viernes, 17 de mayo de 2019

Otro día de la madre. Tradiciones en disputa.



* Publicado el 17 de mayo en Semanario Brecha / Imagen: Inés Olmedo


El Día de la Madre siempre estuvo rodeado para mí de sensaciones agridulces: la obligación de comprar un regalo, un almuerzo rico en familia, tomar contacto con la relación conflictiva que siempre tuve con mi madre, algún clásico de fútbol y, en los últimos años, ya en mis treinta, ver que las cajeras del súper duden en si darme o no la flor o las felicitaciones porque, aunque sin niño a la vista, estaba ya “en edad”. Ser madre afecta a las mujeres que lo son tanto como a las que decidieron o acabaron no siéndolo. Y es que, junto con la virgen o con la puta, la madre es una de las figuras que más centralmente estructuran las ideas sobre la mujer en nuestra sociedad.
Mi respuesta a la pregunta que taladra oídos, útero y cerebro de toda mujer mientras corre el bendito reloj biológico fue, durante un par de décadas, un férreo no. Pero sin duda hay algún vínculo entre decidirme a escribir esta nota y este ser de un poco más de cuatro quilogramos que está literalmente atado a mí mientras tecleo. Ser madre hace realidad el cliché más repetido del mundo: te cambia la vida. Y si bien hay tantas maternidades como madres, sería ingenuo negar que es una de las instituciones –junto o dentro de la de la familia– más cargadas y semantizadas, y en disputa. Una a la que protegen los conservadores, glorifican los machistas, exaltan los religiosos. Siempre cuento que no habría sido madre sin los feminismos que hicieron disponibles y cercanas otras formas de ser madre o, en resumen, otras formas de ser. La maternidad, esa experiencia afectiva, política, biológica, semiótica, puede ser denostada por patriarcal, pero también resignificada y reorientada para formas de vida que no excluyan procesos emancipadores y reinventores de los vínculos más tradicionales.
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Se lleve bien o mal con su madre, le guste o no la fiesta, es difícil que el Día de la Madre pase desapercibido para cualquier persona con ojos y oídos, porque la calle y los medios se llenan de publicidades, de anuncios y de promociones. Se desata así una avalancha de “productos para mamá”. La madre de las publicidades es buena cocinera, pero está más fuerte que una liceal; es hogareña pero aventurera; es divertida y siempre está bien depilada; es joven pero madura; fiestera pero organizada; devota de su familia pero bien a la moda. Aunque parece un invento propio de la cámara de comercio o del departamento de marketing de alguna marca de electrodomésticos necesitada de aumentar sus ventas, el Día de la Madre tendría su origen en la iniciativa de Julia Ward Howe, abolicionista que en 1870 propuso establecer un “Día de las Madres para promover la paz”. La proclama que escribió entonces resulta movilizadora aún hoy en día y comenzaba con esta arenga: “¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que grandes asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras apestando a matanzas, en busca de caricias y aplausos’”.Más tarde, durante la guerra civil estadounidense, deseosa de recrear lazos y crear conciencia sobre la crueldad de la guerra a ambos lados de la línea de fuego, Ann Jarvis propuso que el gobierno de Estados Unidos reconociera esta celebración para honrar a todas las madres, sin distinción. Luego, rechazó la apropiación de la conmemoración por empresas con intereses comerciales: hasta fue arrestada por hacer campaña en contra de esta tergiversación.
Recordar el origen de este día no tiene un fin nostálgico, sino el deseo de recuperar el protagonismo que, en el nacimiento de esta fecha, tuvieron las propias madres; el deseo de que el encuentro entre madres vuelva a suceder; la intuición de que la dinámica familiar de trabajo doméstico por la cual la mujer-madre restringe el radio de sus relaciones a los integrantes de su hogar determina una vida de puertas adentro extremamente funcional a la impermeabilización contra el feminismo.
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Hace un tiempo, probablemente movilizada por la inminente llegada de mi hija, me empecé a preguntar sobre el canto feminista que clama que “somos las nietas de todas la brujas que nunca pudieron quemar”: ¿Y qué pasa con las madres? Me apareció entonces la escasa presencia en la comunidad feminista de toda una generación que hoy está entre los 40 y los 60 años, y lo fuerte que es la complicidad entre las muy jóvenes y las viejas precursoras, pero que falta una generación que está exactamente en la edad de las madres de las que hoy tenemos unos treinta y algo. En su pasaje por Montevideo, la boliviana María Galindo nos decía que “nadie quiere repetir la historia de su madre”. Y, volviendo a la turbulenta relación que tantas mujeres tenemos con nuestras madres, pienso que, sin duda, este amor-odio debe tener algo de patriarcal que necesitamos deconstruir, algo similar a lo que media en las relaciones de enemistad y competencia entre mujeres. Si este tema me afectó siempre, ahora me lo hacen urgente los ojos-espejo de quien me mira y, desde su feminidad recién inaugurada, ve una madre.
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Este año algunas mujeres elegimos regalarnos un ritual inventado con el deseo de reinventar el Día de la Madre. La performance –ese lenguaje que, cada vez más, me parece más potente fuera que dentro del campo del arte– fue nuestra cómplice, y, tras convocarnos a través de las redes, nos juntamos frente a la explanada de la Udelar para quemar las madres que no queremos ser, dar voz a las que somos –y que no siempre es fácil asumir– y a las que anhelamos construir. Llamamos a la acción "Madre Regalate Libertad". Y ahí, en la mañana del domingo, entre la feria y la propaganda electoral, asumimos el riesgo y la generosidad de poner el cuerpo juntas, aun casi sin conocernos.
En las celebraciones de los próximos años, al igual que logramos dar vuelta el significado y los rituales del 8 de marzo, quizás muchas más tengamos que reapropiarnos del Día de la Madre y voltear los mecanismos perversos y compensatorios por los cuales se homenajea, a través del consumo, el sacrificio que hacen las madres las 24 horas durante los 365 días del año. Quizás es posible interrumpir la inercia por la cual se les regala algo que hace más eficiente su servicio, o que las ayuda a borrar mejor los rastros visibles de su opresión. Tal vez sea necesaria una crítica a publicidades como las de El Corte Inglés, que las describen como “97 por ciento entrega, 3 por ciento egoísmo, 0 por ciento quejas, 100 por ciento madre”, o a anuncios de depiladoras con frases como “Regalale energía y libertad para elegir lo que más quiera”. También intuyo que podemos visibilizar otras cosas que no sean las decenas de promociones que tienen como público objetivo y deseante a cualquiera menos a las madres (¿porque al final a quién complace la madre tan bien depilada o el merengue que logrará esa batidora de última tecnología?).
El 8 de marzo las maternidades feministas formaron parte de la proclama de una marcha masiva, en un momento en el que estamos en plena emergencia de colectivos de mujeres que politizan sus formas de vida, pero también de campañas por “la familia” impulsadas por actores conservadores y derechistas. Tal vez el Día de la Madre empieza a ser un buen momento para celebrar fuera de las casas y en rituales con amigas. Para celebrar sin silenciar los aspectos menos publicitados de la maternidad; amando nuestro ser madres, pero también abrazando las dificultades de serlo, dándonos el permiso de nombrar sus aristas más duras y dolorosas, asumiéndonos imperfectas y contradictorias, habilitándonos a decir no puedo, no quiero o necesito ayuda. Y que si no vamos a abdicar del Día de la Madre, entonces, lo convirtamos en otro Día de la Madre.
Mi deseo es que, para las demás y para mi hija, los Días de la Madre puedan convertirse en un espacio tanto para las que desean ser madres como para las que tienen el coraje de no serlo, porque no lo desean. Leí hace poco que cuando le preguntaron a Fontanarrosa: “¿Qué soñás para tu hijo?”, respondió: “Que sus amigos sonrían al verlo llegar”. Y pienso qué hermoso es soñar una madre con amigas, con deseos propios, con goces y fantasías, con luchas y con heridas. Que en el Día de la Madre seamos las madres las que nos hagamos regalos a nosotras mismas (que es también una forma de pensar en nuestros hijos e hijas). Que podamos preguntarnos qué necesitamos y decirlo, que podamos mirarnos y sentirnos, que lo dediquemos a sanar los vínculos entre nosotras, a regalarnos encuentros, espacios, tiempos, deseos. Que nos regalemos libertad.

jueves, 16 de mayo de 2019

De la imaginación al poder: desfondando ideas.



Hoy que ya estamos en esa etapa del año en que los fondos concursables abren y todo el mundo se pone a “crear” (proyectos para conseguir guita) me puse a pensar si yo también entro en la vorágine una vez más. 

Hoy que mi sindicato (el de la danza) da señales de no dar señales, que la comunidad artística a la que pertenezco está diezmada por rivalidades personales o por competencias profesionales;

Hoy a algunos meses de la misma disyuntiva que hace 5 y 10 años, es decir votar o no a un partido de gobierno que da muestras de cagarse no solo en les trabajadores de la cultura sino también en el poder simbólico del arte y la cultura como si fueran – y lo están convirtiendo en - una industria más que hay que ayudar a dinamizar bajando su costo para el estado;

Hoy me puse a imaginar. Porque dicen que eso sabemos hacer quienes nos llamamos de artistas. 

Y me imaginé qué pasaría si en vez de competir como locas por fondos estuviéramos pensando en como dar vuelta la maquinita sensible que la derecha se montó y en la que estamos pataleando como hamsters en-ruedados. 

Me imaginé que el gobierno hubiera tenido una política cultural que fortaleciera la relación entre luchas sociales y arte, arte en vez de intentar disolverlas para inculcar un habitus diciplinante de adaptación al mercado y las industrias culturales. 

Me imaginé si el estado hubiera encontrado dispositivos de fortalecimiento del campo cultural sin que su presencia tuviera el efecto de disolver las organizaciones y redes autónomas de artistas y actores culturales. 

Y que el modelo desarrollista y el modelo de negocios que buscó hacer de uruguay una marca exitosa globalmente más que un enclave de articulaciones internacionales contrahegemónico, hubiera dejado sin explotar el terreno cultural por entender que es demasiado lo que está en juego y que no se puede vender el campo simbólico al bajo precio de la necesidad. 

Y que no nos hubiéramos comido tanto la pastilla, aunque declararse "engañada" es un poco más hipócrita que reconocer la complicidad que nos corresponde. Aún con la excusa de la precariedad, aún con la excusa de amor al arte. 

Y me imaginé que nos metiéramos desde el arte con la marginalidad y la lucha de clases, en vez de hacer de la otredad o de lo popular un objeto de estudio al que señalamos con snobismo, nos distanciamos con condescendencia, o nos sacudimos junto a la culpa posmoderna para que nunca jamás se nos vea intentando representar, hablar o bailar con el subalterno.

Me imaginé todo esto. 

En una de esas un par de amigues con un buen cv se cuelgan y nos financian el proyecto.



jueves, 9 de mayo de 2019

Persistir hacia lo que viene

Publicada en Semanario Brecha

Persistir hacia lo que viene

El Festival Internacional de Danza Contemporánea del Uruguay (Fidcu) es un festival independiente que, con apoyos diversos y dispersos, y gracias al trabajo en equipo de un valioso colectivo, ha logrado ediciones jugosas que han marcado la cancha de la danza contemporánea local. No importa cuántos años o ediciones sucedan, la pregunta sigue intacta y se renueva antes, durante y después de cada obra o performance: ¿qué es la danza contemporánea?

Obra Prehistoria / Foto: difusión, Ana Santilli Lago

Con algo de humor, podemos responder: la danza contemporánea es una danza que se resiste a ser definida. Si hacemos una lectura cómplice, diremos: una danza que piensa con el cuerpo sobre temas del presente. Si respondemos hostilmente, probablemente expresaremos: una danza hermética hecha sólo para entendidos. Si nos ponemos historicistas, alegaremos: una danza que surgió en Nueva York, Estados Unidos, en los años setenta, continuó su proceso de desarrollo influenciada por la danza conceptual europea de los noventa y se desarrolló en un proceso de hibridación, internacionalización y profesionalización en la posmodernidad. Como todo lo que se esfuerza por permanecer ambiguo, abierto y en proceso de creación, muchas lecturas e interpretaciones conviven en torno a este campo, llamado “danza contemporánea”. Pero, luego de rumiar varias definiciones, podríamos dilucidar que se trata menos de un lenguaje que de una serie de preguntas sobre qué puede –decir, hacer, pensar, experimentar– el cuerpo en el presente. También podemos, junto con Javier Contreras –artista mexicano habitué del festival–, entender la experiencia dancística “en tanto que radical experiencia erótica encarnada”, y “a la danza en general, y a la danza contemporánea en particular, como un lugar social específico que permite imaginar una poiesis civilizatoria no dualista, no patriarcal, no logocentrista”.1

En su texto curatorial, firmado por Paula Giuria y Vera Garat, el Fidcu de este año se reconoce “en medio de un mundo tan hostil que ahonda en procedimientos crueles”, y apuesta tozudamente a ser un paréntesis en el cual “detenernos y dedicarnos al mundo de lo simbólico y del pensamiento, de las afectaciones, de lo sensible, casi como un acto de insistencia obstinada en permanecer y existir”. La pregunta es cómo transformar la mirada y dar lugar al “cuerpo corrido, al cuerpo que no tiene espacio para ser, al cuerpo torcido, atascado, al cuerpo atrapado en este tiempo”.2

Fiel a la hibridez y a la creación de encuentros improbables entre actores y lenguajes, el Fidcu 2019 abre con un concierto, presenta una exposición de grabados y propone un programa que integra la danza, la performance y las artes visuales. Testimonio de ello es la presencia de Clemente Padín, un ícono y precursor de la performance en Uruguay y Latinoamérica, que el martes 7, en el marco de la exposición Intersticios. Cuerpos políticos, estrategias conceptualistas y experimentalismos cinematográficos, reactúa su obra La poesía debe ser hecha por todos, una acción hecha en 1970 en el hall de la Udelar, donde invita a participar a la generación de una “poesía pública”. Otro indicio de la impureza del evento es que la apertura del festival está a cargo de Camposanto, proyecto musical de Martín Canova y Antonella Moltini que “oscila entre lo experimental y el techno bailable”, en shows concisos que, partiendo de lo experimental, terminan en una “vorágine de baile primitivo” y transitan por el techno, la psicodelia, el noise, el pop y paisajes sonoros industriales.

NO TODO ESTÁ ACABADO: FORMAS DE FORMARSE. Un elemento que diferencia al Fidcu de otros festivales es su programa de formación, que año a año abre talleres gratuitos para la participación, en diversos procesos, de profesionales, estudiantes y curiosos. Con este programa, trasciende la función de mero expositor o curador y aporta significativamente a la formación de artistas, así como a la socialización de herramientas e informaciones que los invitados internacionales intercambian con los actores del campo local.

Observar los temas y las metodologías de los talleres –que cerraron sus inscripciones el martes pasado– ayuda mucho a conocer qué es y qué hace el Fidcu. Habrá un seminario teórico-práctico que se embarcará en el estudio del cuerpo desde la óptica de los estudios de performance (a cargo de Eloísa Jaramillo, de Colombia); un taller-montaje y función que indagará en la conexión útero-corazón como centro de poder femenino, así como en la respiración ovárica y la composición de y desde un cuerpo expandido y poshumano (coordinado por Abigaíl Jara, de México); un taller que compartirá perspectivas teóricas para pensar la danza contemporánea (junto con Contreras, de México); un laboratorio de acompañamiento de procesos artísticos, en el que se trabajará en buscar un feedback o retroalimentación sin prejuicio (por Anto Rodríguez, de España); un laboratorio para niños que se aproximará al universo infantil para construir un mundo en miniatura (con Gustavo Ciríaco, de Brasil); espacios para persistir hacia lo que viene como forma de re-ver, re-hacer, rescatar, demoler, desarmar, re-inventar, re-formatear, traducir “la cosa” (con Florencia Martinelli, de Uruguay); un espacio para practicar el contacto improvisación y relacionar el cuerpo con un entorno siempre cambiante como lo es el cuerpo en movimiento de otra persona (guiado por Catalina Chouhy, de Uruguay). Este compilado de propuestas bien podría servir como respuesta a la pregunta planteada más arriba: todo esto es lo que hace la danza contemporánea.

Otro aspecto propio del Fidcu es el espacio para obras en proceso. El festival plasma en su cronograma la convicción de que la “obra final” es una instancia más de otras temporalidades valiosas, que suponen mucho más que el momento de la performance o el estreno. Así es que durante sus siete días se abren los ojos con paciencia a propuestas que aún están creciendo, mutando, siendo influenciadas por quienes se acercan a verlas.

En el menú de procesos se encuentra Comedia de distancias, una exploración en la Casa Vilamajó dirigida por Carolina Besuievsky, en la que la construcción, de 1930, es la protagonista entre relatos, cuerpos y fantasmas. También se presenta el proceso de Neuma, una danza espectral a cargo de la chilena Bárbara Pinto Gimeno, que explora, con la ayuda de herramientas artísticas, fuentes fantasmales y hasta médiums profesionales, el presente y el pasado del lugar donde se encuentra el centro artístico Nave, en Santiago de Chile. También se abre el proceso Nuevo trigo, a cargo de Lucía Bidegain, que indaga en los conceptos de abundancia y prohibición. Y La infinita, una colaboración entre la colombiana Eloísa Jaramillo y la argentina Jimena García Blaya, que explora posibles aristas del feminismo en América Latina desde una mirada de la vida personal en el encuentro con la otra mujer, poderosa, infinita.

También habrá en el Fidcu dos residencias iberoamericanas curadas por el Programa Artistas en Residencia. En una de ellas participa la Princesa Ricardo (Marinelli), que le entra de lleno a la llegada del fascismo a la presidencia de Brasil –país donde 55 millones de personas eligieron al candidato que representa el proyecto más nefasto que la democracia brasileña ha visto–, preguntándose: “¿Cómo puedo, como artista, dar respuestas a contextos de violencia tan aguda y abrillantada?”. La otra es realizada por Carolina Minozzi, que llega también desde Brasil para desarrollar su proyecto Posiciones de descanso, una indagación sobre lo elemental para el movimiento en relación con la fuerza de lo que puede el cuerpo.

También habrá una ronda de conversación, coorganizada con el espacio Entre, que se titula “Desde los cuerpos y por los cuerpos: disidencias que existen y resisten”. El encuentro invita a dialogar sobre cómo vivimos y qué hacemos en un momento en que, mientras que las sexualidades y los cuerpos disidentes aparecen con más fuerza y organización, se multiplican los ataques desde sectores conservadores y de derecha.

INTERNACIONAL COREOGRÁFICA. El resto de la programación está compuesto por obras de artistas internacionales y nacionales que se presentan mayormente con entrada gratuita en salas del Cce, el Inae, el Eac, el teatro Solís, el Auditorio del Sodre, el Espacio Idea, el centro de artes y ciencias Gen y el Espacio Palermo Iam.

Mientras que la curaduría internacional estuvo a cargo de la dirección del Fidcu, la nacional recurrió nuevamente al dispositivo “artista invita a artista”, mediante el cual, a través del diálogo y el consenso, los artistas programados el año pasado proponen y seleccionan a los que se presentan este año. Las temáticas de las diferentes piezas son increíblemente variadas:cómo todo puede ser vendido y comprado; cómo bailar la exageración; cuál es el sabor del tiempo y los procesos; los rituales de las mujeres para florecer juntas; la atención táctil y su potencia para producir contagios, vulnerabilidad, sensualidad, contingencia; los actos narrativos que convierten el pasado en ficción; los hombres detrás y dentro del cemento; los cruces y los encuentros entre el día y la noche; la memoria en los ancianos y la imaginación en los niños; lo drag postsomático y no mimético que se disloca de representaciones binarias de género y sexualidad; el amor, la pasión y el fanatismo en una creación dedicada al manya y hecha desde el humor y la emoción; el montaje de una película que es el montaje de una obra escénica falsa, que cuenta una historia que es verdad, pero que nunca sucedió, y el amarse y desarmarse entre la turbación y la turbonada. Cuál tema corresponde a cuál obra, qué día sucede qué cosa y qué cuerpos –individuales y colectivos– emergen de esas provocaciones es lo que les queda por descubrir al lector de esta nota y los espectadores de un festival que sigue creyendo que el arte es un estado de encuentro. Y que, en tiempos en que fuerzas fascistas, represivas y censoras crecen y se abalanzan sobre los cuerpos, el encuentro nos pide persistencia, insistencia y, sobre todo, redes que nos sostengan para atravesar juntos las escenas más críticas.

1. Programa del Fidcu. Más información en https://www.fidcu.com/fidcu-2019

2. Ídem.


lunes, 29 de abril de 2019

Día de la danza

Hoy es el día de la danza por un señor que nació en francia en 1727. él decía que "este arte ha quedado en la infancia sólo porque sus efectos han sido limitados a los de los fuegos artificiales, que simplemente se realizan para recrear la vista". 
No soy mucho de los "día de" pero si hay un día para la danza para mi que sea para celebrar la danza como experiencia más que como espectáculo. la danza de muchos cuerpos y no sólo la de les profesionales. 
La danza de la gurisa un viernes de noche después de trabajar 12 horas, la danza antisnob y terraja, la danza gozadora, las danzas nuevas que se les pegan al cuerpo como chicle a los adolescentes y niñes, las danzas rituales y las bailadas en manifestaciones, las danzas de canuto bailadas en algún rincón invisible del trabajo cuando se cuela por una rendija de sonido el tema del momento, las improvisadas, las prohibidas, la de los yonkis que bailan canciones alucinadas, la de la viejita que gracias a la danza aún toca y es tocada, la danza de los cuerpos que sin saber danzan, la danza de los borrachos, las danzas que aparentemente "sin técnica" ponen en movimiento el saber enorme que implica la concreción de cualquier posibilidad de encuentro.
A esas y por esas, salú!!

Poema al llanto de bebé


Por qué lloras bebé
es el borde del pañal que te irrita
la leche que ya se fue en esa última caca 
el hambre que no cesa
el exceso de abrazo
la falta de abrazo
el útero perdido
el laburo que da estar viva
algún flato detenido
algún sonido extraño
la luz que te perturba.
Lloras respirando o también tosiendo
lloras babeando o quizás vomitando
lloras con ojo seco y a moco tendido
con grito agudo y con tono ovejita
lloras arrugando el ceño o abriendo a más no poder la boca
lloras si un motor se detiene o si alguien pasa una página
del placido sueño pasas al llanto más amargo.
Verte calmarte es el paraíso
ignorar tu canto la crueldad más grande
no afectarse en una mala por tu alarido la utopía más lejana
llora y llora bebé.
Yo también lloraría
hincharía los pulmones como globos aerostáticos y saldría volando del llanto
que me cambien el pañal y me den todas las tetas
que se vaya al carajo la compostura y la cena
que reviente la garganta como un murguista precoz que se quedó sin letra y sin tablado
llora bebé que acá te acunamos y cantamos, te bailamos y te miramos
te re hacemos el aguante
te bancamos los trapos
te pasamos el trapito.

lunes, 22 de abril de 2019

Nacimiento y re nacimientos _ relato del encuentro con Nadia



El cuerpo puede tantas cosas en las fábulas que el espíritu se espanta con eso”.
Michel Serrés 


19 de abril de 2019.
Hace una semana y tres días que nació Nadia y entre teta y teta, mimo y mimo y paso de mano a mano de su cuerpito entre mi pareja y yo escribo este relato. Sé que escribirlo significa el fin de una etapa hermosa pero también significa que otra muy maravillosa e increíble ya comenzó. Mientras estaba embarazada y leía experiencias de otras pensé mucho en como iba a ser este relato. Ahora al empezar a escribirlo, no sé qué palabras tendrá pero ya sé lo que cuenta y sé que es una historia feliz, pese a que no es como me había imaginado.

Y es que decir y pensar que el momento de nacimiento - el parto - es un momento de pérdida de control e imprevisibilidad es diferente a atravesarlo. Como la mayoría de experiencias relacionadas a la maternidad, cuando se hacen carne entendemos lo profundo que dejan huella. Y en nuestro caso la dejó: una enorme sonrisa que me atraviesa la pelvis y que aún se cura mientras escribo esto. En estos días me amigué con esta cicatriz y le agradecí porque es una marca que me va a recordar siempre el nacimiento de nuestra hija y la forma que nos tocó y que pudimos atraversarlo. Mezcla de agencia y de eso siempre incontrolable que tienen los evento realmente importantes en la vida.

El embarazo de Nadia fue perfecto. No solo porque apenas nos permitimos no cuidarnos ella fue concebida - en los primeros días de la luna de miel tipo de película - sino también porque ambxs lo supimos en seguida sin que mediara ningún test e hicimos todo el viaje conscientes de que ella ya estaba ahí. Nos dimos mucho amor y miramos el mundo y hablamos del futuro. Me di baños en el Egeo pidiendo a las diosas griegas que la cuidaran y dejé de tomar alcohol y a sentir la conexión desde muy temprano. Luego vino la confirmación y muchos meses de placer juntes. Digo placer porque mientras ella crecía hicimos de todo: viajamos, hicimos un par de obras de danza, fuimos a marchas, militamos, hicimos un tetazo, filmamos videos en la calle, cogimos un montón, comimos de todo, y entré en un estado de plenitud y sensorialidad que nunca había tenido en mi vida (lo que para mi es “calma” quizás no lo sea para otres pero para mi fue un descubrimiento).

Empezamos a prepararnos para su llegada desde muy temprano y yo a cambiar mi eje (y mi alineación literalmente) muy progresivamente. La maravilla de los nueve meses y que poco a poco los cuerpos muten tan radicalmente. El hecho de tener el verano y de que empecé la licencia maternal en la semana 38 también nos habilitó muchas charlas y discusiones con Gabriel sobre cómo queríamos hacer esto, qué cosas eran importantes y cuáles no, cómo encontrar nuestra manera de atravesar esta experiencia, qué hacíamos con las expectativas ajenas (y las propias), qué hacíamos con nuestras diferencia, y sobre todo lo fuerte que era el hecho de que se venía una hija!

Hicimos un curso para padres en la mutualista y otro de embarazo eutónico que fue bellísimo y nos acompañó durante todo el proceso y durante el nacimiento de una forma esencial. Me integré a una colectiva de maternidades feministas y escribimos juntas y abrimos el grupo, escribí un texto sobre política y gestación, escribí un poema a Nadia y a Gabriel y muchísimos otros sin forma ni dedicatoria, leí libros como el de Kaplan, Casilda Rodrigáñez Bustos, sobre maternidades feministas, hice listas de canciones, me acerqué a alguna gente y me alejé de otras, nos abrimos a todo el amor y nos cerramos un poco a pasiones tristes de esa que abundan adentro y alrededor.

Teníamos fecha para el 2 de abril. Yo estaba – por algún capricho absurdo que no hizo más que aumentar mi ansiedad – convencida de que iba a nacer en marzo. Pensaba que como Gab y yo somos de ese mes ella también lo sería y hasta tenía la esperanza que fuera piscis. No hay que ser Freud para darse cuenta de cómo estaba proyectando mi propia identidad en Nadia que es – y nos costó un rato aprenderlo – ella misma y no una extensión de su padre o yo.
Como si escuchara desde adentro y dispuesta a llevarme la contra, Nadia no daba ni miras de salir. Yo nunca había estado embarazada a término (si estuve una vez antes pero lo interrumpimos voluntariamente antes de los tres meses), y haciendo alarde de mi contacto con mi propio cuerpo empecé a inventar señales de que se venía o a leer las señales de esta última etapa como de parto inminente cuando en realidad eran simplemente una previa larga. Retrospectivamente es fácil decirlo pero claro que no lo percibía así en el momento. El embarazo había sido extremadamente cómodo y gozador y para mi sentir las contracciones o presiones de las últimas semanas era algo extraño y una señal que ya venía. Mientras tanto mentalmente sostenía que estaba dispuesta a esperarla todo lo que ella necesitara, etc. y estaba intentando eso, de veras. Pero no importa que una tenga arriba 20 años de danza, hay coreografías que no se aprenden en ninguna academia y pensamientos que se pueden repetir mil veces con el lenguaje pero que no logran hacerse cuerpo. Creo que incluso fue contraproducente mi “idea” de que por trabajar con el cuerpo iba a ser capaz de sentir más o mejor y también las expectativas ajenas de la gente que en la mejor me decía que iba a tener un parto hermoso. Qué presión! Era casi como pasar un examen en el que se esperaba o se daba por hecho que yo iba a hacerlo genial, empezando por mi propia exigencia o expectativa.

Fue así que terminó la semana 40 y se avizoraba el fin de la semana 41 y mi ansiedad estaba controlada pero presente (o nuestra). Oscilaba entre esperar todo lo que fuera necesario y el miedo a que algo saliera mal si se demoraba más el parto. Mi ginecóloga – en quien confiábamos y a quien pedimos acompañara el nacimiento - había comentado hace semanas que el cuello había empezado a acortarse pero se había quedado en ese centímetro y no avanzado más en los últimos días/semanas. Ella estaba dispuesta a ir incluso algunos días más allá de la semana 41 pero era evidente que no podría ser mucho más porque no se recomienda llegar a la 42 y no queríamos una inducción demasiado acelerada ni poner en riesgo a Nadia. Ella confiaba en que se desencadenaría solo y yo también pero no sucedía. Creo que la sobre información me jugó en contra y que mientras buscaba la conexión mente cuerpo algo se cerró en mí o al menos trancó que algún proceso que no era mental se desencadenara. El detonante fue el encuentro con un ecógrafo que logró sacarnos la calma que veníamos atando con palillos. A él, días antes de la inducción que ya veníamos avizorando como posible, el cálculo le daba que estábamos en 41 semana y 4 dias e inclusive antes de hacer el examen nos retó por no tener plan de internación y nos mandó a ver a la ginecóloga ese mismo día (era jueves y nosotres la veíamos el lunes para decidir la inducción en caso de que no hubiera llegado Nadia).

Nos fuimos ya en cierto clima de urgencia al prado donde estaba atendiendo Flavia. Ella nos dijo que hacíamos lo que quisiéramos. Me vio angustiada y me dijo que habiendo sido tan hermoso el proceso no daba para terminarlo mal. Se puso a entera disposición y nos dijo que a ella el cálculo le daba otra cosa. De haber mantenido la cabeza yo habría habilitado algo que mi mente sabía: nuestro cálculo también daba otra cosa porque sabíamos perfectamente la fecha que no habíamos des-cuidado y eso nos daba terrible margen. Sin embargo y sin importar cuántos textos y charlas habia tenido, no logré que mi autoconfianza primara y me dejé ganar en alguna medida por el miedo y la confianza a los sistemas expertos. Mientras me preguntaba qué sentía que era lo mejor, tenía un miedo tremendo a que un error de mi intuición le costara alguna dificultad a nuestra hija. Me sentía desconocedora de mi cuerpo y de los pro y contras que conllevaba cada alternativa. Temía que por ser obstinada le pasara algo a Nadia y pero al mismo tiempo los relatos de espera feliz me alentaban a desoír la indicación de la semana 41 y dudar de la precisión de los resultados que ese oráculo redondo que los doctores movían buscando la famosa fecha probable de parto. El oráculo ginecológico le decíamos y nos reíamos, un poco irónicos y otro poco nervioses.

Fue así que decidimos comenzar una inducción en el día que se terminaba la semana 41 o según el otro doctor al que nadie le había preguntado, en díaa en que ya estabámos claramente en la semana 42: lunes 8 de abril. Un par de días antes y sin saber ya cómo pasar el tiempo de espera – durante el que nos dimos todos los gustos y los mimos - habíamos tirado el iching con la pregunta ¿cómo va a ser el parto?. La respuesta fue el hexagrama 51: doble trueno. La hija mayor. Temor y caos, pero después todos ríen. Intentamos tomarlo con calma y decidimos inventar un ritual para pedir que la llegada de Nadia a este mundo y su encuentro con la vida afuera del útero fuera con la mayor alegría y paz posible. Nos pusimos el despertador unos minutos antes del amanecer, subimos a la parte más alta de la azotea, nos hicimos dos trenzas una en cada cabeza enlazando con la voz lo que deseamos esté para siempre enlazado en la vida: Gabriel Nadia Lucía. Nos cortamos las trenzas y las pusimos en su cuaderno. Dijimos un montón de cosas – o dije – mientras abrazaba a Gabriel que estaba como era esperable somnoliento a esa hora – y nos quedamos viendo como de a poquito el sol anunciaba su presencia contra los muros de los edificios y los colores del cielo hasta hacerse visible.

Al día siguiente fuimos a un monitoreo de rutina indicado por nuestra doc y los doctores de turno nos retuvieron unas 4-5 horas con otros controles que les pareció necesario hacer en el momento: doppler e interrogatorios varios. Obviamente eso no fue para nada tranquilizador.

El domingo como a las 23hs un pedazo grande del tapón mucoso se salió. Lo tomé como una señal… confusa. Yo pensaba que ya se había salido. Más dudas sobre la temporalidad de las decisiones me vinieron al corazón pero intenté alejarlas. Confiar en que ya estábamos ahí y con apenas una ayudita la cosa se iba a desencadenar. Hacía días repetía: podes llegar, voy a abrirme para vos, tenemos el poder de hacer esto juntes. Lo repetía como visualizando que sucediera. Lo repetía invocando el encuentro con ese ser que había imaginado cientos de veces en estos meses.

Acompañades de Flavia y de un par de amuletos el lunes llegamos a la española 8am. Había sido una noche rara y unos días más que especiales. Llegamos y esperamos un buen rato a que nos ingresaran y nos dieran un cuarto. Apenas estábamos instalades llegó Flavia y empezamos con el plan inicial: inducción con un cuarto de pastilla de misoprostol. Me daba impresión porque un tiempo antes habíamos abortado con la misma droga. Lo tomé y esperamos un par de horas donde poco pasó. Leíamos y conversábamos. Intentaba pensar en la cabeza de Nadia acercándose al cuello del útero y el cuello abriéndose, le hablaba telepáticamente y también en voz alta diciéndole que era hora, que estábamos ahí para su nacimiento. De a poco mi útero medio perezoso empezó a tener contracciones, bastante suaves y esporádicas. Poca cosa sucedió en las siguientes 12 horas en las que cada 4 me tomaba un cuartito más. Hacia el final del día el cuello casi no se había modificado y decidimos cortar con el miso para descansar y arrancar al día siguiente con oxitocina. Recuerdo mi decepción pero al mismo tiempo el agradecimiento de no apurar a Nadia con más droga ese día. Recuerdo pensar en fugarnos del hospital y mandar todos los calendarios a la mierda y simplemente esperar. Recuerdo caminar por los pasillos entre las habitaciones, ver a las madres ya con sus bebés y sentir cierta envidia, hablarle a mi cuerpo y a Nadia y pedirles por favor que se abrieran. Recuerdo llorar mucho y cruzarme con una enfermera que me dijo “a veces es difícil el desprendimiento pero pensá que dentro de poco la vas a tener así contigo”, e hizo un gesto de acunar. Recuerdo entender mucha cosa con ese comentario; pensar en mi propia relación con mi madre y como me he sentido demasiado soltada por ella - me puse psicoanalítica pero si no es ahora entonces cuándo-; pensar en mi aprensividad como cualidad inherente a una forma de amar que es bastante mía y con la que me peleo afectiva y filosóficamente todo el tiempo; pensar en qué loco todo ese sistema médico y protocolo preparado para recibir o hacer llegar personitas al mundo; en cuánto necesitaba a estas personas que nos estaban ayudando y cuánto también me preguntaba si era ayuda o control o qué.

Durante el tiempo que pasamos en la habitación 3 madres llegaron y se fueron a la famosa “sala de nacer”, que para nosotres era como la pantalla a la que teníamos que pasar en el videojuego que estábamos protagonizando. Algunas terminaron en cesárea. Yo sabía que cuando se abre la canilla de la intervención exterior las chances de terminar en el quirófano se multiplican drásticamente. Lo sabía y estaba preparada pero tenía toda mi energía enfocada en que no sucediera. Hablábamos ocasionalmente con les compas de habitación, decíamos entre nosotres que eran como personajes que una se va cruzando en un camino tipo samurai. De todes teníamos que aprender algo.

Esa noche salí del hospital donde estábamos internades (des)vestida de camisón y la pulsera de internada y di unas vueltas a la manzana. La gente me miraba raro y yo actuaba normal. Eso me costaría un buen rezongo de las enfermeras más tarde. La panza estaba enorme pero sabía que esa noche no se desencadenaría. Pensaba en la historia de mi nacimiento que había conocido hacía muy poco al preguntarle a mi madre. Mi familia es una familia de contar pocas historias. Yo también había sido inducida y nacido a las 6am luego de más de 24 hs de intento. Otra vez la proyección de mi en lo que era la vida de nuestra hija y otra vez intentar zafar mentalmente de ese lugar. La mente a veces es un laberinto para el cuerpo. O el cuerpo un laberinto donde la mente en vez de ser guiada se embarulla y sale corriendo y dándose contra los callejones sin salida.

Dormimos como pudimos. Le pedí a gabriel que viniera a la cama y haciendo cucharita y mimos pude descansar un poco. Una de las enfermeras obviamente lo echó de la cama al verlo pero a mi no me importaba nada.

8am del martes: segundo día de inducción. Hoy iba a ser con oxitocina y eso implicaba que iba a estar con una vía y por ende mucho menos movilidad. A eso de las 7 u 8 me la pusieron. Con mi impresión a las agujas tener un coso metido durante nosécuantas horas sería algo como una tortura pero estaba entregada a hacer cualquier cosa para que Nadia naciera y naciera bien.

La oxitocina empezó a correr y las horas también y con ellas las contracciones que se presentaron con bastante más fuerza que el día anterior. Después de unas 6 horas de oxitocina yo estaba en uno 2-3 centímetros de dilatación, o sea, poco. Las contracciones estaban pero eran bancables. Tanto que pude almorzar y leía intermitentemente un libro de Deleuze sobre Spinoza: ni el cuerpo por encima de la mente ni la mente por encima del cuerpo. Acompañaba las contracciones con oooo como habíamos aprendido en el curso con Lucía y en cada una de ellas intentaba imaginar la cabecita de Nadia y mi cuello abriéndose, me concentré fuerte en esa imagen durante las 13 horas en las que tuve contracciones ese día. A eso de las 14hs Flavia y la partera de turno evaluando la situación y lo lento del progreso nos ofrecieron romper bolsa para ver si se aceleraba el proceso. Nosotres sabíamos que estábamos en un punto donde la única opción era ir hacia adelante. Dijimos que sí. Fue difícil para ella romperla. Yo le daba la mano a Gabriel y lo miraba mientras sentía como ella buscaba y buscaba adentro mío. De repente un torrente de agua y de dolor me corrió entre las piernas y no iba a parar hasta muchas horas después. Sobre las 14.30hs empezaba un proceso que duraría hasta las 20hs. Las contracciones se hicieron fuertisimas y frecuentes, cada 2 minutos, cada un minuto. Yo solo aguantaba estaba estar en la pelota que nos habían prestado y las atravesaba siempre con las ooo y siempre con la misma imagen. Obsesivamente. Pegada a Gabriel que no se movía de al lado mío como si pudiera absorber con su cuerpo una parte de lo que nos estaba pasando. El líquido seguía saliendo de a chorros intermitentes y también mis vómitos, y ambos corrían por la pelota y por el piso como un río de humedades en una habitación que se había vuelto una burbuja. Para mi no había nada afuera de ella. Ni tampoco había nada afuera de la esfera que nos rodeaba a Gabriel a Nadia y a mi. intentaba contactar con ella. Nos monitoreaban periódicamente y todo lucía bien pero lejos aún el deseo de pujo, lejos sentir que empezaba a pasar por el canal hacia afuera. Intentaba relajarme para permitir que sucediera, lo intentaba con todo mi amor y con toda mi fuerza. Con toda la imaginación y la carne y el apoyo de Gabriel. Agradecia cada contracción casi tanto como me dolía porque pensaba que cada una de ella me acercaba más a Nadia. No pensé ni en la música que habíamos elegido, ni en las horas, ni en nada. A lo único que atinaba a percibir era al cambio de luz en la ventana: de sol de la mañana iba llegando la tarde y luego la oscuridad de la noche. 18Hs y mi dilatación no progresaba. Las contracciones eran tan fuertes que no podía parar de temblar ni siquiera cuando venían a controlarme. A las 18h o algo así apagaron la oxitocina pero las contracciones seguían intensamente. Yo ya no sabía que pasaba fuera de mi cuerpo. Mi contacto era con Nadia, con Gabriel y con la respiración y no podía nada más. A las 20hs nos ofrecieron la epidural. Le pedimos a la doctora un momento para hablarlo a solas. Pese al trance estaba según Gabriel “presente” y pudimos decidir juntes. Yo no quería epidural, no quería aliviarme yo y dejar a Nadia laburando sola, no quería que eso durara 12 horas más, me parecía demasiado, me había vencido la lentitud del proceso y estaba dejando todo en un partido en el que anotaba casi que cero gol. Me parecía injusto con Nadia y algo en mí me decía que no era una buena idea. Decidimos esperar una hora más y sino pedir una cesárea: sentíamos que lo más importante era que ella estuviera fuera, del otro lado de la piel, les tres juntes. Era nuestro mayor deseo. Yo sentía que había dado todo lo que tenía y no sabía de dónde sacar más fuerza. Dijimos no a la epidural y pedimos esperar un poco más, una hora más. Yo no sabía cuánto más podía aguantar así. Gabriel me apoyaba en todo pero también me decia lo que iba pensando. Yo estaba muy cansada y desalentada porque no había avanzado más de 4 de dilatación en tantas tantas horas. En determinado momento Flavia ya no se fue. Nos monitoreaba permanentemente y aunque yo no lo sabía, los valores a esa altura habían empezado a dar cualquier cosa. Yo me dormía entre contracción y contracción algunos segundos y tenía una especie de sueños o alucinaciones, no sé, la mayoría nada relacionada a lo que estaba pasando. Se me iba la cabeza y solo volvía cuando la ráfaga de dolor se atravesaba y yo las viajaba con ooo y con el contacto con Gab. Sobre las 21hs Flavia decidió hacer un nuevo tacto para ver la dilatación y ver qué hacíamos. No hubo posibilidad de elegir nada. Pese a que la dilatación había avanzado un poco más, salió líquido amniótico con meconio y las palabras fueron claras: hay que operar. Nosotres no dudamos ni un segundo y se desencadenó una escena digna de ER sala de urgencias.

En 2 minutos me estaban poniendo una sonda en la uretra, en 3 minutos estaba la camilla en la habitación, me rasuraban parte del púbis, me empezaban a explicar el tipo de anestesia que me darían, a explicarnos lo que tenía que hacer Gabriel y lo que tenía que hacer yo. Salí de la habitación en la camilla. Yo solo veía el techo y pensaba feliz que dentro de poco Nadia iba a estar afuera. Ese pensamiento me llenaba de felicidad. Iba a nacer al fin. No me importaba cómo. No me importaba que me “abrieran como un matambre” como bromeábamos días antes. Las enfermeras gritaban ascensor ascensor mientras correteaban conmigo en la camilla. Yo me abstraje de todo pensamiento que no fuera la alegría de que estábamos por encontrarnos. Parecía una especie de trance religioso. Llegamos al block quirúrgico. Yo solo pensaba en ir a favor. Me explicaron que pese a las contracciones fuertísimas iba a tener que quedarme muy quieta y simétrica para que me dieran primero una anestesia local y luego la raquídea. Pese a la urgencia de todes yo tenía la certeza de que estaba todo bien, de que iba a salir todo bien. No me permití ni un segundo considerar otra opción. Quería ir a favor, ir a favor, ir a favor.

Cuando la anestesia empezaba a correr entró Gab de tapabocas y uno de los amuletos que me habían sacado colgado en su cuello. Me emocioné. Podía ver sus ojos de miedo. Sentí la necesidad de tranquilizarlo y empecé a hablarle desde la camilla desde donde con una tela me separaban visualmente del procedimiento y del nacimiento de Nadia. Le decía que todo iba a salir bien, que pronto la íbamos a conocer y al fin estar les tres juntes, que los amaba con todo mi corazón. Sentí el momento en que tironeaban para sacarla y le decía que está naciendo Nadia. Me sentía profundamente feliz. En sus ojos podía ver el reflejo de una escena Dantesca sucediendo pero yo intentaba traerlo a la vereda de la felicidad de lo que estaba pasando. No me hubiera gustado estar en su lugar y presenciar la urgencia con la que sus dos amores eran primero cortados y luego manipulados con cierta violencia. Aún abierta al medio, aún rodeada de médicos, aparatos y sangre mi felicidad era plena y solo estaba concentrada en el encuentro que por fin se produciría. Elevaron a Nadia diciendo acá está madre pero no lo suficiente para que pudiera verle la cara. Solo vi un casquito negro de su pelo abundante y morocho. Unos centímetros más y le hubiera visto la cara. Me dio un poco de rabia pero mi prioridad era que la atendieran a ella, que Gab me dijera si estaba todo bien, que la cuidaran, que Gab pudiera tenerla cerca mientras yo no podía. La llevaron a una mesita donde neonatólogo y no sé que otro especialista la revisaban. Recuerdo que el doctor se puso de espalda a mi bloqueandome la vista de ella (otra vez). El encuentro se postergaba, parecía que no llegaba más pero ya estábamos les tres ahí y Gab me decía que estaba bien. Que respiraba, que era preciosa.
Uno par de minutos después me la acercaron. Me pusieron su carita en la mía y nada de lo que estaba pasando hizo que ese no fuera el momento más feliz de nuestra vida. Agradezco no haber perdido eso, agradezco que aunque no fue el parto de mis sueños – lejísimos – Nadia estaba ahí, con vida.

Recuerdo estar feliz de que ella y Gab se fueran juntes y que había algo de justicia en que después de poder disfrutarla yo sola esos 9 meses fuera él el que le diera la bienvenida al mundo. Como que la hacía más NUESTRA hija y no sólo mía. Me llevaron a la sala donde las mujeres se observan hasta que logran mover las piernas por si mismas. Yo estaba cual Ema Thompson en Kill Bill. En unos 20 min ya movía los pies, en media hora las rodillas. Bajamos. Se dio el encuentro que será para toda la vida. Nadia se prendió a mi teta mágicamente. Tantas horas de trabajo de parto habían hecho bajar la leche y ella sabía perfectamente qué tenía que hacer. Esos misterios de la vida. Esos momentos de la vida que no te olvidás nunca más.

Yo temblaba bajando la tensión y al mismo tiempo lloraba, lloraba mucho de felicidad. Estabámos solas les 3 en esa habitación horrible que se volvió por unas horas el paraíso. Pasé toda la noche mirándola a través de la cuna transparente. No podía creer que esa ser humana estuviera adentro mío un par de horas antes. No podía creer tanto amor. No podía entender la maravilla.

Me costó bastante superar lo estresante y lo traumático. Me invadieron en los siguientes días
los ¿qué hubiera pasado si…?. Por cada contrafáctico positivo también hay uno negativo. Intenté buscar la culpa y culparme a mí misma. Me fue difícil asumir que esa ideología de la conexión mente cuerpo no había estado en carne. Que el parto placentero no fue para nada el mío. Superar el orgullo de no haber “pasado la prueba”, superar el ego herido porque otras personas fueron protagonistas del nacimiento de nuestra hija (al igual que otras lo serán de su vida). Busqué aprendizajes que me sirvan para nuestra relación en lo sucedido y encontré mucho ahí. Me miré muchas veces la cicatriz y aprendí a quererla y a querer lo que pasó. A aceptar que fue nuestra forma. A amar lo que pasó. A ver como lo que atravesamos nos unió a los 3 de una forma especial y única.

Me pregunté si tanta intelectualización o politización de la maternidad me estaría jugando en contra y puede ser. A la vez jamás hubiera decidido ser madre sin contar con esas complicidades y herramientas. Antes del encuentro con el feminismo y con compas que estaban pensando y haciendo de la palabra madre, prácticas que nunca me había imaginado, para mi la maternidad era sin matices un acto de entrega al patriarcado. No estaba dispuesta y como en casi todas las experiencias de mi vida, la intelectualización fue mi modo de habilitar la entrada en la experiencia. La experiencia más hermosa de mi vida.

Al igual que la historia, el amor destella como nunca en los instantes de peligro.

El día en que escribo esto es el último de los antibióticos post-cirugía, el día en que dejé de tomar los analgésicos y me comí el helado de reserva para antojos urgentes que esperaba en el congelador, el día en que volvimos a hacer el amor (o lo más parecido a eso en la cuarentena), el que por primera vez me reí a carcajadas sin que me doliera, el día en que volví a caminar las calles de la espera, y que la luna que era nueva en su nacimiento (9/4) hoy está llena (19/4) y Nadia descansa con el padre mientras el aire me pega en la cara como diciendo: esta es la vida!



Esta es la vida,
ésta es la sal querida
que goza, que sangra mi amor.
Este es mi polvo y mi flor
y mi lluvia, rayo, golpe de viento:
ésta es mi cruz
y el alimento
de mi luz.



lunes, 1 de abril de 2019

Para nacer


Dos corazones, veinte uñas, cuatro pulmones, cuatro ojos o seis u ocho, dependiendo.
Unos miles de pelos,
Algo más de cuatrocientos huesos,
Tres lenguas,
Torrentes de sangres medio entreveradas,
Tres o más genéticas,
Un órgano común que vive, madura y muere al nacer,
Veintiocho semanas y dos días, treinta y nueve semanas y cinco días, cuarenta semanas y un día.

Individualidades que no existen más que a efectos de llenar las fichas con las que nos miden los médicos
Algunos llantos, muchos orgasmos, mares de hormonas, un amor que de tan grande que le creció otra vida
Eso somos.

Cuerpos entrelazados como extensión o como la forma más verdadera de ese cuerpo que reconocemos como “propio”,
El extrañamiento ocupando el lugar del yo,
El yo aceptando el descontrol como un regalo de la naturaleza (y de la cultura),
La deconstrucción de los límites y la aparición de humedades, de visiones sin ojos.

Entender al fin y al mismo tiempo qué carajo importan los conceptos
Como decisión pasiva, espera activa, escucha de la piel, entrega al no saber.

Incondicionalidad.

Un estado entre emocionado y alerta, dos cualidades que rara vez se juntan. Extremas vulnerabilidad y fuerza. Bailar en el living uno para el otro. Reírnos de nuestra “compostura”.
Celebrar cada segundo presente y porvenir al mismo tiempo, como borrachxs que no se organizan sobre qué están brindando pero amerita.

La vida y punto.

Un tiempo revuelto. Fuera de junta. Dislocado. Fuera de los planes que una hace para cuando “tenga tiempo”. Fuera de planes. Fuera de cálculos.
Tiempo para sumergirse hasta el fondo pero el fondo sale para arriba como las arrugas más secretas del ombligo desplegado.
Excitación sexual y afectiva indistinguibles una de otro
Tiempo para llorarlo todo y que el útero vibre a carcajadas.

En unas horas vas a haber nacido. Quizás pocas, quizás unas cuantas. El nacimiento es por un lado un proceso y por otro una realidad 0 a 100. Es, como dice una amiga que no conozco de una amiga que si conozco, esperar a alguien que ya está ahí. Esperar ver en la bombacha lo que los tejidos más profundos de nuestros cuerpos saben. Preguntarnos si existe un inconsciente de los tejidos. Mirarnos a los ojos que estamos acá y sentirte en movimiento. Hacerte telepatía imaginando qué sentirás. Desconectar de todo y volver al mundo, la intermitencia que nos hace humanes.

Repasar todas las cosas que decidimos y algunas de las que no dependen de nuestra voluntad, al menos no esa pensable, traducible a palabras.

Nacer es un acontecimiento no lingüístico
Resta por saber lo que no hemos podido pensar.


Para Nadia y Gabriel