, en la platea la creciente displicencia de las respiraciones y de los cuerpos “infiltrados” - performers que entramos como si fueramos público – afecta los códigos de comportamiento de todos los presentes. Mientras que algunos se relajan, otros subrayan la rigidez en una actitud de “acá no pasa nada”, como para ver si con ella devuelven la normalidad a una situación que va dejando de serlo. El volumen del público aumenta su presencia: arcano o irreverente, lo que está sucediendo en escena despierta reacciones. Sea para expresar impaciencia, duda, incomodidad, sopor, placer o enojo, las reacciones del público varían día a día y son también coreografía; una parte de la obra compuesta colectiva e instantáneamente. Conversaciones en voz casi alta, comentarios de reproche, suspiros que empatizan. Una Consagración de la Primavera pero en Montevideo 2014. Pienso que a OTRO TEATRO se puede entrar en pie de guerra o de hospitalidad: la relación que se entabla con su propuesta es tan personalizada como el número de asiento asignado en la entrada, asientos que empiezan a sentirse demasiado frontales como para asistir a lo que pasa en la multidimensionalidad de la sala.

Con el correr de los minutos y las medias horas, el ritual solitario deja de ser tal. El cuerpo de achugar se descubre y se expone con un goce no exhibicionista. Se pliega con otros cuerpos que junto a ella o de forma independiente van tomando el espacio, sumergiéndose en una coreografía mántrica, sensual, pélvica, carnal, animal, placentera.

OTRO TEATRO explora el límite entre experiencia del placer y la objetualización de un cuerpo en estado de placer. MIentras que esta objetualización es (al menos en parte) probablemente inevitable y pasa a ser parte de la obra y de su valor plástico, la búsqueda estética y anatómica del placer es realizada dentro de los propios límites de la representación y es en ese forcejeo que la obra pega. En OTRO TEATRO la dramaturgia performa la imposibilidad de materializar el concepto de la obra por sus propios medios. El texto que se da a la entrada extiende la invitación:

“Cultivarse un cuerpo nuevo…. Devolverles la voz a nuestros cuerpos, con una práctica del placer… Practicar cultivarse un cuerpo nuevo como se cultiva una planta… Cultivarse un cuerpo nuevo en placer… cuerpo utópico, conectado, sensacional, un cuerpo anárquico…. con un cerebro que se fundió a la carne, la sangre, los huesos, las agallas, la piel… un cuerpo en placer con ojos que ven sin saber, ojos que ven sin nombrar. “

El ingreso también viene acompañado de dos besos, uno en cada pie, depositados en la puerta del teatro, por una achugar sin rostro (después se descubre que es ella pero lo suponemos pues la obra es anunciada como un solo) y arrodillada en el piso.   

Del minimalismo del cuerpo opaco inicial la obra se transforma lentamente en un paisaje de cuerpos vestidos, desnudos, diversos - un otro Jardín de las Delicias - diseñando diferentes circuitos que sin embargo tienen nodos de convergencia común, formas similares. De modo semejante a un rito de iniciación o de transformación, el percurso coreográfico que los cuerpos garabatean tiene pasos y estaciones determinadas.
Aunque la obra no deje de consistir en una coreografía - entendida como una determinada disposición de cuerpos en un espacio y tiempo -, la de OTRO TEATRO trastorna la distribución habitual de roles del contrato teatral.

OTRO TEATRO molesta porque no define claramente donde termina la realidad y donde comienza la ficción. Incomoda porque es una negociación entre la experiencia del placer y su formalización. Conflictúa porque no resuelve ni ética ni poéticamente el modo de relacionarnos con su propuesta. A cada función la obra se transforma y calibra en relación con el público y sus reacciones. Algunos se van antes de la primer hora, otros se unen a los cantos coordinados, otros comentan con sus vecinos de butaca en busca de pistas o de desahogo, otros disfrutan del pulso vibrátil que el teatro va adoptando, otros se sienten agredidos y hasta estafados al descubrir que lo que en un inicio parecían espectadores más relajados que lo habitual, luego muestran ser “actores”. ¿Dejarse involucrar o sentirse estafado? Si estuvieramos en una iglesia, lo que separaría al creyente del escéptico sería simplemente la fe. Algo de este orden sucede en esta obra de achugar y sus colaboradores, pero en este caso dios es el teatro.

Siendo una de las artistas involucradas en la obra – junto a otros 15 aprox - y habiendo tenido la oportunidad de hacerla y observarla en (inter)acción con dos públicos muy diferentes - el Neoyorquino y el montevideano – percibo que OTRO TEATRO es otro irrepetible en cada función. Entre ellas, dos días y espectadores marcaron mi pensamiento y experiencia de la obra fuertemente. El primer día fue en NY, cuando el espectador sentado al lado mío sacó una libreta de su bolsillo y luego de una escritura breve y feroz me extendió un papel que me pedía quedarme quieta. Recibir ese mensaje una vez iniciada la performance, y percibir no solo la incomodidad sino la tentativa de proteger la obra de parte de este señor abrió una cantidad de preguntas y conflictos que aún hoy sigo visitando y aprehendiendo, masticando en cada presentación. Y también fue el momento más difícil que pasé en escena jamás (y fue desde una butaca). El segundo ocurrió en Montevideo, cuando desde mi lugar en la platea comencé a sentir una gran empatía de parte de una conocida que se sentó a mi lado mientras yo comenzaba con esta práctica del placer y la voz, que es el inicio de la coreografía. La empatía que creció entre las dos habilitó que su cuerpo comenzara a tomarse más permisos y espacios y que alcanzáramos el contacto físico a través de un masaje que ella me ofreció. Sin embargo esa relación fue cortada cuando llegó mi pie para entrar al espacio escénico a performar una coreografía combinada con otras 3 artistas también infiltradas. Esa entrada fue mucho más que un desplazamiento en el espacio: dejando atrás a mi colega de asiento y cómplice de placer, entré a escena sabiendo que la espontaneidad de nuestro contacto estaba siendo mutilada por la regla coreográfica que mi rol me exigía respetar. Crecía entonces un otro cuerpo entre las dos, un cuerpo paradójico y en problemas, un cuerpo que en el instante de su nacimiento era mutilado por el mandato formal de una obra sobre la representación del borramiento de los límites de la representación. Hasta donde llevar esa tentativa utópica junto y no contra el espectador, me pregunto mientras sigo performando la obra y con el deseo curioso y ya utópico de ser algún día una mera espectadora de ella. Un día.

Las fracturas que OTRO TEATRO produce tienen que ver más que nada con éste teatro, el conocido y acolchonado, el previsible y organizadamente catártico. Lo que esta obra propone puede ser visto como una insolencia o como una disuasiva insistente que golpea con pies y manos en busca de alguna alquimia de transmutación. Los cortocircuitos que produce afectan las expectativas de recepción, las estrategias de relación, los parámetros que separan autenticidad de representación. El armamento teatral convencional no sirve.

Por su parte la obra también se expone a la vulnerabilidad de las reacciones que suscita y a la negociación con las reglas de este teatro que es el Solis, poco encantado con la coreografía percutiva, interviniente y (solo en apariencia) anárquica de la obra. La negociación con sus funcionarios materializa la presencia disciplinante que OTRO TEATRO no niega pero confronta.

Entre la experiencia del placer y su coreográfica representación, entre el extrañamiento como acontecimiento teatral y la alienación del código teatral, OTRO TEATRO construye su otredad por medios únicamente teatrales. Ese OTRO nace como un cuerpo o tumor dentro del propio cuerpo teatral y no afuera y es esta mezcla de ámbitos lo que incomoda y también lo que potencia las paradojas que encantan a algunos, enojan a otros.

Si pensamos en los happenings de los 60, no es novedoso el juego que borronea los límites entre vida y performance. Sin embargo la no explicitación de este código y la proximidad física con la que la transición de una hacia otra es hecha, eleva la tensión de los cuerpos y afecta la percepción, el juicio, la experiencia, la semiosis y la razón del teatro y sus habitantes.

La toma del espacio avanza y golpea a lo largo de las dos horas de obra, en un tono crecientemente empoderante y rabioso, violento y gutural, que en una gráfica oscilante de intensidades tiene momentos de alturas extremas y otros de mesetas y depresiones. Hacia el final la energía y el canto se suavizan y los cuerpos que han estado subiendo y bajando de las gradas a la escena, se concentran finalmente bajo una luz azul. La calma postorgásmica que había aparecido en el primer cuerpo - el de achugar bajo la tela - retorna en un paisaje ahora multitudinario. Cuerpos en descanso y en su piel, que tras unos minutos de reposo se reactivan para intervenir el teatro plásticamente, diseñando prismas y rectas fluorescentes, que atraviesan y cortan la memoria circular de lo sucedido en las pasadas dos horas.

OTRO TEATRO es la pregunta de qué pasa cuando el teatro quiere performar su propio “afuera”. Su adentro tiembla, como las butacas, los espectadores y los acomodadores atónitos de este otro teatro montevideano. El teatro nos sigue juntando. Transformarlo y transformarnos es la invitación medio tosca, medio entreverada, del todo problemática y de cualquier modo provocadora que esta obra extiende, golpea, gime, abre, goza.


En la diaria del 10 de diciembre de 2014: 







martes, 25 de noviembre de 2014

En el ring. Sobre LA LUCHA




"Me queda claro el interés que los une, pero me interesaría que me contaras un poquito cómo se conocieron, y cómo se fue dando la posibilidad de pensar algo juntos.
La Lucha es una colaboración entre los artistas curitibanos Leonarda Glück, Gabriel Machado y Gustavo Bitencourt y la uruguaya Lucía Naser.

En sus investigaciones individuales, cada uno ya traía el interés en la caracterización como forma de entender la relación entre lo cotidiano y la ficción. Gabriel interesado en la cultura de animés y cosplay, yo interesada en la caracterización corporal en historietas y cosplay, habiendo trabajado recientemente con referencias a la lucha libre. Por su parte Leonarda trabaja en sus últimas performances con temas de crossdressing y cultura sadomasoquista, y Gustavo, investigador de la cultura drag/transformista, actúa también como drag queen en la noche curitibana.

Fue a partir de un documentál sobre el grupo “Los Exóticos” – un grupo mexicano de lucha libre que usa la caracterización drag en sus presentaciones – que comenzamos a desear un formato que mezclara el espectáculo y la competencia deportiva; en el que el público pudiera involucrarse, hichar, reír, gritar, salir y entrar, hablar, beber, conversar.

La Lucha habla un poco de varias luchas que vivimos en la práctica. Desde esos embates que existen en nuestro pequeño grupo, que nunca había trabajado junto, hasta cuestiones más amplias, que afectan a todo el mundo, como identidad, género, disputas territoriales, políticas, éticas, estéticas. También se trata sobre el derecho a fantasiar y auto-ficcionarse, sobre poder transformarse y sobre no ser obligados a ser una misma cosa toda la vida.

Buscamos con recursos de humor, lucha y melodrama construir un vocabulario capaz de dialogar con diversas personas. Buscamos proponer algo entre gracioso, dramático, violento, que pueda involucrar a las personas, y que podamos también sorpendernos haciéndolo.

Un elemento importante fue la elección de los espacios de presentación. “La lucha” estrena en Montevideo, Uruguay, en el club norcturno Il Tempo, y luego, en Curitiba las presentaciones serán en una escuela de pole dance (baile del caño). La elección de estos espacios tiene como objetivo alterar el tipo de formalidad que existe en un teatro u otros espacios habituales de presentación de danza o teatro.

¿Qué les interesó a ellos para venir y montar el espectáculo acá? (o a vos, para invitarlos a ellos)
El proceso creativo de la obra tuvo lugar en curitiba durante un período corto e intenso, y para ello yo (lucía) pasé un poco más de un mes en dicha ciudad. La decisión de estrenar la obra en Uruguay tuvo que ver en parte con una necesidad de volver a Montevideo por cuestiones laborales y en la decisión de realizar el proceso creativo en dos etapas y ciudades: Curitiba y Montevideo. Ese deseo tiene que ver con el interés que tenemos en esta obra por producir encuentros e intercambios con comunidades diversas y presentar la obra en ambos países permitía un tránsito entre culturas, idiomas, hábitos y espectadores diferentes. Por otra parte el premio Prêmio Funarte de Dança Klauss Vianna/2013 fue un apoyo que nos permitió costear los pasajes, estadías y logística que permitió hacer la obra en ambos países y nos parecía una buena oportunidad para realizar este deseo que es tan difícil de viabilizar en términos económicos en un área de producción como la de la danza. A ellos (los curitibanos) también les atraía venir a Uruguay que es mirado con alta estima en la región por los logros en términos de legislación y derechos sexuales de personas y comunidades LGBT.


En relación a cómo se formó el grupo, fue una mezcla de deseos, afinidades y coincidencias, aunque luego una vez trabajando juntos fuimos descubriendo el porqué estabamos encontrándonos artistas tan diferentes en un mismo proceso creativo. Las luchas y negociaciones que nacen de esas diferencias son parte importante de la obra y de cómo la fuimos creando. Más aún considerando que esta es una creación colectiva y que por ende las decisiones son tomadas por todos todo el tiempo (con el apoyo dramaturgico de la coreógrafa Carmen Jorge de Curitiba y la colaboración de la iluminadora Regina Fabia y la compositora Jo Mistinguett)


-La charla previa puede pensarse como una suerte de introducción a la puesta?"
La charla – performance “Mundo travestido” tiene relación con el trabajo que Leonarda como artista transexual y Gustavo (Dalvinha) como drag queen hacen y con cuestiones como la transexualidad y la inclusión social de personas trans. Tiene relación con La Lucha en la medida en que compusimos la obra en relación a nuestras experiencias y vivencias personales pero en verdad es una actividad bastante independiente de la puesta.
La idea es generar una instancia de diálogo que trate de estos temas pero en un clima menos formal y/o solemne que una conferencia o seminario. Al mismo tiempo nos parecía importante generar alguna instancia de encuentro e intercambio con el público montevideano más allá de la propuesta escénica y aprovechamos que Leonarda y Dalvinha habían hecho esta presentación unos meses atrás en Sao Paulo para proponerla aquí en Montevideo.



Ambos eventos con fecha y lugar. Abajo link y releases

LA LUCHA (obra)

LA LUCHA es transformismo como performance política: lucha libre, cosplayers, practicantes de BDSM, fanáticos, cyborgs, héroes-drag, payasos, partners, transanimales transmutantes, artistas de la calle, travestis de la periferia y de barrio rico, indígenas reinventando sus cuerpos empapados en glocalidad, la explotación de la carne de las travestis suramericanas haciendo la vida en América - con prótesis, tejidos, tecnologías y maquillajes de China.
LA LUCHA también es una afronta al conservadurismo, al recato y a la hipocresía. En ese embate se lucha contra dogmas parasitarios del alma, contra la apatía y por el derecho a no ser una misma cosa la vida entera, por la fantasía y por el derecho al propio cuerpo: el mismo cuerpo que es nuestro campo de batalla

MUNDO TRAVESTIDO (charla performance)

LA LUCHA invita al diálogo-performance: MUNDO TRAVESTIDO
Cuestiones actuales como la transexualidad y la inclusión social de personas trans son discutidas por Leonarda Glück y Dalvinha Brandão - una mujer trans y una drag queen – con la banalidad de un programa matutino de televisión, sin el menor compromiso con las buenas costumbres y la moral. Ellas quieren travestir al mundo entero!




domingo, 2 de noviembre de 2014