viernes, 13 de marzo de 2026

Polemizar el malestar sobre "Lo que brota" de Sofía Guggiari

POLEMIZAR EL MALESTAR  

Redireccionar la atención del sentir terapéutico hacia una (contra) salud mental antinormativa

Reseña de LO QUE BROTA, ERÓTICA Y SALUD MENTAL de Sofía Guggiari por editorial Milena Caserola

Publicado originalmente en Semanario Brecha



“¿Quién no ha sentido miedo a la locura alguna vez? ¿Quién no conoció de cerca, como un tacto terrible, el ocaso de la cordura? Pero, ¿qué es la cordura? ¿A quién no se le erizó la piel percibiendo algún susurro delirante?” (79)

Embrollando la línea que separa cordura de locura, Sofía Guggiari1 - psicoanalista y actriz argentina- pasó por Montevideo para presentar su libro “Lo que brota. Erótica y salud mental” en Nave de les loques2, espacio cultural gestionado por el colectivo Vilardevoz.

Es el último viernes de febrero y el entusiasmo circula y genera charlas entre habitués y visitantes primerizos del espacio. Sofía toma el micrófono y nos invita a sentarnos en el piso cerca de ella. Enfrentadas modo espejo con Rossina Yuliani, sosteniendo un libro cada una, empiezan a leer algunos fragmentos de los capítulos que componen el libro y que fueron escritos entre 2022 y 2024 por Sofía.

“La solemnidad es la muerte de una transgresión“ (59) escribe en “La clínica deshecha”, y en la calidez y la performatividad de su lectura se hace tangible la alianza entre prácticas clínicas, creativas y terapéuticas que componen el universo textual, afectivo y subversivo que se entremezclan en su trabajo fronterizo.

Sofía escribe sobre (contra) salud mental desde una voz implicada y capaz de dialogar desde el espacio de la clínica tan cómodamente como desde el suelo bullicioso de un espacio cultural gestionado por personas que viven la exclusión y la locura en su día a día.

La junta de profesionales del análisis y de usuarios y desertores de los sistemas de salud habilita preguntas y tonalidades singulares. En su escritura y presencia Giuggiari no parece temerle a salirse de los protocolos convencionales que delimitan el discurso del psicoanalista, o mejor aún: reconoce el miedo pero decide atravesarlo como una decisión clínica, como una decisión política.

“Este texto es un homenaje. Un manifiesto de locas y hacia la locura. Pura exaltación o demasiado silencio. Desborde. Afecto. Imprudencia. Ruido. Peligro. Incoherencia.

Desacreditación. Criminalización” (79). Si la crisis de la salud mental no hace más que agravarse ante la mirada impotente de los abordajes convencionales del sistema médico, la psiquiatría y el psicoanálisis, el libro se enuncia desde un lado invertido: una cruzada al otro lado de la psicología desde la psicología.

Los artículos que componen “Lo que brota” abonan al crecimiento de una contra-salud mental, como una contra-cultura, como una contra-verdad para politizar la crisis. La defensa de la potencia de la locura es como abrazar uno de los denominadores comunes en un presente devastador donde escasean frentes desde donde armar alguna contraofensiva. ¿Puede la locura ayudar a interrumpir la avanzada fascista donde toda disidencia es criminalizada, patologizada o ambas, mientras las vidas son despedazadas dejando pocos restos?

“La palabra patología direcciona la atención: desde un problema del mundo hacia una persona individual. Las patologías redireccionan la atención y reordenan los problemas. Le sacan su historia, su política. Están dentro de cada persona o son marcas desesperadas en una piel” (33).

Una (contra) salud es un llamado de articulación colectiva para una insumisión anti patologizante; el armado de una red que sostenga lo que fue sentenciado a la caída y la exclusión. Es el intento de comprender la voz de la locura desde adentro; legitimar su experiencia como voz autorizada a pensar salidas y reparaciones.

“Patologizar el malestar produce una relación de sumisión con los afectos más terribles. Los brotes indeseados. Así los síntomas no sólo no dicen nada, sino que sus fuerzas son capturadas por el régimen colonial del terror. Y la obediencia, la relación cristalizada con las cosas que producimos, se presenta como única salida frente al castigo” (33). Esta normalidad aterrorizada nos vuelve locxs. Cuando queremos performar normalidad la piel se nos descama, el corazón se dispara en una carrera imparable, lxs demás nos asfixian, la propia intimidad se vuelve peligrosa y al mismo tiempo inescapable frente a las soledades que atravesamos.

Sofía cuenta de sus brotes. los epidérmicos y los psíquicos, los de sus pacientes y los narrados en la literatura científica y ficcional. Somos muchxs les que leímos a Freud como un culebrón caliente en la adolescencia, somos muchxs lxs que reprimimos experiencias sexuales desviadas y deseos desautorizados para fingir adaptación a un comportamiento eficiente en términos laborales, familiaristas y reproductivos.

La energía de la represión nos agota y es estéril: lo acallado es como un río subterráneo pero a diferencia de las corrientes de agua, se organiza con lenguaje igual que el lenguaje con el que contamos para hablar de él. Por eso escribir y leer los brotes es operar con su materialidad para atravesarlos desde su inmanencia en vez de llamar a la policía de la razón para que nos saque de allí. Deshacer dualismos, historizar la locura, politizar la locura, comunalizar la locura como abandono del intento de explicarnos por nosotrxs mismxs. A esto nos invita Sofía.

Leer a un analista escribiendo sobre sus afectos es como acceder al backstage de una película con efectos especiales demasiado bien logrados, es bajar la guardia, levantar tabues, perforar silencios. Es como tener a una actriz de psicóloga y a una psicóloga de actriz, como habitar por un ratito ese otro-lado-del-mostrador desde el cual estamos acostumbradxs a ser juzgadxs, a recibir sentencia y castigo de las patologías que padecemos. El castigo de condiciones que ya son lo suficientemente dolorosas producen nuevas heridas, más enfermedades. Una salud judicial, enferma. Por eso una contrasalud mental; para hacernos compañía, esa droga potente de la presencia de otrxs.

Publicar el afecto de la terapeuta es un gesto de reparación, es un acto de (des)autorización, es un atentado a la frontera que policía la distancia entre cordura y locura, es asumirnos entrelazadxs mientras derrumbamos los monumentos a la soberanía del sujeto. “Dejar el ojo que juzga y entregarse al sudor inteligente del que sueña” (60). Reconocer la potencia de la locura exige “deshacer la clínica”. En ese gesto del deshacer se arman las posibilidades de una rebelión de lxs locxs polenteada por sus propios terapeutas. Lo escribo y un nudo de emoción se me pianta en la garganta. Lo escribo y se resignifica radicalmente la palabra terapéutico.

“Diabólico y lunático” dice unx de lxs presentes en la presentación sobre la palabra orgasmo que aparece un par de veces en el libro. El sexo no está tan presente en los fragmentos elegidos por la autora para la lectura en La nave, pero aparece en la charla apenas empieza a circular el microfono. Resuena en lxs lectorxs, en las experiencias encerradas, en las vidas patologizadas, en los exilios familiares, en las historias terapéuticas. Lo que nos da miedo del sexo se parece a lo que nos da miedo de la locura. Si te miraras a los ojos en un espejo mientras tenes un orgasmo, qué verías?


“mi imagen en el espejo. el ombligo. mi mano metida

debajo del pantalón. nunca había visto con tanta

precisión las pupilas abrirse enteras. la lengua afuera de

la boca húmeda. mis labios abiertos tambaleándose. la

fuerza que ejerzo para mantenerlos separados me excita

cada vez más. estoy contra el espejo que es una mierda.

hecha de cosas hermosas y de cosas terribles. soy el

cosmos. no soy nadie. soy una piba a punto de tener un

orgasmo. la miro fijo. dentro de los lóbulos de los ojos.

las pupilas. quedo detenida en el tiempo y ya no puedo

salir de ahí” (73)


La (hetero)normalización alisa la sexualidad intentando depilar sus excesos, amputar sus desbordes. Pero eros es desviado, juguetón, alucina, hace carne de la fantasía, es excluido del espacio público y por eso comparte tanto con la locura.

“Menos clínicxs y más sintomatólogxs. Recordar que también somos lo ambiguo y lo violento de lo vivo”(60). Sofía propone desplazamientos para leer el síntoma menos como la expresión de una oculta patología individual y más como una lectura en sí misma. El síntoma lee y merece escucha, espacio, conversación, puesta en común, para historizar nuestras experiencias personales en tanto colectivas y viceversa. “Lo que brota” propone dar espacio al síntoma porque ya lo tiene en nuestras vidas; no luchar contra nuestras propias fuerzas y en un mundo que mata todo, querer lo que brota allí donde nadie lo quiere. Inventar alternativas a la manicomialización, al dopaje compulsivo. Si la receta para la soledad de lxs locxs es medicación y encierro, quizá en colectivo otras terapéuticas sean posibles.

“Ser valientes y confiar en la urgencia. Perder el rostro y el orgullo. Arrancarse la elegancia y el porte del que no tiembla. (...) deshacer la clínica es tener la fe de una loca, la contemplación de un desertor, la imprudencia del border, la magia de una mística, la creatividad de unx delirante. Deshacer la clínica es declararnos enfermxs, melancolicxs, anorexicxs, depresivxs, bipolares, histericxs, con ataques pánico, excitadxs, brotadxs. Es entrar en la desesperante necesidad de conmover”(60).

Abordar la crisis de salud mental no es sólo (aunque también) luchar por el acceso a atención profesional para quien la necesita sino también desarmar las claves en las que el paradigma dominante de la salud plantea, ataca y excluye a la locura. La contra salud mental es una disputa por la salud mental contra el paradigma dominante e invita a pensar a la salud y a la salud mental como construcciones sociales, políticas, mutables y por ende disputables y transformables.

Pero si la audacia para alternativas culturales se encuentra acorralada, el pánico se arma ante la idea de politizar la salud mental. El miedo de estar peor nos toma en un presente donde el malestar es radical. Lo cierto es que los resultados del paradigma hegemónico son nefastos. Parece poco lo que tenemos que perder y mucho lo que, en la búsqueda colectiva, podemos ir encontrándonos. Leer “Lo que brota” es caminar unos pasitos juntxs en esa dirección.




1Sofia Guggiari. Bs As 1987. Psicoterapeuta grupal e individual, performance, escritora. Es Lic en Psicología en la UBA. Durante años se dedicó a las artes escénicas como actriz , dramaturga y directora en varios proyectos. Hoy se dedica a la investigación de las prácticas clínicas, creativas y terapéuticas. Escribió y escribe sobre contra-salud mental, afectos, clínica y prácticas artísticas. Tiene dos libros de narrativa erótica publicados, Temblar y Criatura. Y un libro con publicaciones compiladas, Lo que brota. Erótica y salud mental. Los tres por la editorial MIlena Caserola.

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