viernes, 11 de junio de 2021

Cuando la cancha está viva: con la surfista Delfina Morosini

 

Con la surfista Delfina Morosini

La cancha está viva

Cuando el sábado pasado rondaba el mediodía, éramos muchas las que, nerviosas, mirábamos con admiración y emoción a Delfina Morosini, surfista de 21 años, oriunda de La Paloma, Rocha, que se metía al agua a remar con colegas que tienen más de un campeonato mundial al hombro. Delfina obtuvo el puesto 13 en el Mundial de Surf de El Salvador 2021, organizado por la International Surf Association, compitiendo por la Unión de Surf del Uruguay.

ISA, Pablo Franco

Surfear puede ser pensado como una muestra de fuerza, pero es, en gran parte, una entrega a la fuerza del mar. Una buena surfista muestra la ola y le rinde culto a sus curvas y velocidades, aceptando lo que es mientras todo está, de nuevo, a punto de cambiar. La ola: eso que nunca permanece y, sin embargo, muestra regularidades. Delfina nos cumple el sueño a muchas haciendo un poco más posible y visible un surf de y con mujeres, desde un entendimiento de su práctica como un estilo de vida en vínculo estrecho con la naturaleza. Un deporte de especies en relación, determinado por el movimiento no humano y que compone familias medioambientales. Que el surf propague esta relación de escucha con la fuerza de la naturaleza sería el mayor de los trofeos para Uruguay y el mundo.Duetos espumosos entre mujeres y océano.

—¿Cómo fue la experiencia del mundial y cómo fue el camino que hicieron con la Unión de Surf del Uruguay?

—Fue una energía y una vibra únicas de principio a fin, días largos y agotadores de competencia, alegría y frustración también. Logré ubicarme en el puesto 13 de 121 mujeres, y lograr mi mejor actuación en los mundiales ISA [International Surfing Association]. Perdí el primer Heat de Main Event, lo cual me había dejado un poco triste, porque quedé afuera por 0,40 puntos en los últimos segundos y no pude sacar lo mejor de mí. Por suerte repunté en el repechaje y llegué hasta la ronda 7, compitiendo hasta dos veces por día. La alegría y la emoción que sentimos es algo difícil de poner en palabras. Estoy supercontenta con mi actuación, aun sabiendo que, de haber pasado una batería más, podría haber clasificado a Tokio.

En Uruguay no podemos practicar todos los días, porque no hay olas todos los días. Cuando sabemos que va a haber, intentamos surfear lo más que se pueda, por lo general son entre dos y tres horas. A veces nos pasa que hay una semana sin olas y ahí es mejor hacer un entrenamiento físico fuera del agua para que los escalones que una subió cuando hay olas no se pierdan en ese tiempo que nos quedamos quietos. Es todo muy cambiante y muy dinámico, y eso lo hace bastante especial.

Que Uruguay se posicionara 19 entre 52 países fue una experiencia única, aunque los sentimientos son los mismos, que vuelven siempre con la misma intensidad: son esas ganas de dejarlo todo. A diferencia de otros campeonatos, cuando uno compite por su país, lo hace por un equipo y no únicamente por un nombre. La prioridad es lo colectivo, lo individual es secundario. Además, este mundial era clasificatorio para las próximas olimpiadas, por lo cual se vio un nivel de surfing mucho mayor al que se veía en otros mundiales.

—¿Cuál es la historia de tu relación con el surf?

—Mi historia de encuentro con el surf fue hace ya tiempo, entre mis 6 y 7 años. Se lo debo, en primer lugar, a mi familia y también al hermoso lugar en el que vivo y donde crecí.

Desde la primera vez que probé pararme en la orilla en una tabla, nunca más dejé de hacerlo, de volver una y otra vez. Fue una conexión fuerte, de alegría. Desde chiquita tuve facilidad para practicarlo. Mi madre fue la primera impulsora, la que nos adentró en este ambiente, a mí y a uno de mis hermanos, Francisco, quien es mi gran compañero de agua y uno de mis mayores referentes en Uruguay. Luego mi padrastro, Gastón Scala, guardavidas y gran surfista, fue quien vio nuestro potencial y nos ayudó a desarrollarlo durante muchos años.

—¿Cómo es la experiencia de ser surfista mujer?

—El tema de las mujeres en el surfing es algo que sigue en pleno proceso y que está creciendo exponencialmente, ganando cada vez más su lugar. Hoy en día se ve una cantidad de mujeres impresionante en el agua, cada vez más: madres con sus hijas, niñas chicas, grupos de amigas yendo, motivadas, a surfear. Yo no tuve esa suerte cuando empecé y, de cierta manera y en algunos momentos de mi vida, esto me afectó. Sentí la falta de la compañía femenina para compartir esa pasión y que los planes giraran en torno a las olas. Hasta hace no muchos años atrás, me tiraba al agua y era la única chica de mi edad entre todos los hombres. Era –y en parte sigue siendo– un deporte que, si al ser niña no tenés un impulso en tu familia, alguien que te acompañe, te guíe y motive, se vuelve difícil continuar en el tiempo. Fue esencial tener ese apoyo dentro de mi círculo familiar y social. Es gracias a eso que hoy estoy donde estoy, y estoy superagradecida por cómo se dio.

Pero a nivel competitivo falta mucho. Tenemos muy pocas mujeres que compitan, que se propongan entrenar para conseguir metas deportivas, que persistan y que entrenen con un objetivo, como en otros deportes. Muchas niñas ni siquiera se acercan a los campeonatos, por miedo o vergüenza, y creo que esto es algo que hay que cambiar desde arriba, dándoles incentivos y acompañamiento. Por suerte, vuelvo a decir que está cambiando y se están incorporando de a poco, queriendo ser surfistas profesionales y creciendo sin la idea de que es un deporte mayormente masculino. El surf se está convirtiendo en un deporte muy popular, tanto en nuestro país como a nivel mundial, y estas ideas diferenciales con respecto al género están desapareciendo para nuestras nuevas generaciones. De mi parte, intento ser un incentivo y poder aportar todo lo que pueda para estas pequeñas surfistas y ser una referente para el surfing femenino.

Doy clases de surfing en verano con mi hermano y tenemos una gran cantidad de niñas con ganas de surfear, motivadas, que se les nota en las caras cuando corren sus primeras olas largas y tienen la misma oportunidad que tuvimos nosotros. Ojalá se les empiece a dar la importancia que merecen.

—¿Qué saberes y aprendizajes te has encontrado en la práctica del surf?

—El surfing me ha enseñado a disfrutar la vida, a disfrutar el presente, a disfrutar las cosas más simples. También a conocer ciertas capacidades personales, a vivir una vida sana, pero, sobre todo, me ha enseñado que las cosas que más nos llenan y nos hacen felices no se pueden comprar con nada. Ojalá pueda seguir haciéndolo siempre, hasta que mi cuerpo me diga basta.

El surfista tiende a acomodar su vida para poder practicar este deporte porque, a diferencia de otros deportes en los que vos te fijás un horario y vas a entrenar, el mar es totalmente cambiante, la cancha está viva. Así como hay olas a las 8 de la mañana, porque el viento está tranquilo, puede que al otro día las olas sean de tarde, puede que un día no haya olas, que al otro día el panorama sea bueno. El surfing se torna un estilo de vida ligado a la naturaleza; no es solo un deporte. Eso te hace acomodar tu rutina, que depende mucho de lo que está pasando en el ambiente. Depende de las condiciones de los mares, los vientos, las tormentas, las temperaturas, la cantidad de horas que vas a poder entrenar. Te enseña mucho a respetar la naturaleza, a entenderla, a comprender que no podés ir contra ella, sino con ella, y que hay cosas que están fuera de tu control. Hay que entender eso para no frustrarse, poder fluir y sacar lo mejor de cada día. También te enseña a cuidar la naturaleza, a respetar el ambiente en el que vivís, a concientizarte mucho sobre el mar, sobre nuestra huella en este planeta.

Tiene que ver con valorar el lugar donde vivimos y sacar provecho de algo que tenemos a la mano, que es gratis, que te lo da la naturaleza. Todos esos factores hacen del surf algo tan cautivante y atrapante que, una vez que te agarra, no te suelta más. Es un deporte supercompleto a nivel físico y psicológico: ojalá pueda llegar a muchos más niños y jóvenes de Uruguay.

 

Publicado en  Semanario Brecha

jueves, 3 de junio de 2021

Mientras del otro lado siga habiendo cuerpos: vida docente durante la pandemia

Desde la vida docente durante la pandemia

Mientras del otro lado siga habiendo cuerpos

 


La historia de la pandemia ha sido la historia de lo que no podemos hacer. Desde aquel 13 de marzo de 2020, hemos pasado horas entre recuerdos, lamentos y duelos. ¿Qué pasa con las cosas que sí estamos haciendo? ¿Qué vemos al quitar el foco de lo cancelado y reenfocar en todo aquello que sí está sucediendo, que sí está formando cuerpos?

Escribo desde la experiencia de docencia virtual durante la pandemia y de diálogos con otros docentes sobre las suyas. Escribo entendiendo que educaciones hay tantas como educadores y contextos, pero también que algunos trazos gordos de esta virtualidad pandémica nos atraviesan a muchos, y estamos empezando a poder nombrarlos.

LO QUE SÍ

No nos enseñaron a vivir en circunstancias no elegidas, porque nos educaron para creer que queremos las circunstancias en las que vivimos. Pero la pandemia y la crisis hacen ese amor insostenible. Quizá de ahí viene esta sensación de tedio, un mal entendimiento de la impotencia, una decodificación errada de la tristeza. A veces confundimos im-potencia con aburrimiento. Pero el deseo y la urgencia de que esto se termine no podrá salvarnos de experimentarla. Esto no nos está pasando: somos esto que sucede. De esto aprendemos (aun sin quererlo) y en este aprendizaje nos transformamos, de modo que, para siempre, seremos un poco pandemia.

Mientras creemos no entender nada, procesamos informaciones. Transitamos como podemos, no sin un enorme gasto energético. Energía para sobrellevarla, energía para superar cada día el miedo, energía para activar redes colectivas, para duelar a la gente que muere. ¿No se sienten cansados últimamente?

Estar frente a la computadora consume muchísima energía. Todo un cuerpo organizado para sostener una cara frente a un monitor. Venimos acarreando una muletilla:esta vida virtual es una vida sin cuerpo. Pero hay peores noticias: hay un cuerpo y está ahí, siendo y haciendo vida y materia en un on-offline intermitente. Es que, antes que nada, atrás de todo, hay un cuerpo.

Cuerpo real en entorno virtual. Sentado, en lo posible solo, rodeado de silencio. Necesita calor externo. Tiene la atención volcada no a una máquina, sino al universo de información que, potencialmente, espera a través de la máquina. Viaja sin moverse. La cabeza está alineada con la cadera y los isquiones fijos y centrados en la silla. Las vértebras alineadas, rodillas a 90 grados. Mesa fija, silla quieta, cuerpo sentado.

La experiencia deja viejos el problema del oculocentrismo y la educación bancaria. Inauguramos la era ojo-y-culo-céntrica: posición que los cuerpos conocen –y aguantan– cada vez más. A la centralidad de la visión como sentido reinante en un mundo de imágenes se acopla un centro quieto, atornillado, interactuando con el mundo desde una perspectiva única.

Ver sin ser vistas y ser vistas sin ver. Las posibilidades son muchas, pero la posición es la misma. El ojo-y-culo-centrismo diseña un cuerpo frontal, estacado, en el que pelvis y cabeza están organizados en relación con un cuerpo plano e interactivo. Participo sabiendo que no seré tocada y, aun así, me siento extremadamente vulnerable: atrapada.

El centro del cuerpo es un centro energético, sexual, donde la pulsión de vida late, pero mi pensamiento es otro cuando pienso con el culo encerrado, quieto todo el día, sin ver otros culos, sin roces, vibraciones, cansancios, calores, olores. Ojos y culo centrados, frontales y alineados, civilizados, disciplinados. ¿Cómo leo la energía de otras desde esta quietud? Fracaso.

APRENDER SIN QUERERLO

La percepción no es un aparato biológico o maquínico sin aprendizaje, al que llevamos de acá para allá como una cámara de filmar. La percepción aprende y crea mundos y pensamientos.

Salgo de dar clase, entro a una reunión gremial y me mudo a un ensayo abierto vía streaming sin cambiar ni un centímetro de posición, de entorno ni de software. Extraño el tiempo que lleva ir a un lugar. Algunos hablan de «plataformización de la educación»; creo que el término aplica a uniformización de las relaciones sociales. Coordenadas claves de nuestra percepción e interacción se transforman radicalmente y aún sin ser claro qué, es imposible que no estemos aprendiendo.

Siento agobio. Sin embargo, aburrido es el adjetivo más lejano a este tiempo. La libertad de movimiento y de reunión está limitada y eso mengua los encuentros y, junto con ellos, la energía que da la convivencia social. Pero, a su vez, la vida está enormemente intensificada. La mera cercanía de la muerte basta para intensificarla, resignificando cada bocanada.

El mundo entero está experimentando la muerte. El acontecimiento permite ver las muy diferentes relaciones que, con la muerte y con el duelo, están entablando diferentes culturas y regiones del planeta. También quedan a la vista los modos desiguales en que lo global afecta a unos y otros. A algunos los agarra con demasiados siglos de entierros continuados, otros miran con espanto mientras firman cheques para intentar salvarse. Algunos educan para saber duelar; otros, para evadir la muerte con fe, obediencia e indiferencia. La muerte despliega una pedagogía a través de los cuerpos: es imposible de interpretar y, por eso, el animal que habla no sabe qué hacer con ella.

JUNTOS Y SOLOS

La virtualidad redujo espacios de convivencia y eso afecta algo fundamental: el encuentro entre pares. La formación y colaboración colectivas no pueden ser, solamente, eso que pasa cuando alguien a cargo dictamina, en un espacio normativizado como una clase, que así será. El entre pares necesita encuentros, sucede en los pasillos, fuera de los espacios formales, en gestos y complicidades que a veces ni llegan a ser palabras.

En la virtualidad, el codo a codo se vuelve cara a cara. La esfericidad de las rondas, una cuadrícula de rostros intermitentes. La frontalidad refuerza el imaginario de la competencia y la vigilancia: principios del poder. Como el pequeño empresario, los navegadores de a pie tenemos que poder sobrevivir y aprender rápido en este medio. Cuando nos encontramos nos con-frontamos, sosteniendo el mínimo de encuentro necesario para dar por válido que estamos ahí.

Paradójicamente, en Zoom, el panóptico docente –por el cual desde el pupitre se ve a todos– se revierte: la docente es la más expuesta. Y no todos tienen datos para poder «aparecer». La dificultad en las conectividades y el acceso real a la educación virtual reproduce (aún más) las desigualdades sociales. Como docente dudo: ¿dónde termina la autonomía del estudiante (como parte de una pedagogía emancipatoria) y empieza la soledad neoliberal (trasplantada a la educación como forma de contribuir a la naturalización del capitalismo)?

Cuanto más solas pensamos, más solas pensamos que podemos estar.

¿QUIÉN ESTÁ AHÍ?

¿Cómo se relaciona la despersonalización que implica el tapabocas y el distanciamiento social con los procesos de despersonalización que tanto la sociedad industrial como la sociedad de masas neoliberal producen y reproducen? En el mundo precarizado del trabajo y en el fragmentado mundo social, la otra cara de la despersonalización neoliberal es la pérdida del derecho a la intimidad o al anonimato. ¿Qué diferencia la legalidad del tapabocas de la ilegalidad del pasamontañas?

La situación confunde: por un lado, se ve una despersonalización de la educación y una homogeneización de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Por otro lado, la virtualidad y el aula en casa operan en el sentido contrario. En la clase en casa, la casa se cuela por la ventana, trae los mundos afectivos e íntimos de los estudiantes y entornos –y los propios–, trae situaciones y relaciones que, demasiadas veces, no tenemos herramientas para acompañar ni recursos para resolver.

Abrir la educación virtual no solo implica cierres, sino aperturas. No se puede abrir sin querer dejar entrar, y la virtualidad trae muchos mundos a la educación, así como lleva la educación a mundos a los que está poco habituada. En el entramado social también se dan combinaciones raras que indican que las formas de aparecer y desaparecer de los sujetos son complejas y en permanente disputa.

El monitoreo es clave para los mecanismos de control. Nunca sabemos cuándo la vigilancia está ahí, y, entonces, la tenemos en cuenta todo el tiempo, hasta interiorizarla. Y si no la interiorizamos, si tenemos vidas no tradicionales y pensamos que podemos salir del armario porque vivimos en una sociedad abierta, con leyes que protegen lo diverso, en seguida la fuerza represiva estará ahí para vigilar y castigar, para decirnos que, en todo caso, mejor nos ocultemos.1 Si no podemos ser vistas haciendo algunas cosas, quedan dos opciones: hacerlas anónimamente (lo que igual intentará ser criminalizado) o no hacerlas. No todas podemos afrontar las consecuencias de algunos actos, incluso legales.

Por su lado, las redes sociales desbordan de aparente personalización; sin embargo, sus efectos implican, para la gran mayoría de los usuarios, una enorme despersonalización. La croata Dubravka Ugresic dice que vivimos en la cultura karaoke: quien performa es, generalmente, un anónimo que quiere ser reconocido en la voz de otro. Según ella, hoy día el yo se volvió tedioso: las posibilidades de teletransporte y metamorfosis prometen más que quedarse excavando en su polvareda. La cultura del narcisismo mutó en la cultura karaoke o es, quizás, su consecuencia.2

Recorro las redes en las que los influencers y seguidores no paran de crear contenidos increíbles. La vida contemporánea es una enorme escuela de actuación. La conciencia performativa de estar actuando y siendo vistos desde la misma pantalla donde vemos series e ídolos de cine y reguetón, la presencia de la cámara, el erotismo de su dominio hacen de todo esto un gran intensivo de artes escénicas. Las redes crean expertos en coreografía, actuación ante cámaras y edición. Dentro y fuera de línea, no paramos de aprender sobre la performatividad de las relaciones sociales. Y de actuarlas.

Quizá la educación está, al fin, sintonizada con lo que pasa en la sociedad. Quienes se están formando en estos años entenderán mejor que nosotros los efectos de estos cambios. Ellos son los que experimentan la escuela o la universidad desde el mismo dispositivo con el que se enamoran, charlan con amigues o compran cosas.

SALIR DEL ESTADIO

Quizá no todo es tan Peñarol y Nacional, víctimas y culpables, elegir o acatar, suspender o continuar, presencial o virtual. Las dicotomías tientan más en momentos de crisis, pero la crisis pide desarmarlas para darnos de bomba con todo lo que no entra en ellas. Fuera del dualismo hay mucho que hacer. Todo está mucho más inestable de lo que parece y eso nos involucra. No entendemos y, sin embargo, estos fenómenos no existen sin nosotres, igual que las capitales no existirían sin las periferias.

Con la vida como centro,3 nuestras vidas pueden dejar de ser medios para la continuación a cualquier costo de la máquina sistémica. En este momento, una pedagogía radical puede resultar revolucionaria y una disciplinante puede resultar brutalmente embrutecedora. Que no podamos todo no significa que no podamos nada. Los actos de pedagogía radical no tienen por qué ser grandes actos, no tienen por qué ser heroicos ni tener las respuestas a todas las preguntas. No tienen por qué ser entretenidos ni captar atención, porque van donde la atención está para, como dice Val Flores, «considerar productivamente la vulnerabilidad y el poder de nuestra lengua, la incomodidad como una poética del hacer pedagógico».4

Estos actos ni siquiera deben tener el éxito garantizado, porque ellos enseñan sobre todo a intentarlo, fracasar y volver a intentarlo. Podemos transformar la continuidad de la educación a cualquier costo, humano y pedagógico, en una educación que (nos) enseñe lo más humano: dejarnos afectar por las intensidades que nos atraviesan. El cómo está por inventarnos. 5

1. Véase: https://sintep.org.uy/comunicado-publico-ante-el-despido-de-dos-maestras-por-publicaciones-personales-en-sus-redes-sociales/.

2. Dubravka Ugresic, 2011, citada en «Quando o lugar da fala se transforma na fala do lugar», de Helena Katz, en Ágora, Modos de ser em dança. Vol. II, Gilsamara Moura y Douglas de Camargo (orgs.), San Pablo, Aluminio, 2019.

3. En ocasión de este 3J Ni Una Menos, se publicaron textos y manifiestos que plantean preguntas y necesidades urgentes y cruciales en el contexto de prácticas docentes y pandemia desde una perspectiva feminista. En este texto resuenan muchos de ellos. Véase por ejemplo:  https://zur.uy/la-educacion-en-pandemia/

4. Pedagogías transgresoras II, varios autores, Santa Fe, Bocavulvaria Ediciones, 2018.

5. Algunas de las reflexiones contenidas en este texto fueron compartidas en el XIII Coloquio Internacional de Teatro, FHCE, Mayo 2021.

 

Publicado en Semanario Brecha el 4 de junio de 2021 

Publicado en Lobo Suelto